Corazón Delator
Poeta recién llegado
Tres Tristes Trastes
Las fotos en el suelo
forman un puzzle
de recuerdos.
Un triste sudario
de memorias impresas.
En todas y cada una
me miras,
me sonríes,
me matas
con esos ojos infantiles.
Pero no son más que papel.
Una vieja película
que ya he visto otras veces.
Una de esas
de las que no te cansas,
que por mucho que
la veas
y te la sepas de memoria,
al final
vuelves a llorar.
“Tócala otra vez”,
dice cuando todo
se acaba.
Ese final me mata.
Tú también me matas.
¿Y cómo se mata
a un muerto?
A un muerto como yo
se le ahoga.
Se le ahoga
en sus propias lágrimas.
O quizá,
en una botella hospitalaria,
que se deje beber.
¿Qué importa?
Ya nada importa.
Vuelvo a mirar las fotos
y repito tu nombre
en voz alta.
Me duele la cabeza,
de tantas noches en balde,
tantas noches
sin dormir.
En una esquina
de mi cuarto
hay una guitarra
que me gustaría saber tocar.
Pero permanece triste
y callada,
con las cuerdas desafinadas
y unas malas clavijas,
polvorientas y sin usar.
En momentos como estos
te odio.
Te amo.
Te deseo.
Pero sobretodo,
te echo tanto de menos…
Me seco las mejillas
y abro la ventana
para que entre un poco de aire.
Y en el susurro
del viento,
sí,
en el mismo susurro
del viento,
busco tu perfume
y lo encuentro.
Ese olor característico
que tienen los sueños,
y tú tienes la desfachatez
de ponértelo en la ropa,
como si fuera una vulgar
colonia.
Y es una colonia.
Pero no es vulgar.
Porque es la tuya.
La mía es de ginebra,
melancolía,
un poco de amargura,
luego otro poco de hielo...
luego de nada.
Vuelvo a mirar las fotos.
Me quedo con tu sonrisa.
Porque despacio me mata.
Lento
me asesina.
Las fotos en el suelo
forman un puzzle
de recuerdos.
Un triste sudario
de memorias impresas.
En todas y cada una
me miras,
me sonríes,
me matas
con esos ojos infantiles.
Pero no son más que papel.
Una vieja película
que ya he visto otras veces.
Una de esas
de las que no te cansas,
que por mucho que
la veas
y te la sepas de memoria,
al final
vuelves a llorar.
“Tócala otra vez”,
dice cuando todo
se acaba.
Ese final me mata.
Tú también me matas.
¿Y cómo se mata
a un muerto?
A un muerto como yo
se le ahoga.
Se le ahoga
en sus propias lágrimas.
O quizá,
en una botella hospitalaria,
que se deje beber.
¿Qué importa?
Ya nada importa.
Vuelvo a mirar las fotos
y repito tu nombre
en voz alta.
Me duele la cabeza,
de tantas noches en balde,
tantas noches
sin dormir.
En una esquina
de mi cuarto
hay una guitarra
que me gustaría saber tocar.
Pero permanece triste
y callada,
con las cuerdas desafinadas
y unas malas clavijas,
polvorientas y sin usar.
En momentos como estos
te odio.
Te amo.
Te deseo.
Pero sobretodo,
te echo tanto de menos…
Me seco las mejillas
y abro la ventana
para que entre un poco de aire.
Y en el susurro
del viento,
sí,
en el mismo susurro
del viento,
busco tu perfume
y lo encuentro.
Ese olor característico
que tienen los sueños,
y tú tienes la desfachatez
de ponértelo en la ropa,
como si fuera una vulgar
colonia.
Y es una colonia.
Pero no es vulgar.
Porque es la tuya.
La mía es de ginebra,
melancolía,
un poco de amargura,
luego otro poco de hielo...
luego de nada.
Vuelvo a mirar las fotos.
Me quedo con tu sonrisa.
Porque despacio me mata.
Lento
me asesina.