dragon_ecu
Esporádico permanente
En este pueblo, los opiniones todavía se discuten en la plaza.
No hay cafés ni bares de sanduches y tertulias,
solo una plaza que se llena de polvo
cuando la lluvia no la vuelve un pozo de lodo.
Aquí los amantes no se mandan cartas,
porque ni siquiera tenemos carteros y tampoco papelería.
Las parejas se lanzan suspiros que pesan
lo mismo que un saco de cemento
y terminan rompiendo los cristales de las solteras.
Te conocí ese martes que llovieron peces espada.
Te hallabas sentada en el patio,
quitándole las espinas al aire
para que no nos cortara el aliento.
Me dijiste que tu abuela se había vuelto de mimbre
y que cada vez que pensaba en el abuelo,
le crecían nidos de horneros en las costillas.
Yo te traje un ramo de orquídeas
que gritaban por las noches,
unas flores histéricas
que no nos dejaban dormir,
pero que combinaban con el color de tu desdén
y el aroma del camposanto.
Nos amamos tocando sin mirar
como se hacen las cosas que no tienen sentido.
Debajo de un árbol que daba toronjas de crochet
y sobre una cama que flotaba cada vez que mentías
entre los rebotes de los embates de ambos.
Fue una historia casi perfecta,
casi romántica,
casi infinita.
Hasta que un día te convertiste en una nube de azúcar
y yo, con mi diabetes emocional,
por tristeza tuve que dejarte ir con el viento de la tarde,
no fuera a ser que tu recuerdo me matara de un dulzor
que mi cuerpo simplemente no sabría cómo recibir.
Mantengo parte de tu ausencia en un frasco de mermelada,
y a veces,
cuando el recuerdo me golpea con su cara de piedra,
destapo el frasco y dejo que se inunde el cuarto,
que mi cuerpo se refresque con tu esencia,
mientras espero que la gravedad decida, por fin,
la hora en que mis pies toquen el suelo.
No hay cafés ni bares de sanduches y tertulias,
solo una plaza que se llena de polvo
cuando la lluvia no la vuelve un pozo de lodo.
Aquí los amantes no se mandan cartas,
porque ni siquiera tenemos carteros y tampoco papelería.
Las parejas se lanzan suspiros que pesan
lo mismo que un saco de cemento
y terminan rompiendo los cristales de las solteras.
Te conocí ese martes que llovieron peces espada.
Te hallabas sentada en el patio,
quitándole las espinas al aire
para que no nos cortara el aliento.
Me dijiste que tu abuela se había vuelto de mimbre
y que cada vez que pensaba en el abuelo,
le crecían nidos de horneros en las costillas.
Yo te traje un ramo de orquídeas
que gritaban por las noches,
unas flores histéricas
que no nos dejaban dormir,
pero que combinaban con el color de tu desdén
y el aroma del camposanto.
Nos amamos tocando sin mirar
como se hacen las cosas que no tienen sentido.
Debajo de un árbol que daba toronjas de crochet
y sobre una cama que flotaba cada vez que mentías
entre los rebotes de los embates de ambos.
Fue una historia casi perfecta,
casi romántica,
casi infinita.
Hasta que un día te convertiste en una nube de azúcar
y yo, con mi diabetes emocional,
por tristeza tuve que dejarte ir con el viento de la tarde,
no fuera a ser que tu recuerdo me matara de un dulzor
que mi cuerpo simplemente no sabría cómo recibir.
Mantengo parte de tu ausencia en un frasco de mermelada,
y a veces,
cuando el recuerdo me golpea con su cara de piedra,
destapo el frasco y dejo que se inunde el cuarto,
que mi cuerpo se refresque con tu esencia,
mientras espero que la gravedad decida, por fin,
la hora en que mis pies toquen el suelo.