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Turista

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Llegaste como llegan los viajeros,
sin más equipaje que tu sonrisa,
con esa luz breve en los ojos
que no promete quedarse en la casa.


Yo te abrí la puerta sin preguntas,
como quien abre al viento la ventana,
sin saber que el viento no se queda,
que solo entra, sacude… y luego pasa.


Te sentaste en medio de mi vida,
con la calma dulce de quien juega
a quedarse un rato en lo ajeno
sin firmar su nombre en la madera.


Y te quise así, sin condiciones,
sin pedirte mapas ni destinos,
como se quiere lo que no se entiende,
como se abrazan sueños sin camino.


Pero tú eras ave de otra altura,
de esas que no aprenden a quedarse,
de esas que confunden el cariño
con el simple acto de acercarse.


Me besaste como si el instante
fuera todo el tiempo que teníamos,
como si el amor fuera una pausa
y no un sitio donde construirnos.


Y yo, terco, ciego de esperanza,
te hice espacio entre mis costumbres,
te nombré en silencio tantas veces
que te volviste parte de mi lumbre.


Pero el día llegó sin hacer ruido,
como llegan siempre las ausencias,
y te fuiste igual que como viniste:
sin romper, pero dejando grietas.


No hubo despedidas ni promesas,
solo ese vacío en la mirada
que dejan los amores pasajeros
cuando el cuerpo aún no los olvida.


Y entendí—tarde, como se entiende—
que no eras casa ni eras destino,
que eras solo un bello visitante
descansando un rato en mi camino.


Turista de mi piel y de mis días,
de mi risa, de mi fe y mi herida,
no te culpo por no haberte quedado…
yo te quise más de lo que debía.


Y aunque ya no vuelvas ni te nombre,
aunque el tiempo cierre esta partida,
hay amores que no son eternos,
pero duran lo que dura la vida.
 
Llegaste como llegan los viajeros,
sin más equipaje que tu sonrisa,
con esa luz breve en los ojos
que no promete quedarse en la casa.


Yo te abrí la puerta sin preguntas,
como quien abre al viento la ventana,
sin saber que el viento no se queda,
que solo entra, sacude… y luego pasa.


Te sentaste en medio de mi vida,
con la calma dulce de quien juega
a quedarse un rato en lo ajeno
sin firmar su nombre en la madera.


Y te quise así, sin condiciones,
sin pedirte mapas ni destinos,
como se quiere lo que no se entiende,
como se abrazan sueños sin camino.


Pero tú eras ave de otra altura,
de esas que no aprenden a quedarse,
de esas que confunden el cariño
con el simple acto de acercarse.


Me besaste como si el instante
fuera todo el tiempo que teníamos,
como si el amor fuera una pausa
y no un sitio donde construirnos.


Y yo, terco, ciego de esperanza,
te hice espacio entre mis costumbres,
te nombré en silencio tantas veces
que te volviste parte de mi lumbre.


Pero el día llegó sin hacer ruido,
como llegan siempre las ausencias,
y te fuiste igual que como viniste:
sin romper, pero dejando grietas.


No hubo despedidas ni promesas,
solo ese vacío en la mirada
que dejan los amores pasajeros
cuando el cuerpo aún no los olvida.


Y entendí—tarde, como se entiende—
que no eras casa ni eras destino,
que eras solo un bello visitante
descansando un rato en mi camino.


Turista de mi piel y de mis días,
de mi risa, de mi fe y mi herida,
no te culpo por no haberte quedado…
yo te quise más de lo que debía.


Y aunque ya no vuelvas ni te nombre,
aunque el tiempo cierre esta partida,
hay amores que no son eternos,
pero duran lo que dura la vida.
Bellísimo poema! Muy emotivo, pleno de sentimiento... Describes líricamente, desde el corazón, un crudo desengaño. Te felicito!
 
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