Tu temor, mi trago preferido.

*Tiiilin* *Tiiilin* *Tiiilin*

En el bar de Ronan, todo parecía tranquilo.

La noche del día viernes, de un receso invernal que ya se sentía en cada rincón del país, se daba como cualquier otra que él hubiese vivido.
La gente a su alrededor charlaba, mientras las voces se paseaban conjuntamente con la música tranquila, que su sobrina Vicki se encargaba de poner con la computadora, y los parlantes que anteriormente, había instalado en las paredes del lugar.
El sitio era pequeño, contaba incluso con algunas sillas afuera, y unas decoraciones que junto a los colores verdes, de sus paredes, más el marrón ocre de las mesas y sillas, hacían que uno sintiese, que estaba metido en medio de una cinemática de los años cuarenta.

El trapo húmedo que se adhería a la mano del hombre, que ahora mismo sentía el cansancio caer sobre sus ojos y espalda, fue el mismo que dejó a un lado, cuando en la pantalla de la computadora ubicada hacia su izquierda, un característico *Tiiilin*, sonó, indicándole en que mesa, estaba ubicado un nuevo cliente, aguardando a ser atendido.
Al mirar hacia adelante, y ver que su sobrina estaba ocupada con un grupo de hombres que habían reservado una gran mesa en la parte más grande del lugar, decidió ser él mismo, quien llevara la carta.
El paño de color amarillo y desgastado, que despedía ese olor ácido característico de la lavandina, quedó posando sobre la barra.
Sus pies lo movieron hacia el sitio destinado, y en él, volvió a encontrarse, a la misma persona que hace dos viernes atrás, se había ubicado en el mismo asiento, que ahora él recorría con la mirada.
Una muchacha de tez pálida, casi otro tanto más, que el trapo que acababa de dejar sobre la mesada, se hallaba sentada, y de piernas cruzadas. Mientras los nervios que se disipaban dentro de Ronan lo molestaban, notó que su vestimenta no era la misma ninguna de las tantas veces que se la topaba allí. La había visto lucir vestidos ajustados al cuerpo, pero ahora mismo, un pantalón tiro alto, dejaba ver un cinto negro, que se le ajustaba a una cintura notablemente pequeña, y que a su vez, resaltaba la camisa color bordó que se adhería a su busto.
En ese corto segundo que la estudió, fue cuando dejó la carta frente a sus ojos oscuros, casi negros y se limitó a repetir ese mismo mantra que cada día, era su oración predilecta.

-Muy buenas noches, aquí le dejo la carta de comidas y bebidas para que vaya viendo. Si hay algo en especial que ya desee ordenar, no dude en pedírmelo.

La observó mirando la carta de bebidas, como anteriores veces ya lo había hecho. Repasando con un dedo de uñas pintadas y piel pálida, que dejaban ver inclusive el color violeta de las venas que las recorrían, cada nombre de cada trago y aperitivo que allí se nombraban.

-Mejor voy a esperar a que llegue mi acompañante, gracias.

La escuchó decirle.

-Cómo no, recuerde que presionando el botón que tiene el servilletero, puede hacernos saber cuándo venir.

-Genial, gracias.

Luego de varios minutos, que transcurrieron intensamente mas lento de lo que desearía. No solo por el dolor de espalda que continuaba aquejándolo, sino por los pedidos continuos que llegaban desde la mesa de hombres que seguía llena, y que vislumbraba mientras en su cabeza, soñaba con poder llegar a su casa e irse a dormir. Aunque descansar, últimamente era algo imposible de lograr.
La muchacha de tez pálida accionó el botón, y sus pies fueron directos hacia su encuentro. Le sorprendió encontrarla sola aún.

-Me decidí por un Campari Tonic.

-Genial elección, ya se lo traigo.

Las manos ligeras de Ronan, prepararon aquel elixir de sabores amargos y dulces, para acabar decorando la copa con la media rodaja de una naranja.
El vaso elegante, que parecía poseer los jugos de un alma siniestra, se posaron sobre una servilleta, frente a los ojos de la muchacha.

-Aquí tiene, y permítame decirle que pese a que no llegó su cita, no hay mejor compañía que éste trago.

La sonrisa que se reflejaba en el rostro pálido de aquella extraña, le provocó escalofríos que se deslizaron por su cuello.

