Sinuhé
Poeta adicto al portal
¿Ya sabes dónde estoy? ¿Entonces porque faltas, tenebrosa?
¿Por qué te insistes tan lejana?
Si el cuerpo canta y la madera de tu puerta te llama también
con esta voz tan mía.
Todo, todo te recuerda a ti,
existe el mar y existe porque solo tú lo llenas.
Serenamente, irremediable; intensamente te me vienes a mis días.
Llenas el resto de las cosas que me invaden,
resucitas las mañanas prisioneras de las noches.
Reseco el día tampoco sobrevive de ti; crujen los minutos, alejados.
Retuerces los caminos, los parques;
y los viejos con sus rostros tampoco se escapan de ti.
Si tú lo llenas todo, invades los puentes.
Las luchas de los pocos que aún quedan por luchar, contra ti;
pierden nuevamente su batalla.
¿Quién te encontraría? ¿Quién te llenaría, finalmente?
Deseas las paredes de la noche y existen frías, porque tú las abandonas.
Dueña eres también de las esquinas.
Es decir, que la gente se atropella como chispas, como antorchas;
en feroces llamaradas de ti también sedientas.
Tú, dueña del mundo; tú gimes y descansas de mí.
Descansas de mis manos ausentes.
Yo te extraño, sí; calladamente.
Repito tu nombre nuevamente en este inerte desafío,
inútilmente desbocado;
insistentemente tuyo y porque tú así lo has soñado.
......
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¿Por qué te insistes tan lejana?
Si el cuerpo canta y la madera de tu puerta te llama también
con esta voz tan mía.
Todo, todo te recuerda a ti,
existe el mar y existe porque solo tú lo llenas.
Serenamente, irremediable; intensamente te me vienes a mis días.
Llenas el resto de las cosas que me invaden,
resucitas las mañanas prisioneras de las noches.
Reseco el día tampoco sobrevive de ti; crujen los minutos, alejados.
Retuerces los caminos, los parques;
y los viejos con sus rostros tampoco se escapan de ti.
Si tú lo llenas todo, invades los puentes.
Las luchas de los pocos que aún quedan por luchar, contra ti;
pierden nuevamente su batalla.
¿Quién te encontraría? ¿Quién te llenaría, finalmente?
Deseas las paredes de la noche y existen frías, porque tú las abandonas.
Dueña eres también de las esquinas.
Es decir, que la gente se atropella como chispas, como antorchas;
en feroces llamaradas de ti también sedientas.
Tú, dueña del mundo; tú gimes y descansas de mí.
Descansas de mis manos ausentes.
Yo te extraño, sí; calladamente.
Repito tu nombre nuevamente en este inerte desafío,
inútilmente desbocado;
insistentemente tuyo y porque tú así lo has soñado.
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