necros73
Poeta que considera el portal su segunda casa
Transmutación
Un día el redimido,
hastiado de orar
y amar al señor,
que ya no está en el cielo,
añora volver a pecar.
El santo sueña
con dar rienda suelta
a la lujuria
que desde siempre
carcome su piedad,
incubando lascivos venenos,
tiernas envidias.
El homicida de la pasión,
el orgulloso benefactor del espíritu,
ronda por los prostíbulos
y las cantinas
para saciar su sangre.
Sin saberlo se cruza
con el asesino
que lava sus manos con gasolina
y lejía para erradicar la sangre
que lo acompaña,
afuera el lujurioso
busca la forma de negarse
y de paso negar sus pasiones.
Sin pensarlo mucho,
Dios se declara ateo,
acto seguido reniega de sí
y de su espuria creación,
afanoso recorre el camino
de los excesos
y las depravaciones
para así olvidar
su divina sabiduría.
Su oscuro adversario
desea al cielo retornar,
recuperando con ello
la luz que antaño
lo bañaba con su pureza.
Los suplicios del corazón
se trastocan en torturas para el cuerpo.
Trasmutado el mundo,
girando entorno al absurdo
que se derrama
por todos los confines
del cielo
y la tierra,
alterando,
rompiendo,
¿creando?
El soltero añora la compañía
de unos labios al arribar
por las noches a su hogar,
la soledad es ahora su enemiga mortal,
los fantasmas sus aliados.
Mientras bebe hasta perder el sentido,
repite la letanía de nombres
de todas aquellas
que compartieron su cama,
pero jamás su corazón.
El casado pierde el sueño
al recodar su ilimitada libertad de acción
y de inacción,
la responsabilidad de la miseria compartida
lo agobia,
el amor que lo consolaba,
ahora lo atosiga,
su más oscuro deseo
no es el engaño,
es volver sobre sus pasos,
sobre sus años
y recuperarse en soledad.
La dama en su palacio,
rodeada de vanidad e hipocresía,
suspira por sus días
de ligereza carnal,
su jaula de dorados barrotes
no la consuela,
su dinero no logra sustituir
la impune sensación de amar
a diestra y siniestra,
a aquellos a quien su mirar seduzca.
La prostituta en la penumbra
de un hotel de paso,
fuma un cigarro
mientras imagina poseer
un palacio lujosamente amueblado,
un lugar solo para ella,
en donde no tenga
que compartir su lecho
con nadie mas que con sus sueños.
Yo no sé porque deseamos,
soñamos,
con aquello que no tenemos,
¿será por ello que no apreciamos,
incluso despreciamos,
lo que poseemos,
lo que sentimos,
lo que nos rodea?
Solo la enfermedad nos devuelve el placer de la salud.
Solo ante la cercanía de la muerte recuperamos la vida.
Somos seres imperfectos,
contradictorios
e inconformes.
Somos seres humanos,
al fin y al cabo,
los siempre parias:
los bastardos de la creación.
Un día el redimido,
hastiado de orar
y amar al señor,
que ya no está en el cielo,
añora volver a pecar.
El santo sueña
con dar rienda suelta
a la lujuria
que desde siempre
carcome su piedad,
incubando lascivos venenos,
tiernas envidias.
El homicida de la pasión,
el orgulloso benefactor del espíritu,
ronda por los prostíbulos
y las cantinas
para saciar su sangre.
Sin saberlo se cruza
con el asesino
que lava sus manos con gasolina
y lejía para erradicar la sangre
que lo acompaña,
afuera el lujurioso
busca la forma de negarse
y de paso negar sus pasiones.
Sin pensarlo mucho,
Dios se declara ateo,
acto seguido reniega de sí
y de su espuria creación,
afanoso recorre el camino
de los excesos
y las depravaciones
para así olvidar
su divina sabiduría.
Su oscuro adversario
desea al cielo retornar,
recuperando con ello
la luz que antaño
lo bañaba con su pureza.
Los suplicios del corazón
se trastocan en torturas para el cuerpo.
Trasmutado el mundo,
girando entorno al absurdo
que se derrama
por todos los confines
del cielo
y la tierra,
alterando,
rompiendo,
¿creando?
El soltero añora la compañía
de unos labios al arribar
por las noches a su hogar,
la soledad es ahora su enemiga mortal,
los fantasmas sus aliados.
Mientras bebe hasta perder el sentido,
repite la letanía de nombres
de todas aquellas
que compartieron su cama,
pero jamás su corazón.
El casado pierde el sueño
al recodar su ilimitada libertad de acción
y de inacción,
la responsabilidad de la miseria compartida
lo agobia,
el amor que lo consolaba,
ahora lo atosiga,
su más oscuro deseo
no es el engaño,
es volver sobre sus pasos,
sobre sus años
y recuperarse en soledad.
La dama en su palacio,
rodeada de vanidad e hipocresía,
suspira por sus días
de ligereza carnal,
su jaula de dorados barrotes
no la consuela,
su dinero no logra sustituir
la impune sensación de amar
a diestra y siniestra,
a aquellos a quien su mirar seduzca.
La prostituta en la penumbra
de un hotel de paso,
fuma un cigarro
mientras imagina poseer
un palacio lujosamente amueblado,
un lugar solo para ella,
en donde no tenga
que compartir su lecho
con nadie mas que con sus sueños.
Yo no sé porque deseamos,
soñamos,
con aquello que no tenemos,
¿será por ello que no apreciamos,
incluso despreciamos,
lo que poseemos,
lo que sentimos,
lo que nos rodea?
Solo la enfermedad nos devuelve el placer de la salud.
Solo ante la cercanía de la muerte recuperamos la vida.
Somos seres imperfectos,
contradictorios
e inconformes.
Somos seres humanos,
al fin y al cabo,
los siempre parias:
los bastardos de la creación.