-Oh si, de igual forma, a quien esperaba me canceló, pero creo que fue lo mejor.
-Mejor así entonces.
-Mejor así entonces.

Repitió la desconocida.


Luego de aquel día, la noche del viernes siguiente, volvió a poblarse de personas. Pese a los protocolos que los restaurantes y lugares frecuentados, debían de seguir, debido a la pandemia inminente de coronavirus, los números de gente que continuaban llamando para sacar turnos, o pedir un lugar, se mantenían en pie.
Su sobrina, junto a otra muchacha que había entrado hace poco a trabajar, más él mismo, se repartían las tareas.

Horas después de que la jornada se tranquilizara, cierta dama ubicada en un lugar que Ronan recordaba, haber visto brillar un par de ojos escalofriantes, llamó a través del servilletero.
Su orden fue la misma, y los segundos que tardó en hacerla, al hombre se le hicieron demasiado parecidos a los pasados anteriormente. Algo en ella le llamaba la atención, y el no saber si las pulsaciones que sentía recorriéndole por la cabeza, eran buenas o malas, acrecentaban el nerviosismo que ya lo saludaba como si fueran amigos de toda la vida.
El Campari rojo batido de siempre, que se había vuelto su rutina los días viernes, comenzaba a hacerse frecuente entre los pensamientos que al final del día, y que repasaba en la cama, antes de cerrar los ojos e intentar conducirse por el reino de Morfeo, lo molestaban.

La pensaba a la mujer, y en medio de las sábanas limpias, y color azul, que había dejado en casa de su ex mujer luego del divorcio, se apretujaba contra el olor del jabón que despedía el algodón.
Aquel par de ojos lo visitaban, se asomaban en medio de la noche, y se aparecían por encima de su figura, mirándolo como si desearan devorarlo, mientras que a su alrededor, los sonidos espeluznantes, se deslizaban por las paredes, como cucarachas, que le picaban en el cuero cabelludo, y que se desplazaban por entre sus oídos.
Las sentía morder, picotear y chillar conforme sus tímpanos perecían en medio de aquellos insectos que parecían reír y al mismo tiempo tragarse esos gritos ahogados, que no lograban salir de su garganta.

Los días transcurrían, y las pesadillas se hacían peores.
El reflejo que le ofrecía el espejo, no hacía más que rendirle un homenaje a las madrugadas eternas, en las que no conseguía despertar, porque cierto monstruo de piel pálida, no lo soltaba.
Manos largas, con extremidades deformes desprendiéndose de aquella silueta que no tenía rostro, pero si unos ojos que él recordaba, eran los culpables del insomnio que cargaba, y que le pesaba no solo en los parpados, sino a su vez, en cada musculo de su cuerpo, que parecía cansado como si hubiese vuelto de correr miles de maratones. Aunque a decir verdad, correr era lo que él más deseaba hacer.

Los días viernes eran su martirio.
Mientras continuaba contando mentalmente, la cantidad de pastillas que consumía para mantenerse en pie, la vio.
Sentada, como siempre. De piernas cruzadas, silueta envidiable y cabello suelto, negro como la noche, y que le llegaba casi a la cintura.
Era una venus en todo su esplendor, una diosa que en las noches se volvía un monstruo que lo descuartizaba, y sorbía la sangre de su anatomía hecha girones. Si cerraba los ojos, podía escuchar el sonido aguado y lascivo, de sus labios estampándose contra los músculos desnudos de su cuerpo,en carne viva, que se volvían pedazos sin forma entre aquellos dientes filosos.

*Tiiilin* *Tiiilin* *Tiiilin*


La bocina del servilletero resonaba.
La criatura se ponía de pie, en las pesadillas que se habían vuelto el día a día para Ronan, y comenzaba a reír grotescamente. Desprendía un hedor nauseabundo, y arrastraba los pies sobre el suelo de flotante de su cuarto.

*Tiiilin* *Tiiilin* *Tiiilin*

El sonido agudo se convertía en música de ambiente, mientras la cabeza se le partía en varios pedazos, y los latidos en su pecho, se comprimían en torno al frasco de pastillas, que en su mano derecha, presionaba.
Había leído por ahí, que para poder evitar el dolor, no había mejor cosa que centrar fuerza en determinada zona del cuerpo, para recomponerse. Bueno, él había leído muchas cosas.

