BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Regimientos desguarnecidos de niebla
cubren los aposentos infantiles de mi memoria
anclada en su infancia de acetileno y drogas.
Mi memoria, un sinfín escuálido de sintagmas
preposicionales y un cuadro de circuitos desorientados
y desubicados. Lugares añejos, propagandas sutiles,
aire de pinar exiguo, fronda salvaje y libertina.
Militarmente mi caparazón rojizo y tentacular
iniciaba sus misiones terrenales. Obligaba a su
voluntad, lienzos sublimes de piernas entreabiertas,
carismas de acero bloqueados en las vocales de los pájaros.
Sinuosidades propias y ajenas. Un millar de contingencias
y un remoto paisaje, el mío, el tuyo, entrelazados como
marionetas de un desdentado desfiladero. Y mientras,
las cornetas implacables, los reyes desasistidos, el milagro
de un muslo con su vendaje de gasa algodonosa. Las gargantas
desvaneciéndose entre tristes garajes clausurados por el viento
etílico. Tú, que viajabas entre la oscuridad de los sótanos humedecidos,
con caries en las dentaduras fósiles y plataneros
de tu ciudad prodigiosa. Con la cintura eternamente
enganchada al sortilegio que te dio nombre.
Las aguas del río incontaminado, que procuran
sinalefas de olvidos momentáneos.
©
cubren los aposentos infantiles de mi memoria
anclada en su infancia de acetileno y drogas.
Mi memoria, un sinfín escuálido de sintagmas
preposicionales y un cuadro de circuitos desorientados
y desubicados. Lugares añejos, propagandas sutiles,
aire de pinar exiguo, fronda salvaje y libertina.
Militarmente mi caparazón rojizo y tentacular
iniciaba sus misiones terrenales. Obligaba a su
voluntad, lienzos sublimes de piernas entreabiertas,
carismas de acero bloqueados en las vocales de los pájaros.
Sinuosidades propias y ajenas. Un millar de contingencias
y un remoto paisaje, el mío, el tuyo, entrelazados como
marionetas de un desdentado desfiladero. Y mientras,
las cornetas implacables, los reyes desasistidos, el milagro
de un muslo con su vendaje de gasa algodonosa. Las gargantas
desvaneciéndose entre tristes garajes clausurados por el viento
etílico. Tú, que viajabas entre la oscuridad de los sótanos humedecidos,
con caries en las dentaduras fósiles y plataneros
de tu ciudad prodigiosa. Con la cintura eternamente
enganchada al sortilegio que te dio nombre.
Las aguas del río incontaminado, que procuran
sinalefas de olvidos momentáneos.
©