Tránsito
Las palabras se sueltan. Van hacia otros. Quizá por eso buscamos su compañía: porque sabemos que alguna caerá en una tierra dispuesta y sembrarla ya habrá sido suficiente.
El fuego hace visible el humo y después lo entrega al aire. No desaparece. Sus cenizas esperan a la lluvia, que unas veces alimenta la tierra y otras deja una mancha gris sobre un vestido blanco olvidado en una percha.
Nada se pierde. Todo cambia de forma.
La glucosa se vuelve energía y sudor. Las hormonas orientan, confunden, enloquecen. Las emociones y los pensamientos se persiguen, se preceden, se inventan mutuamente.
Todo sucede en un mismo instante.
Tal vez la tarea no consista en detener el movimiento, sino en permitirlo.
Habitar este ser que nunca deja de cambiar.
Mirar el tránsito.
Ver cómo una emoción abre la puerta a otra. Cómo el dolor aprende el idioma de la ternura. Cómo la alegría hace sitio a la incertidumbre sin expulsarla.
No para retener nada.
Sino para recorrer ese parque de atracciones que es estar vivo.
De atracción en atracción.
Unas encogen el estómago. Otras ensanchan el paisaje.
Del sobresalto nace el miedo. Del miedo, a veces, el valor de atravesarlo. Y al otro lado espera un placer antiguo: el del niño que descubre que aquello que parecía inmenso también podía cruzarse.
No porque el susto hubiera mentido, sino porque él había crecido un poco mientras caminaba.
Así vivimos.
Sin una atracción definitiva. Sin una emoción definitiva. Sin una verdad definitiva.
Solo aprendiendo que cada experiencia despierta un rincón distinto de nosotros.
Unas rozan apenas la piel. Otras quedan bordadas para siempre.
Y, sin embargo, todas siguen su camino.
También nosotros.
Porque quizá la vida nunca fue un lugar al que llegar, sino el arte silencioso de acompañar el movimiento sin dejar de maravillarse mientras todo cambia de forma.
27/06/2026
Dikia©
Las palabras se sueltan. Van hacia otros. Quizá por eso buscamos su compañía: porque sabemos que alguna caerá en una tierra dispuesta y sembrarla ya habrá sido suficiente.
El fuego hace visible el humo y después lo entrega al aire. No desaparece. Sus cenizas esperan a la lluvia, que unas veces alimenta la tierra y otras deja una mancha gris sobre un vestido blanco olvidado en una percha.
Nada se pierde. Todo cambia de forma.
La glucosa se vuelve energía y sudor. Las hormonas orientan, confunden, enloquecen. Las emociones y los pensamientos se persiguen, se preceden, se inventan mutuamente.
Todo sucede en un mismo instante.
Tal vez la tarea no consista en detener el movimiento, sino en permitirlo.
Habitar este ser que nunca deja de cambiar.
Mirar el tránsito.
Ver cómo una emoción abre la puerta a otra. Cómo el dolor aprende el idioma de la ternura. Cómo la alegría hace sitio a la incertidumbre sin expulsarla.
No para retener nada.
Sino para recorrer ese parque de atracciones que es estar vivo.
De atracción en atracción.
Unas encogen el estómago. Otras ensanchan el paisaje.
Del sobresalto nace el miedo. Del miedo, a veces, el valor de atravesarlo. Y al otro lado espera un placer antiguo: el del niño que descubre que aquello que parecía inmenso también podía cruzarse.
No porque el susto hubiera mentido, sino porque él había crecido un poco mientras caminaba.
Así vivimos.
Sin una atracción definitiva. Sin una emoción definitiva. Sin una verdad definitiva.
Solo aprendiendo que cada experiencia despierta un rincón distinto de nosotros.
Unas rozan apenas la piel. Otras quedan bordadas para siempre.
Y, sin embargo, todas siguen su camino.
También nosotros.
Porque quizá la vida nunca fue un lugar al que llegar, sino el arte silencioso de acompañar el movimiento sin dejar de maravillarse mientras todo cambia de forma.
27/06/2026
Dikia©