*Tiiilin* *Tiiilin* *Tiiilin*

-Tío, está sonando la campana, te están solicitando en una mesa.

Ronan abrió los ojos, encontrándose a su vez con el rostro aniñado de su sobrina.
La quería muchísimo, era su ahijada después de todo.
Quería gritarle "Auxilio!Librame de esta pesadilla!". Decirle que lo ayudara a librarse de aquel martirio, y de esa criatura que ahora mismo no lo observaba, pero si lo hacía en las noches, retumbandole en la mente lo suficiente como para arrastrarse como un tentaculo venenoso, por cada rincón de su mente.
El dolor interno, de saberse comido siempre por el mismo adefesio, gritaba en total mutismo, en alguna zona de su garganta. Se obligó a volver a la realidad.

-Sí, ya voy.

Cruzó el mismo tranco que venía cruzando siempre hace semanas, y el que intentaba no volver a tener que caminar nunca.
De haber podido, inclusive, se hubiese fracturado algún hueso, lo que fuera, con tal de tener una simple excusa para poder escapar de aquellos ojos que ahora mismo, lo esperaban, con las manos cruzadas sobre el regazo, y con una sonrisa de hoyuelos pálidos a cada lado.
El monstruo tenía la misma apariencia que en cada hora vivida, las noches anteriores, de cada viernes que en el calendario se encontrasen.
La realidad se volvía a repetir, una y otra vez, como el cigarro se posa en la mano de un adicto a la nicotina.
Ronan deseaba que aquel esperpento se apagase igual de fácil.
Tirándole agua. Pisándolo en el suelo. O Rompiéndolo. Pero él no fumaba, y la criatura no desaparecería tan fácilmente.

-Hola, buenas noches, me gustaría pedir un Campari Tonic.

La expresión de su rostro, relajada y sin ninguna intención a la vista, se volvía a posar sobre sus pensamientos, y le susurraba al oído, palabras desnudas y que le incrementaban el pulso, que ahora mismo comenzaba a bañarle las sienes de sudor.

-Es una excelente elección.

-Sí, digamos que se ha transformado en mi compañía preferida.
 
*Tiiilin* *Tiiilin* *Tiiilin*

En el bar de Ronan, todo parecía tranquilo.

La noche del día viernes, de un receso invernal que ya se sentía en cada rincón del país, se daba como cualquier otra que él hubiese vivido.
La gente a su alrededor charlaba, mientras las voces se paseaban conjuntamente con la música tranquila, que su sobrina Vicki se encargaba de poner con la computadora, y los parlantes que anteriormente, había instalado en las paredes del lugar.
El sitio era pequeño, contaba incluso con algunas sillas afuera, y unas decoraciones que junto a los colores verdes, de sus paredes, más el marrón ocre de las mesas y sillas, hacían que uno sintiese, que estaba metido en medio de una cinemática de los años cuarenta.

El trapo húmedo que se adhería a la mano del hombre, que ahora mismo sentía el cansancio caer sobre sus ojos y espalda, fue el mismo que dejó a un lado, cuando en la pantalla de la computadora ubicada hacia su izquierda, un característico *Tiiilin*, sonó, indicándole en que mesa, estaba ubicado un nuevo cliente, aguardando a ser atendido.
Al mirar hacia adelante, y ver que su sobrina estaba ocupada con un grupo de hombres que habían reservado una gran mesa en la parte más grande del lugar, decidió ser él mismo, quien llevara la carta.
El paño de color amarillo y desgastado, que despedía ese olor ácido característico de la lavandina, quedó posando sobre la barra.
Sus pies lo movieron hacia el sitio destinado, y en él, volvió a encontrarse, a la misma persona que hace dos viernes atrás, se había ubicado en el mismo asiento, que ahora él recorría con la mirada.
Una muchacha de tez pálida, casi otro tanto más, que el trapo que acababa de dejar sobre la mesada, se hallaba sentada, y de piernas cruzadas. Mientras los nervios que se disipaban dentro de Ronan lo molestaban, notó que su vestimenta no era la misma ninguna de las tantas veces que se la topaba allí. La había visto lucir vestidos ajustados al cuerpo, pero ahora mismo, un pantalón tiro alto, dejaba ver un cinto negro, que se le ajustaba a una cintura notablemente pequeña, y que a su vez, resaltaba la camisa color bordó que se adhería a su busto.
En ese corto segundo que la estudió, fue cuando dejó la carta frente a sus ojos oscuros, casi negros y se limitó a repetir ese mismo mantra que cada día, era su oración predilecta.

