sergio Bermúdez
Poeta que considera el portal su segunda casa
Triste,
sin oxigeno del alma,
se describía mi lágrima,
se eclipsaban mis labios.
Triste,
no había calma,
se deshacían mis pestañas,
se volvían mis manos sombras,
triste,
así era el adiós,
adiós sin almas,
que triste,
¿pero y su luz?
arrancada de su garganta,
en la muerte que cayó hasta deshuesar mi alma.
Por eso,
dime adiós,
no quiero sufrir,
por eso no me digas nada,
triste,
pero que triste,
no quiero caer más en el pedestal tenebroso,
una arrancada mirada como funeral,
pero que adiós más melancólico,
y hasta mi piel se esqueletizó,
me dejaron abiertos los ojos,
y yo llorando,
triste,
pero muy triste,
mis lágrimas se escapaban,
¿dónde puedo atraparlas?
mis manos atrapadas en mi corazón,
¿pero dónde puedo alzarlas?
Triste,
así es como lloro,
el amor se esfumó de mi vida,
adiós sin nada,
la muerte la llevó al infierno,
ardió su alma desangrada injustamente entre mil demonios,
triste,
muy triste,
así sin sol,
sin lágrimas que la resuciten,
su cadáver en lo más triste del mundo,
nada ni nadie podía salvarla,
me ahogaba y me arrollaban los pedruscos,
moría en carne viva,
triste
muy triste,
así era como la muerte era la pausa del espíritu,
adiós,
lo siento,
triste
por no poder haberla enamorado.