Julius 12
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuando sentí aquel primer beso apasionado, único,
comprendí que ya no me despreciabas y las espinas
de tus manos suavizadas anidaron sobre mi piel como
pequeños trofeos emblemáticos, como pequeños
símbolos que sellaban un compromiso y un pacto sagrado,
hasta el instante de mi súbito despertar de la pesadilla
horrorosa porque te habías ido otra vez, porque ya no
podía escuchar tus palabras de amor incondicional,
y caminé desencajado hacia el gran espejo que te
había atrapado, que te había llevado al otro universo
y que trisé sin dudarlo y después, cuando salí a la noche
helada, desnudo y descalzo por el camino sin nombre,
y en mi andar sonámbulo saltaba como un pez volador
olfateando tu cabellera única que había rondado dulcemente
por mi cuerpo y que ahora ondulaba en el viento salobre
con tu figura envuelta en la maniática tristeza de otros días.
Pero no me desalenté y propuse que volvieses a mí,
que volvieses a explorar mi alma con tu palabras de seda.
Pero el encanto del amor se había hecho pedazos se había
dispersado quien sabe hacia adonde y debí resignarme,
debí volver a mi celda, para continuar con la pesadilla interminable.
comprendí que ya no me despreciabas y las espinas
de tus manos suavizadas anidaron sobre mi piel como
pequeños trofeos emblemáticos, como pequeños
símbolos que sellaban un compromiso y un pacto sagrado,
hasta el instante de mi súbito despertar de la pesadilla
horrorosa porque te habías ido otra vez, porque ya no
podía escuchar tus palabras de amor incondicional,
y caminé desencajado hacia el gran espejo que te
había atrapado, que te había llevado al otro universo
y que trisé sin dudarlo y después, cuando salí a la noche
helada, desnudo y descalzo por el camino sin nombre,
y en mi andar sonámbulo saltaba como un pez volador
olfateando tu cabellera única que había rondado dulcemente
por mi cuerpo y que ahora ondulaba en el viento salobre
con tu figura envuelta en la maniática tristeza de otros días.
Pero no me desalenté y propuse que volvieses a mí,
que volvieses a explorar mi alma con tu palabras de seda.
Pero el encanto del amor se había hecho pedazos se había
dispersado quien sabe hacia adonde y debí resignarme,
debí volver a mi celda, para continuar con la pesadilla interminable.
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