-Muy buenas noches, aquí le dejo la carta de comidas y bebidas para que vaya viendo. Si hay algo en especial que ya desee ordenar, no dude en pedírmelo.

La observó mirando la carta de bebidas, como anteriores veces ya lo había hecho. Repasando con un dedo de uñas pintadas y piel pálida, que dejaban ver inclusive el color violeta de las venas que las recorrían, cada nombre de cada trago y aperitivo que allí se nombraban.

-Mejor voy a esperar a que llegue mi acompañante, gracias.

La escuchó decirle.

-Cómo no, recuerde que presionando el botón que tiene el servilletero, puede hacernos saber cuándo venir.

-Genial, gracias.

Luego de varios minutos, que transcurrieron intensamente mas lento de lo que desearía. No solo por el dolor de espalda que continuaba aquejándolo, sino por los pedidos continuos que llegaban desde la mesa de hombres que seguía llena, y que vislumbraba mientras en su cabeza, soñaba con poder llegar a su casa e irse a dormir. Aunque descansar, últimamente era algo imposible de lograr.
La muchacha de tez pálida accionó el botón, y sus pies fueron directos hacia su encuentro. Le sorprendió encontrarla sola aún.

-Me decidí por un Campari Tonic.

-Genial elección, ya se lo traigo.

Las manos ligeras de Ronan, prepararon aquel elixir de sabores amargos y dulces, para acabar decorando la copa con la media rodaja de una naranja.
El vaso elegante, que parecía poseer los jugos de un alma siniestra, se posaron sobre una servilleta, frente a los ojos de la muchacha.

-Aquí tiene, y permítame decirle que pese a que no llegó su cita, no hay mejor compañía que éste trago.

La sonrisa que se reflejaba en el rostro pálido de aquella extraña, le provocó escalofríos que se deslizaron por su cuello.

-Oh si, de igual forma, a quien esperaba me canceló, pero creo que fue lo mejor.
-Mejor así entonces.
-Mejor así entonces.

Repitió la desconocida.


Luego de aquel día, la noche del viernes siguiente, volvió a poblarse de personas. Pese a los protocolos que los restaurantes y lugares frecuentados, debían de seguir, debido a la pandemia inminente de coronavirus, los números de gente que continuaban llamando para sacar turnos, o pedir un lugar, se mantenían en pie.
Su sobrina, junto a otra muchacha que había entrado hace poco a trabajar, más él mismo, se repartían las tareas.

Horas después de que la jornada se tranquilizara, cierta dama ubicada en un lugar que Ronan recordaba, haber visto brillar un par de ojos escalofriantes, llamó a través del servilletero.
Su orden fue la misma, y los segundos que tardó en hacerla, al hombre se le hicieron demasiado parecidos a los pasados anteriormente. Algo en ella le llamaba la atención, y el no saber si las pulsaciones que sentía recorriéndole por la cabeza, eran buenas o malas, acrecentaban el nerviosismo que ya lo saludaba como si fueran amigos de toda la vida.
El Campari rojo batido de siempre, que se había vuelto su rutina los días viernes, comenzaba a hacerse frecuente entre los pensamientos que al final del día, y que repasaba en la cama, antes de cerrar los ojos e intentar conducirse por el reino de Morfeo, lo molestaban.

La pensaba a la mujer, y en medio de las sábanas limpias, y color azul, que había dejado en casa de su ex mujer luego del divorcio, se apretujaba contra el olor del jabón que despedía el algodón.
Aquel par de ojos lo visitaban, se asomaban en medio de la noche, y se aparecían por encima de su figura, mirándolo como si desearan devorarlo, mientras que a su alrededor, los sonidos espeluznantes, se deslizaban por las paredes, como cucarachas, que le picaban en el cuero cabelludo, y que se desplazaban por entre sus oídos.
Las sentía morder, picotear y chillar conforme sus tímpanos perecían en medio de aquellos insectos que parecían reír y al mismo tiempo tragarse esos gritos ahogados, que no lograban salir de su garganta.

