Entró caminando de espaldas para no exponer su semblante a los ojos intranquilos del aprendiz de melodías, que contrariedad le producía al infausto avanzar de esa forma. A su espalda dos diapasones inocentes sobre un pulido tablero de ébano gimoteaban, estaban conformados en pedazos muy pequeños y organizados como para ser intercambiados con los consumidores de la radiodifusora, el chico salió con prontitud a la calzada exterior dejando sus extremidades superiores sobre el negro piano de cola, y sabiendo que jamás podría manosear algún inesperado arpegio, de esos que nos hacen pernoctar al encantamiento de existir. El obscuro personaje traspasó el atrio, esta vez avanzando hacia delante, y sabiéndose inculpado para siempre por la tribu de los ecos.