Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
Tus pupilas, serenas, profundas,
las llevo grabadas en las mías.
Camino y aún recuerdo
la profundidad de tu mirada,
con tantas cosas que decir,
pero han optado por callar.
Tus labios a los que el tiempo
les ha negado uno y tantos besos;
permanecen allí, en espera silenciosa
con una esperanza de fuego,
de un fuego que el viento incesante apaga.
Y estas allí, quieto
silencioso, taciturno,
pero estas allí,
¡mejor así!
para que sigamos siendo cielo y horizonte,
para que ninguno tenga que partir.
Fruto que se ha secado en la rama,
fruto que se ha negado a morir,
aún tus pupilas brillan,
cuando en las mañanas
el sol empieza a salir,
cuando en las tardes
el sol empieza a partir,
cuando el aroma
de una voz cercana,
con un roce furtivo,
te hace sonreír,
aún tus pupilas brillan,
porque estás aquí.
las llevo grabadas en las mías.
Camino y aún recuerdo
la profundidad de tu mirada,
con tantas cosas que decir,
pero han optado por callar.
Tus labios a los que el tiempo
les ha negado uno y tantos besos;
permanecen allí, en espera silenciosa
con una esperanza de fuego,
de un fuego que el viento incesante apaga.
Y estas allí, quieto
silencioso, taciturno,
pero estas allí,
¡mejor así!
para que sigamos siendo cielo y horizonte,
para que ninguno tenga que partir.
Fruto que se ha secado en la rama,
fruto que se ha negado a morir,
aún tus pupilas brillan,
cuando en las mañanas
el sol empieza a salir,
cuando en las tardes
el sol empieza a partir,
cuando el aroma
de una voz cercana,
con un roce furtivo,
te hace sonreír,
aún tus pupilas brillan,
porque estás aquí.