Antonio Javier Fuentes So
Poeta que considera el portal su segunda casa
De haberlo sabido
lo hubiera dado todo en un principio,
no hubiera sido la noche en tu espalda
congelándote de frío.
Registré mis mañanas a tu nombre
ante un notario triste y aburrido
en un despacho frío de una ciudad cualquiera.
Pero entonces no me había dado cuenta.
Al derecho a atención en la indigencia
se alcanza con la mano en la abundancia.
Por eso no te pido explicaciones.
Como la luz de un coche
en una noche de niebla, así me encontrarás,
improvisándome enorme en la amargura,
fingiendo indiferencia en la agonía.
Pero otra es la verdad,
y ahora, vencido, me ahogo en los escombros.
Puedo ver gente, coches, cruzar por la Gran Vía,
puedo intuir la vida a través de los cristales;
pero aquí, en esta casa,
ha dejado su huella el desconsuelo
y se han vestido de luto los armarios.
Donde la ciudad es gris se detienen mis pasos,
donde el agua del río se funde con el cieno.
Porque ya no vuela tu nombre de mi boca a tu oído,
porque ya no encuentran mis dedos
refugio entre tu pelo.
Hay caricias y besos que ya no tienen dueños,
y canciones errantes como hojas de otoño.
Hay algún libro abierto y poemas no acabados,
y ropa de los dos, ajada, por el suelo;
hay coartadas morosas hurgando en el pasado.
Hay lágrimas de nadie volviendo de un pañuelo.
Entiendo tu frialdad, pero se clava
y ahonda hasta rozarme las entrañas.
Tumbado en esta cama deshecha por el viento,
en el campo arrasado después de la batalla,
repaso los momentos que duelen y avinagran.
Mi adiós llevaba un lastre y un billete de vuelta,
tu maleta viajaba cargada de colores.
No puedo estar sin ti, no te lo niego,
mas me esfuerzo en vivir para contarlo
lo hubiera dado todo en un principio,
no hubiera sido la noche en tu espalda
congelándote de frío.
Registré mis mañanas a tu nombre
ante un notario triste y aburrido
en un despacho frío de una ciudad cualquiera.
Pero entonces no me había dado cuenta.
Al derecho a atención en la indigencia
se alcanza con la mano en la abundancia.
Por eso no te pido explicaciones.
Como la luz de un coche
en una noche de niebla, así me encontrarás,
improvisándome enorme en la amargura,
fingiendo indiferencia en la agonía.
Pero otra es la verdad,
y ahora, vencido, me ahogo en los escombros.
Puedo ver gente, coches, cruzar por la Gran Vía,
puedo intuir la vida a través de los cristales;
pero aquí, en esta casa,
ha dejado su huella el desconsuelo
y se han vestido de luto los armarios.
Donde la ciudad es gris se detienen mis pasos,
donde el agua del río se funde con el cieno.
Porque ya no vuela tu nombre de mi boca a tu oído,
porque ya no encuentran mis dedos
refugio entre tu pelo.
Hay caricias y besos que ya no tienen dueños,
y canciones errantes como hojas de otoño.
Hay algún libro abierto y poemas no acabados,
y ropa de los dos, ajada, por el suelo;
hay coartadas morosas hurgando en el pasado.
Hay lágrimas de nadie volviendo de un pañuelo.
Entiendo tu frialdad, pero se clava
y ahonda hasta rozarme las entrañas.
Tumbado en esta cama deshecha por el viento,
en el campo arrasado después de la batalla,
repaso los momentos que duelen y avinagran.
Mi adiós llevaba un lastre y un billete de vuelta,
tu maleta viajaba cargada de colores.
No puedo estar sin ti, no te lo niego,
mas me esfuerzo en vivir para contarlo