EL IMIAMENSE
Poeta
Tortura
Me impongo por ley
no decir que te amo.
Esa frase maldita,
provoca estampidas
por esta gran selva
disfrazada de ciudad,
es perderte de vista,
de los demás sentidos
matar, como siempre, al mensajero.
Tú, reencarnando como una caracola
inundada de alarmas.
resbalando en el barro que crean mis lágrimas
rodeada por un campo minado
que me impide avanzar
sin llaves,
sin timbre,
sin jardín,
sin ventanas.
Tú, vistiendo esa armadura de siglos,
la probada en incruentas batallas.
una coraza cobriza, desgastada, mugrienta,
protegiendo tu cuerpo pequeño,
un cinturón de castidad enmohecido
propiedad de un cruzado
cubriendo tus vergüenzas,
haciendo de ti
una plaza amurallada,
(casi) inconquistable.
Yo, que tanto me he querido
(más que a nadie en la vida)
nunca he abusado de mi anatomía
me he tratado siempre
con guantes de seda.
he mimado al cuerpo
mas que al corazón.
Por ello, me sorprendo aceptando
el añejo cilicio de un monje
por ti ofrecido para flagelarme
torturar mi epidermis,
desgarrar mi espinazo,
minar mis esperanzas,
martirizar mi arma (de gitano)
pensando en ti,
en la ausencia de tus besos.
El Imiamense (Derechos Reservados) Copyright
Me impongo por ley
no decir que te amo.
Esa frase maldita,
provoca estampidas
por esta gran selva
disfrazada de ciudad,
es perderte de vista,
de los demás sentidos
matar, como siempre, al mensajero.
Tú, reencarnando como una caracola
inundada de alarmas.
resbalando en el barro que crean mis lágrimas
rodeada por un campo minado
que me impide avanzar
sin llaves,
sin timbre,
sin jardín,
sin ventanas.
Tú, vistiendo esa armadura de siglos,
la probada en incruentas batallas.
una coraza cobriza, desgastada, mugrienta,
protegiendo tu cuerpo pequeño,
un cinturón de castidad enmohecido
propiedad de un cruzado
cubriendo tus vergüenzas,
haciendo de ti
una plaza amurallada,
(casi) inconquistable.
Yo, que tanto me he querido
(más que a nadie en la vida)
nunca he abusado de mi anatomía
me he tratado siempre
con guantes de seda.
he mimado al cuerpo
mas que al corazón.
Por ello, me sorprendo aceptando
el añejo cilicio de un monje
por ti ofrecido para flagelarme
torturar mi epidermis,
desgarrar mi espinazo,
minar mis esperanzas,
martirizar mi arma (de gitano)
pensando en ti,
en la ausencia de tus besos.
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