BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Entre tolvaneras de ruido y polvo
contrariamente a lo sospechado
imantados de origen perseguidos
por la niebla, surgen alas o desperdicios,
deserciones de trozos de ramajes sepultados.
Surgen así, entonces, de la misma vida consumida,
como estanques de agua flotadora, de agua impermeable,
rosales injertados espinas trituradas o espolvoreadas caries.
Se inyectan nubes de insectos en los ojos inmensos,
donde quiebran el espíritu, sucintamente, luctuoso,
el crepúsculo ocurre sin previo aviso; son sótanos inundados,
algarabías del hambre, apósitos del sueño, con Morfeo
inutilizando los nombres de las espigas que cubren la boca.
Fuera y lejos, las enormes vértebras de un pez cautivado
frecuentan las luciérnagas del monte, bosque pétreo, indolencia
de los seres que habitan la luna. Me conmueve
esta sucesiva danza, la maleable succión de cuerpos
en la obligada voluntad sin filo: enebros solitarios que
emplean toda su fuerza, dentro de los extensos límites
del frío. Oh majestad de los nombres impronunciables,
donde habitan los lugares de mi infancia, corrompiéndose
mutuamente, extraños caracteres organizados en las piernas,
en los muslos, y crecen con tamaño de avispa, perforando
la carne pueril y adolescente, llena de solitaria ascendencia.
Como árboles infernales, como cruentas batallas de alas
y pronombres, de transparencias innobles, como metálicos
sonidos y sabores de óxido; yo, pronuncio un bello nombre,
marea de rectángulos en lo adecuado del día, y veo
su presencia fuera de los círculos anteriores.
Oh tambor de sílex y oclusión de columna, oh
belleza de la tarde consumada, donde arbitran
su ajedrez ilógico las mentes insondables.
Fuera, lejos, no me importa que me rompan los dientes:
allí, repiquetean las alegres campanas del aire.
©
contrariamente a lo sospechado
imantados de origen perseguidos
por la niebla, surgen alas o desperdicios,
deserciones de trozos de ramajes sepultados.
Surgen así, entonces, de la misma vida consumida,
como estanques de agua flotadora, de agua impermeable,
rosales injertados espinas trituradas o espolvoreadas caries.
Se inyectan nubes de insectos en los ojos inmensos,
donde quiebran el espíritu, sucintamente, luctuoso,
el crepúsculo ocurre sin previo aviso; son sótanos inundados,
algarabías del hambre, apósitos del sueño, con Morfeo
inutilizando los nombres de las espigas que cubren la boca.
Fuera y lejos, las enormes vértebras de un pez cautivado
frecuentan las luciérnagas del monte, bosque pétreo, indolencia
de los seres que habitan la luna. Me conmueve
esta sucesiva danza, la maleable succión de cuerpos
en la obligada voluntad sin filo: enebros solitarios que
emplean toda su fuerza, dentro de los extensos límites
del frío. Oh majestad de los nombres impronunciables,
donde habitan los lugares de mi infancia, corrompiéndose
mutuamente, extraños caracteres organizados en las piernas,
en los muslos, y crecen con tamaño de avispa, perforando
la carne pueril y adolescente, llena de solitaria ascendencia.
Como árboles infernales, como cruentas batallas de alas
y pronombres, de transparencias innobles, como metálicos
sonidos y sabores de óxido; yo, pronuncio un bello nombre,
marea de rectángulos en lo adecuado del día, y veo
su presencia fuera de los círculos anteriores.
Oh tambor de sílex y oclusión de columna, oh
belleza de la tarde consumada, donde arbitran
su ajedrez ilógico las mentes insondables.
Fuera, lejos, no me importa que me rompan los dientes:
allí, repiquetean las alegres campanas del aire.
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