Katerine
Poeta recién llegado
Allí estabas golpeando
el cristal duro.
A puños rabiosos
por verla detrás.
¡Qué impotencia sentí,
Mi niño, al verte!
Y entender que jamás
la volverías a tocar.
Tu frustrada ira
te adueñaba:
ya nada había
que poder hacer.
Estaba ida,
no estaba en su cuerpo,
y no, aunque gritabas,
no te vi llorar.
Un cura, con misa, pronunciando,
como casi todos,
su nombre tan mal.
Y tú corrigiendo desde el banco en alto:
¡Dejadle al menos un nombre
para poder soñar!
Mi niño, tu llanto
estaba por dentro. Era tu
rabiosa furia y tu dolor.
Llegaste hasta el nicho donde la pusieron,
sellando la tumba
dijimos
adiós.
el cristal duro.
A puños rabiosos
por verla detrás.
¡Qué impotencia sentí,
Mi niño, al verte!
Y entender que jamás
la volverías a tocar.
Tu frustrada ira
te adueñaba:
ya nada había
que poder hacer.
Estaba ida,
no estaba en su cuerpo,
y no, aunque gritabas,
no te vi llorar.
Un cura, con misa, pronunciando,
como casi todos,
su nombre tan mal.
Y tú corrigiendo desde el banco en alto:
¡Dejadle al menos un nombre
para poder soñar!
Mi niño, tu llanto
estaba por dentro. Era tu
rabiosa furia y tu dolor.
Llegaste hasta el nicho donde la pusieron,
sellando la tumba
dijimos
adiós.
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