Fabiola Montes
Poeta asiduo al portal
Cual la musa de Neruda,
ella calla.
Etérea su figura
en el azul del cielo
se funde
como milagrosa aparición
de la Inmaculada.
El viento, que mi voz arrastra,
la roza apenas,
no llega como alivio a sus penas;
no es consuelo
a sus contenidas lágrimas.
Ausente,
con la mirada baja,
languidece sola
y se distancia.
Me invade la ira
de la impotencia.
Ella, tan amada,
muere de pena
y se desangra.
En el azul del cielo se diluye.
Mi amor, en brazos extendidos,
no la alcanza.
Más no resignado,
al azul infinito del cielo
en su búsqueda avanza
en tonos celestes y grises
con tintes de esperanza.
ella calla.
Etérea su figura
en el azul del cielo
se funde
como milagrosa aparición
de la Inmaculada.
El viento, que mi voz arrastra,
la roza apenas,
no llega como alivio a sus penas;
no es consuelo
a sus contenidas lágrimas.
Ausente,
con la mirada baja,
languidece sola
y se distancia.
Me invade la ira
de la impotencia.
Ella, tan amada,
muere de pena
y se desangra.
En el azul del cielo se diluye.
Mi amor, en brazos extendidos,
no la alcanza.
Más no resignado,
al azul infinito del cielo
en su búsqueda avanza
en tonos celestes y grises
con tintes de esperanza.