Los días transcurrían, y las pesadillas se hacían peores.
El reflejo que le ofrecía el espejo, no hacía más que rendirle un homenaje a las madrugadas eternas, en las que no conseguía despertar, porque cierto monstruo de piel pálida, no lo soltaba.
Manos largas, con extremidades deformes desprendiéndose de aquella silueta que no tenía rostro, pero si unos ojos que él recordaba, eran los culpables del insomnio que cargaba, y que le pesaba no solo en los parpados, sino a su vez, en cada musculo de su cuerpo, que parecía cansado como si hubiese vuelto de correr miles de maratones. Aunque a decir verdad, correr era lo que él más deseaba hacer.

Los días viernes eran su martirio.
Mientras continuaba contando mentalmente, la cantidad de pastillas que consumía para mantenerse en pie, la vio.
Sentada, como siempre. De piernas cruzadas, silueta envidiable y cabello suelto, negro como la noche, y que le llegaba casi a la cintura.
Era una venus en todo su esplendor, una diosa que en las noches se volvía un monstruo que lo descuartizaba, y sorbía la sangre de su anatomía hecha girones. Si cerraba los ojos, podía escuchar el sonido aguado y lascivo, de sus labios estampándose contra los músculos desnudos de su cuerpo,en carne viva, que se volvían pedazos sin forma entre aquellos dientes filosos.

*Tiiilin* *Tiiilin* *Tiiilin*

La bocina del servilletero resonaba.
La criatura se ponía de pie, en las pesadillas que se habían vuelto el día a día para Ronan, y comenzaba a reír grotescamente. Desprendía un hedor nauseabundo, y arrastraba los pies sobre el suelo de flotante de su cuarto.

*Tiiilin* *Tiiilin* *Tiiilin*

El sonido agudo se convertía en música de ambiente, mientras la cabeza se le partía en varios pedazos, y los latidos en su pecho, se comprimían en torno al frasco de pastillas, que en su mano derecha, presionaba.
Había leído por ahí, que para poder evitar el dolor, no había mejor cosa que centrar fuerza en determinada zona del cuerpo, para recomponerse. Bueno, él había leído muchas cosas.

*Tiiilin* *Tiiilin* *Tiiilin*

-Tío, está sonando la campana, te están solicitando en una mesa.

Ronan abrió los ojos, encontrándose a su vez con el rostro aniñado de su sobrina.
La quería muchísimo, era su ahijada después de todo.
Quería gritarle "Auxilio!Librame de esta pesadilla!". Decirle que lo ayudara a librarse de aquel martirio, y de esa criatura que ahora mismo no lo observaba, pero si lo hacía en las noches, retumbandole en la mente lo suficiente como para arrastrarse como un tentaculo venenoso, por cada rincón de su mente.
El dolor interno, de saberse comido siempre por el mismo adefesio, gritaba en total mutismo, en alguna zona de su garganta. Se obligó a volver a la realidad.

-Sí, ya voy.

Cruzó el mismo tranco que venía cruzando siempre hace semanas, y el que intentaba no volver a tener que caminar nunca.
De haber podido, inclusive, se hubiese fracturado algún hueso, lo que fuera, con tal de tener una simple excusa para poder escapar de aquellos ojos que ahora mismo, lo esperaban, con las manos cruzadas sobre el regazo, y con una sonrisa de hoyuelos pálidos a cada lado.
El monstruo tenía la misma apariencia que en cada hora vivida, las noches anteriores, de cada viernes que en el calendario se encontrasen.
La realidad se volvía a repetir, una y otra vez, como el cigarro se posa en la mano de un adicto a la nicotina.
Ronan deseaba que aquel esperpento se apagase igual de fácil.
Tirándole agua. Pisándolo en el suelo. O Rompiéndolo. Pero él no fumaba, y la criatura no desaparecería tan fácilmente.

-Hola, buenas noches, me gustaría pedir un Campari Tonic.

La expresión de su rostro, relajada y sin ninguna intención a la vista, se volvía a posar sobre sus pensamientos, y le susurraba al oído, palabras desnudas y que le incrementaban el pulso, que ahora mismo comenzaba a bañarle las sienes de sudor.

-Es una excelente elección.

-Sí, digamos que se ha transformado en mi compañía preferida.
Un gran relato y una espera agonizante.

Saludos
 

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