Octaviano Mundo
Poeta recién llegado
Atravieso el canal sanguíneo
del firmamento; bajo los negros
suspiros, de la calmada
tempestad.
El mundo en el silencio.
La quieta soledad.
Te espero, al doblar cada
esquina, de nuevo. Y en cada calle,
nuevamente, encuentro nada.
Otro profundo abismo.
Otro eco; al ancho margen
de un túnel ciego, en una vía
abandonada.
Veo, la esencia; los escombros
de una planicie celestial.
Incinerada; un ave divina,
en la ilusa esperanza de los niños,
que gozan del fin de semana.
Hoy, caminaré hasta que los
pies se me inflamen.
Y se empapen rojos, y malheridos.
Iré al infinito horizonte; junto
a los muelles, donde la noche
se tiende despreocupada.
Donde yo, sólo soy un mísero
punto; sin nombre, ni luz,
desde la orilla de una lejana
estrella.
Llevo, sobre el hombro,
una cruz a rastras. Una mortífera
corona, clavada en la génesis
del alma. Una mirada, llena
de amor vacío. Es una bestia,
que se alimenta de la sombra
somnolienta; que mutila las entrañas.
Busco, la redención. Allá,
donde mi fe, cimentó
aquel engendro y desesperanzas.
Me abrazo a los afligidos;
me cuesta, a la vez, detenerme
en ellos. Sólo veo extremos;
huellas de Dios, esparcidas.
Lágrimas evaporadas,
que se encogen, en el tenso
reposo. En la ventisca fría.
La marginada medianoche,
a las puertas, de una casa de caridad.
Aplastadas, por el tumulto;
las vanas preocupaciones,
de cada cual, en sí mismo.
Los bienaventurados;
los herederos del paraíso
descansan, en el averno;
ante el umbral de los santos de piedra.
Los desposeídos, son un despojo
sometido a Hades. Viven
azotados, en sus círculos lunares.
La avaricia, les niega el concilio.
Jesús, no sufre ya en la estaca
de madera. Jesús, no siente ya
su agotamiento y hambre;
no es una dorada reliquia protegida.
Jesús, está arropado entre viejas
mantas. Tumbado, sobre cartones.
Anhela el afecto humano;
desea, a través de la dura acera,
la comprensión de un ser amante.
Siento, la belleza tan distante;
como discurre; y como el agua
de una fuente, entre los dedos
de una mano, a la sedienta boca
llega, ya derramada.
Las golondrinas, están ebrias
de beber, de la savia de un sol
artificial. Anidan perdidas;
sonámbulas. Se han contagiado,
del mal de los hombres: la locura.
Vuelvo; deseo volver a
sumergirme, en la tenebrosa selva,
del onírico lienzo de las sábanas.
Quiero seguir creyendo,
que existe alguien, como tú.
Dibujar, una hermosa imágen,
en una horrible estampa.
del firmamento; bajo los negros
suspiros, de la calmada
tempestad.
El mundo en el silencio.
La quieta soledad.
Te espero, al doblar cada
esquina, de nuevo. Y en cada calle,
nuevamente, encuentro nada.
Otro profundo abismo.
Otro eco; al ancho margen
de un túnel ciego, en una vía
abandonada.
Veo, la esencia; los escombros
de una planicie celestial.
Incinerada; un ave divina,
en la ilusa esperanza de los niños,
que gozan del fin de semana.
Hoy, caminaré hasta que los
pies se me inflamen.
Y se empapen rojos, y malheridos.
Iré al infinito horizonte; junto
a los muelles, donde la noche
se tiende despreocupada.
Donde yo, sólo soy un mísero
punto; sin nombre, ni luz,
desde la orilla de una lejana
estrella.
Llevo, sobre el hombro,
una cruz a rastras. Una mortífera
corona, clavada en la génesis
del alma. Una mirada, llena
de amor vacío. Es una bestia,
que se alimenta de la sombra
somnolienta; que mutila las entrañas.
Busco, la redención. Allá,
donde mi fe, cimentó
aquel engendro y desesperanzas.
Me abrazo a los afligidos;
me cuesta, a la vez, detenerme
en ellos. Sólo veo extremos;
huellas de Dios, esparcidas.
Lágrimas evaporadas,
que se encogen, en el tenso
reposo. En la ventisca fría.
La marginada medianoche,
a las puertas, de una casa de caridad.
Aplastadas, por el tumulto;
las vanas preocupaciones,
de cada cual, en sí mismo.
Los bienaventurados;
los herederos del paraíso
descansan, en el averno;
ante el umbral de los santos de piedra.
Los desposeídos, son un despojo
sometido a Hades. Viven
azotados, en sus círculos lunares.
La avaricia, les niega el concilio.
Jesús, no sufre ya en la estaca
de madera. Jesús, no siente ya
su agotamiento y hambre;
no es una dorada reliquia protegida.
Jesús, está arropado entre viejas
mantas. Tumbado, sobre cartones.
Anhela el afecto humano;
desea, a través de la dura acera,
la comprensión de un ser amante.
Siento, la belleza tan distante;
como discurre; y como el agua
de una fuente, entre los dedos
de una mano, a la sedienta boca
llega, ya derramada.
Las golondrinas, están ebrias
de beber, de la savia de un sol
artificial. Anidan perdidas;
sonámbulas. Se han contagiado,
del mal de los hombres: la locura.
Vuelvo; deseo volver a
sumergirme, en la tenebrosa selva,
del onírico lienzo de las sábanas.
Quiero seguir creyendo,
que existe alguien, como tú.
Dibujar, una hermosa imágen,
en una horrible estampa.
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