Nymphadora
Poeta recién llegado
Y él me llamaba su amiga, la mejor y la única.
Y él era mi amigo, el mejor y el único.
Siempre mi corazón y el suyo, pasivos y domados caminaban de la mano.
Pues eran como nosotros grandes hermanos.
Y así durante trés largos y cortos años nuestra historia se narraba.
Hasta que sin pensarlo, sus labios rozaron los míos.
Y un eterno dulce martirio armonizó su mirada.
Ese fue pues el momento en que mi alma lo supo.
¡Cuánto lo amaba!
Desde entonces mi amor y mi amigo fueron el mismo.
Esta simple historia no termina aquí.
Pues en extremo linda y dulce sería, cosa que no me molestaría.
Pero siendo amor y amistad antagonístas de siglos de olvido.
Y siendo la misma distancia oscuro némesis de los amores perdidos.
Acaba venciendo siempre esta maldita distancia.
Cruel mi verdad al notar que no eran pues las millas.
Ni los extraños países, ni la lengua distinta.
Lo que a mil leguas se intuía, sino era el cómo su amor se diluía.
Y cómo el mío simplemente resplandecía.
Contada esta mi historia, fácil tendrán entencer mi sencilla razón.
De decir con pocas letras tantas verdades.
De usar mi necio tiempo para vivir entre mares.
De llorar mis decepciones e interrumpir vuestras canciones.
Por eso, me permito como niña triste, recomendar no caer en mi caída.
Y jamás enamorar a el mejor de sus amigos.
Pues resulta este el más lindo y divino amor...
...y la más larga y doliente compañía.
Si en un fatal caso como el mío prebalece y brilla la amistad cuando el amor vuela a los lejanos vocablos ingleses.
Con un ruego de mi alma imploro un mensaje de aliento.
A ustedes lectores poetas.
Porque esta es la segunda poesía, tributo a mi causa perdida.
Por aquel que con un beso franqueó mi entorno de hielo.
Coloreó de rosa mi cielo. Y me pintó una sonrisa.
Es esta sencilla obra dedicada a aquellos que la prefieran y sin duda alguna a él.
Mi mejor amigo.
Y él era mi amigo, el mejor y el único.
Siempre mi corazón y el suyo, pasivos y domados caminaban de la mano.
Pues eran como nosotros grandes hermanos.
Y así durante trés largos y cortos años nuestra historia se narraba.
Hasta que sin pensarlo, sus labios rozaron los míos.
Y un eterno dulce martirio armonizó su mirada.
Ese fue pues el momento en que mi alma lo supo.
¡Cuánto lo amaba!
Desde entonces mi amor y mi amigo fueron el mismo.
Esta simple historia no termina aquí.
Pues en extremo linda y dulce sería, cosa que no me molestaría.
Pero siendo amor y amistad antagonístas de siglos de olvido.
Y siendo la misma distancia oscuro némesis de los amores perdidos.
Acaba venciendo siempre esta maldita distancia.
Cruel mi verdad al notar que no eran pues las millas.
Ni los extraños países, ni la lengua distinta.
Lo que a mil leguas se intuía, sino era el cómo su amor se diluía.
Y cómo el mío simplemente resplandecía.
Contada esta mi historia, fácil tendrán entencer mi sencilla razón.
De decir con pocas letras tantas verdades.
De usar mi necio tiempo para vivir entre mares.
De llorar mis decepciones e interrumpir vuestras canciones.
Por eso, me permito como niña triste, recomendar no caer en mi caída.
Y jamás enamorar a el mejor de sus amigos.
Pues resulta este el más lindo y divino amor...
...y la más larga y doliente compañía.
Si en un fatal caso como el mío prebalece y brilla la amistad cuando el amor vuela a los lejanos vocablos ingleses.
Con un ruego de mi alma imploro un mensaje de aliento.
A ustedes lectores poetas.
Porque esta es la segunda poesía, tributo a mi causa perdida.
Por aquel que con un beso franqueó mi entorno de hielo.
Coloreó de rosa mi cielo. Y me pintó una sonrisa.
Es esta sencilla obra dedicada a aquellos que la prefieran y sin duda alguna a él.
Mi mejor amigo.
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