danie
solo un pensamiento...
Hábito diurno que viste mis sueños con un cortejo fúnebre,
en donde su cendal y la tenebrosidad acaricia mi frente
con su escueto y lastimero paso abismal,
frialdades acarreadas de inquinas apóstatas
y perfidias que sellan las heridas en mi cuerpo
con la sombra de tu espectro;
testadas ilusiones participes del cerrazón de los cielos,
socorros de plañidos de sal
que preservan mi alma en la cámara del tormento
con tus agasajos acerbos.
De la efusión desmedida y las quimeras de polvo,
emergen tus restos para perturbarme en el sigilo del silente;
pasos al borde de la cornisa y su infinita sepultura,
caminos entre la demencia y la cordura de la razón vulnerable,
marcha de un pálido vestigio de anhelo y esperanza,
marcha quebrantada por el hálito metálico de tu respiración,
daga fría y buida que traspasa las resquicios de un ingenuo corazón.
El corazón latiente fuera del cuerpo,
servido en una escudilla de plata por el sirviente
para alimentar tu hambruna con mi sacrificio sempiterno.
Condesa con sed de mis voluntades,
con ambición por mis corduras
y por el aura que opacamente brilla en mi aureola,
con apetito voraz por mi raza crédula
Tú, fantasma de un orfeón olímpico
con rostro de Náyade y sangre de Kraken,
acechas el perímetro de mi cuerpo con una obsesión gélida,
con soberbia de Valquiria comienzas la eterna ofensiva,
con tus venablos y púas envenenadas;
yo solo veo en ellas, clavos de oro, crisantemos y calas,
coronas de espinas con un bálsamo de miel,
oxidadas alcayatas y escarpias que me empalan
en la necrópolis arrasada por un sol muerto.
Yo solo veo en ti a Elizabeth Báthory,
la condesa sangrienta,
insaciable por mi última gota de sangre espesa.
en donde su cendal y la tenebrosidad acaricia mi frente
con su escueto y lastimero paso abismal,
frialdades acarreadas de inquinas apóstatas
y perfidias que sellan las heridas en mi cuerpo
con la sombra de tu espectro;
testadas ilusiones participes del cerrazón de los cielos,
socorros de plañidos de sal
que preservan mi alma en la cámara del tormento
con tus agasajos acerbos.
De la efusión desmedida y las quimeras de polvo,
emergen tus restos para perturbarme en el sigilo del silente;
pasos al borde de la cornisa y su infinita sepultura,
caminos entre la demencia y la cordura de la razón vulnerable,
marcha de un pálido vestigio de anhelo y esperanza,
marcha quebrantada por el hálito metálico de tu respiración,
daga fría y buida que traspasa las resquicios de un ingenuo corazón.
El corazón latiente fuera del cuerpo,
servido en una escudilla de plata por el sirviente
para alimentar tu hambruna con mi sacrificio sempiterno.
Condesa con sed de mis voluntades,
con ambición por mis corduras
y por el aura que opacamente brilla en mi aureola,
con apetito voraz por mi raza crédula
Tú, fantasma de un orfeón olímpico
con rostro de Náyade y sangre de Kraken,
acechas el perímetro de mi cuerpo con una obsesión gélida,
con soberbia de Valquiria comienzas la eterna ofensiva,
con tus venablos y púas envenenadas;
yo solo veo en ellas, clavos de oro, crisantemos y calas,
coronas de espinas con un bálsamo de miel,
oxidadas alcayatas y escarpias que me empalan
en la necrópolis arrasada por un sol muerto.
Yo solo veo en ti a Elizabeth Báthory,
la condesa sangrienta,
insaciable por mi última gota de sangre espesa.