TORMENTA
A Vevero.
Sobre la piel gris del atardecer
se recostó una llovizna pertinaz,
entre el cielo y el mar.
Súbitamente, como profusas lágrimas,
la lluvia se volvió un amargo temporal:
Ella empacó su sombra en la maleta.
Una tempestad destrozó el aire oscuro.
Ella metió mis sueños en su neceser.
Un diluvio insobornable
abatió a la tempestad.
Ella puso mi amor perdido
en el interior de su maleta.
Dobló mis ruegos
y los enterró en el fondo del equipaje,
junto a los cadáveres insepultos
de mis suplicantes besos.
Entonces, diluvió intempestivamente.
Impávida a mis súplicas,
ella puso mis nostalgias
entre sus blusas de gasa.
Siguió lloviendo a cántaro abierto.
Cargó sin remordimientos su maleta;
Llovió más fuerte en la tempestad.
Estrelló la puerta contra el sol crepuscular
y cerró mi vida
como si no la mojara el torrencial.
Siguió la tormenta en mis ojos.
Su silueta decreció
en los arreboles del atardecer.
La tempestad me arrojó de rodillas sobre su recuerdo
y le pedí a Dios, inútilmente, que la obligara a regresar.
Seguí llorando hasta que se secaron mis ojos
y escampó sobre mi soledad dormida.
Mas la borrasca inundó mis sueños
y desperté con el alma anegada en lágrimas.
Esta mañana, al alba, su sombra regresó
y desató nuevos diluvios.
A Vevero.
Sobre la piel gris del atardecer
se recostó una llovizna pertinaz,
entre el cielo y el mar.
Súbitamente, como profusas lágrimas,
la lluvia se volvió un amargo temporal:
Ella empacó su sombra en la maleta.
Una tempestad destrozó el aire oscuro.
Ella metió mis sueños en su neceser.
Un diluvio insobornable
abatió a la tempestad.
Ella puso mi amor perdido
en el interior de su maleta.
Dobló mis ruegos
y los enterró en el fondo del equipaje,
junto a los cadáveres insepultos
de mis suplicantes besos.
Entonces, diluvió intempestivamente.
Impávida a mis súplicas,
ella puso mis nostalgias
entre sus blusas de gasa.
Siguió lloviendo a cántaro abierto.
Cargó sin remordimientos su maleta;
Llovió más fuerte en la tempestad.
Estrelló la puerta contra el sol crepuscular
y cerró mi vida
como si no la mojara el torrencial.
Siguió la tormenta en mis ojos.
Su silueta decreció
en los arreboles del atardecer.
La tempestad me arrojó de rodillas sobre su recuerdo
y le pedí a Dios, inútilmente, que la obligara a regresar.
Seguí llorando hasta que se secaron mis ojos
y escampó sobre mi soledad dormida.
Mas la borrasca inundó mis sueños
y desperté con el alma anegada en lágrimas.
Esta mañana, al alba, su sombra regresó
y desató nuevos diluvios.
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