Gabriela Ramos Martell
Poeta recién llegado
[FONT="]Tú, artífice de mi último respiro de desolación, irrumpiste en la oscuridad, cuál rayo de luz que se cuela bajo las piedras, me ahogaste en el mar de la esperanza, justo cuando moría de abstinencia de ésta. Y tu aura se hizo manto, arropándome en mí desamparo, desde entonces no conozco penumbra más que la que produce tu ausencia, ¡Oh bendita sea tu esencia!, desde que te hiciste verdugo de mi sufrimientos, he de rendirme a tus reclamos, he de ser la esclava fiel del juicioso amo, me declaro en pleno consciencia de mi inconsciencia, he de guiarme por tu voz aún cuando nunca has emitido un sonido
Tú, que has de hablarme desde la perpetua cuna de mi mente, tu que no has nacido pero siempre has existido, arropado anhelo que me domina y aún no tiene voluntad, yo cautivada de tu divinidad te persigo como mariposa al sol, de mis sueños has de hacerte realidad, imprégname de tu pureza para hacerme merecedora del honor de ser el túnel por el que te traslades del universo de las mil maravillas imposibles hasta el mundo real, mi mundo. Rocíame de la belleza de tu simplicidad para sentirme tan natural como tu mirada que aún no veo pero se que me mira, desde ese tiempo paralelo que no comprendo pero tampoco lo pretendo, me conformo con saber que existes y trascendiste de mi imaginación y eso confirma que no hay sueño imposible, la imposibilidad está limitada por el umbral de satisfacción del soñador, he comprobado que no tengo límites, porque tu eres la extralimitación de toda regla, todo sueño posible, eres simplemente la divinidad hecha ser, Yo, insípido ser que ha merodeado entre anhelos superfluos que han de apuntar cuando mucho ha un logro material, me he de sentir como el mismo centro del mundo al saber que se me ha envuelto en la bendición de a penas ser un simple instrumento del Autor, que te ha diseñado como obra única. Yo, apenas un pincel sin gracia que ha de contribuir en la creación del más bello paisaje de amor del gran Pintor de todas las dichas, he de embriagarme con el honor de mi minúscula participación, dentro de mi propia ignorancia debo admitir que si hay algo que haya valido la pena, es el de haber pedido con tanto ahínco el ser parte de algo bello, Tú, mi dulce condena a la redención de Dios, porque sólo Él puede ser tan bondadoso como para cumplirle ha tan común mortal el sueño de tener el cielo dentro del vientre, y hacer tan soportable la dulce espera de alumbrar el universo de maravillas imposibles en un recipiente tan práctico como para estar al alcance de mis brazos, ávidos de ti; y tú, tan emanante de tus encantos, haces que mis imperfectos ojos se deleiten con tu anatomía. Tú, tan única como es necesario para que mi accidentada nariz perciba tu celestial aroma, y que decirte de mis corruptos labios, que han de volverse tiernos corderos catadores del más sagrado manantial cuando hacen el sutil roce de beso en tus inmutables mejillas de querubín.