Todo vuelve a la normalidad aparente,
como si algo importante no hubiera sucedido,
volviendo a jugarse la misma partida sobre una redonda mesa
donde se sienta a un lado la muerte
celebrando aún la baza que no ha perdido,
y lamentando todavía su pérdida la vida se sienta al otro lado,
en el que yo me hallo dolido.
Todo vuelve a la normalidad piadosa
que me dice que ya todo ha pasado,
que todo vuelve a estar en calma,
pero bien sabe que mi calma es porosa
y fácilmente traspasada, de frente y de costado,
por el dolor que me producen estas dos faltas:
la de mi tía materna y la de mi tío del que fui ahijado.
Todo vuelve a la normalidad calmada.
Calmada porque los minutos parecen días,
los días semanas y las semanas años.
Y aun siento que el tiempo no ha corrido nada,
que se quedó parado cuando mi dolor los despedía,
porque un reloj que ya no va, roto por el peor de los daños,
trastornó el horario de la vida y su rival.
Todo vuelve a la normalidad dominante,
porque la vida nunca se detiene
aunque la muerte la detenga a menudo
de la manera más decidida y tajante,
sin anunciar a veces que ya viene,
para sorprender a alguien de penar desnudo
y vestirle con el dolor que engendra en su oscuro vientre.
Por eso lloro sin tener de nadie el consuelo,
con mi tristeza humedeciendo la almohada
y éste pesar que de negro mi alma va vistiendo.
Y por eso sonrío con la moral tirada por el suelo,
con una sonrisa que mucho dice de mi alegría helada
y la gran pena que en mí se quedó viviendo.
Pero ya todo es normal, ya todo está en calma,
y sólo a evocarlos me limito en mis recuerdos que vagan
entre la normalidad aparente, y la aparente paz de mi cama.
como si algo importante no hubiera sucedido,
volviendo a jugarse la misma partida sobre una redonda mesa
donde se sienta a un lado la muerte
celebrando aún la baza que no ha perdido,
y lamentando todavía su pérdida la vida se sienta al otro lado,
en el que yo me hallo dolido.
Todo vuelve a la normalidad piadosa
que me dice que ya todo ha pasado,
que todo vuelve a estar en calma,
pero bien sabe que mi calma es porosa
y fácilmente traspasada, de frente y de costado,
por el dolor que me producen estas dos faltas:
la de mi tía materna y la de mi tío del que fui ahijado.
Todo vuelve a la normalidad calmada.
Calmada porque los minutos parecen días,
los días semanas y las semanas años.
Y aun siento que el tiempo no ha corrido nada,
que se quedó parado cuando mi dolor los despedía,
porque un reloj que ya no va, roto por el peor de los daños,
trastornó el horario de la vida y su rival.
Todo vuelve a la normalidad dominante,
porque la vida nunca se detiene
aunque la muerte la detenga a menudo
de la manera más decidida y tajante,
sin anunciar a veces que ya viene,
para sorprender a alguien de penar desnudo
y vestirle con el dolor que engendra en su oscuro vientre.
Por eso lloro sin tener de nadie el consuelo,
con mi tristeza humedeciendo la almohada
y éste pesar que de negro mi alma va vistiendo.
Y por eso sonrío con la moral tirada por el suelo,
con una sonrisa que mucho dice de mi alegría helada
y la gran pena que en mí se quedó viviendo.
Pero ya todo es normal, ya todo está en calma,
y sólo a evocarlos me limito en mis recuerdos que vagan
entre la normalidad aparente, y la aparente paz de mi cama.
Última edición: