Tu verde limón en mis caminos de azur

Orfelunio

Poeta veterano en el portal
marinop.jpg


Tu verde limón en mis caminos de azur


Creo en el hombre de fe
que alumbra con su resplandor,
qué malo no poder ver,
qué sano el ciego que vio.

La culpa tuvo que ser,
del alto fuego el calor;
qué Julia pudo nacer,
qué libro sin el buen amor.

Tan verde era ese vergel,
tan fuerte y sencillo a la vez,
que todo lo ambiguo me fue
de un verde, verde limón.

Bendita tú eres mi amor
teniendo ese mismo café;
sorbiendo ese mismo rubor,
se entienden los de buena miel
si hay mieles que dan su dulzor.

Cuando el ave dejó de cantarnos
percibimos el mundo sin sol,
y de oscura tiniebla pasamos
de la luz más alegre de un son,
a la nota que negra sostiene
la corchea que baja bemol.

No me den la sinfónica vida
con la orquesta de un mundo mejor,
que soy músico en mano dolida;
la verdad que no tiene temor,
es razón por la fe que me pida
el aroma que fue sin sabor.

Con mi espada guerrera caída
se levanta este fénix de albur,
resurgiendo en la fe poseída
cuyo inicio es ganar el azur,
mantener el azul por el día,
descansar en la noche del sur.

Cuántas fueron regadas marías,
todas ellas marcharon de oro
tras un largo sendero sin guías,
que de nuevo a mis manos volvieron
para ser de las damas la vía...

Yo era un tren con los años gastados
que en consejos lejanos venía,
con la bolsa sin nada, vacía,
los dolores dejaron estados
en caminos lejanos chamiza,
el fulgor de aquel sol tan amado
hecho polvo de olvido y ceniza.​
 
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Tu verde limón en mis caminos de azur


Creo en el hombre de fe
que alumbra con su resplandor,
qué malo no poder ver,
qué sano el ciego que vio.

La culpa tuvo que ser,
del alto fuego el calor;
qué Julia pudo nacer,
qué libro sin el buen amor.

Tan verde era ese vergel,
tan fuerte y sencillo a la vez,
que todo lo ambiguo me fue
de un verde, verde limón.

Bendita tú eres mi amor
teniendo ese mismo café;
sorbiendo ese mismo rubor,
se entienden los de buena miel
si hay mieles que dan su dulzor.

Cuando el ave dejó de cantarnos
percibimos el mundo sin sol,
y de oscura tiniebla pasamos
de la luz más alegre de un son,
a la nota que negra sostiene
la corchea que baja bemol.

No me den la sinfónica vida
con la orquesta de un mundo mejor,
que soy músico en mano dolida;
la verdad que no tiene temor,
es razón por la fe que me pida
el aroma que fue sin sabor.

Con mi espada guerrera caída
se levanta este fénix de albur,
resurgiendo en la fe poseída
cuyo inicio es ganar el azur,
mantener el azul por el día,
descansar en la noche del sur.

Cuántas fueron regadas marías,
todas ellas marcharon de oro
tras un largo sendero sin guías,
que de nuevo a mis manos volvieron
para ser de las damas la vía...

Yo era un tren con los años gastados
que en consejos lejanos venía,
con la bolsa sin nada, vacía,
los dolores dejaron estados
en caminos lejanos chamiza,
el fulgor de aquel sol tan amado
hecho polvo de olvido y ceniza.​
Precioso poema el que nos dejas en tu poema, lleno de sentimientos
profundos que salen del corazón, llegando al alma de quien los lea.
Ha sido muy grata mi visita por tu espacio.
Te dejo todas las estrellas para tu buena inspiración.
Un abrazo. Tere
 

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