David Yela
Poeta recién llegado
Puedo ponerme tierno, puedo confesarte que mis balas son de fogueo, que mis cepos no cierran o que mis ojos miran a otro lado.
Puedo ceder y aceptar que llames bandera blanca a la venda manchada que agito; podría tolerar que dijeses que la humareda de mi espalda la produce una pipa tallada y no la mecha consumida de mi pobre alma.
Di de mí lo que quieras, que me siento solo, que no sé por dónde piso, que solo busco tropezar, que quiero morder la lona, que me canso de ser un aspirante a nada, que este viejo motor ya no arranca, que la noche me ha engullido o que me he perdido en el mar.
O mejor, cállate si quieres y mira a otro lado. A mí me da igual.
Nunca he pedido que arrojasen por mí la toalla, ni que una campana me viniera a salvar; sé lo que es colgar de las cuerdas, aguantar de puntillas en la banqueta con las manos en la espalda.
Sé lo que me hago, he visto la cara y he cargado con la cruz, veo caer torres, reyes y dados y mientras tanto pago a plazos la letra de cada mala apuesta que no he podido salvar.
El vacio de las vitrinas coge polvo, la ruleta gira y las rodillas dicen que basta; que no queda sitio en las estanterías, que detrás de ese cristal no caben ya más sueños rotos.
Pero me queda cuerda para rato, para izar todas las banderas que se te ocurra dibujar.
Tan solo espera y verás. Déjame coger aire.
Ni pensar en el adiós a las armas. Puedo ser condescendiente, decretar un alto el fuego e incluso si me lo pides no apuntarte ni con el dedo ni con la mirada.
Si hablamos de paz yo encuentro la mía en las trincheras y en mis trincheras, solo hay palabras.
Palabras fugaces, un murmullo, un preludio ahogado.
Empieza el segundo round.
Puedo ceder y aceptar que llames bandera blanca a la venda manchada que agito; podría tolerar que dijeses que la humareda de mi espalda la produce una pipa tallada y no la mecha consumida de mi pobre alma.
Di de mí lo que quieras, que me siento solo, que no sé por dónde piso, que solo busco tropezar, que quiero morder la lona, que me canso de ser un aspirante a nada, que este viejo motor ya no arranca, que la noche me ha engullido o que me he perdido en el mar.
O mejor, cállate si quieres y mira a otro lado. A mí me da igual.
Nunca he pedido que arrojasen por mí la toalla, ni que una campana me viniera a salvar; sé lo que es colgar de las cuerdas, aguantar de puntillas en la banqueta con las manos en la espalda.
Sé lo que me hago, he visto la cara y he cargado con la cruz, veo caer torres, reyes y dados y mientras tanto pago a plazos la letra de cada mala apuesta que no he podido salvar.
El vacio de las vitrinas coge polvo, la ruleta gira y las rodillas dicen que basta; que no queda sitio en las estanterías, que detrás de ese cristal no caben ya más sueños rotos.
Pero me queda cuerda para rato, para izar todas las banderas que se te ocurra dibujar.
Tan solo espera y verás. Déjame coger aire.
Ni pensar en el adiós a las armas. Puedo ser condescendiente, decretar un alto el fuego e incluso si me lo pides no apuntarte ni con el dedo ni con la mirada.
Si hablamos de paz yo encuentro la mía en las trincheras y en mis trincheras, solo hay palabras.
Palabras fugaces, un murmullo, un preludio ahogado.
Empieza el segundo round.
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