Adhrianm
Poeta adicto al portal
Había que fumar
esos últimos cigarros,
dos para ser exactos,
cifra incalculable
de promesas suspendidas,
número necesario y primitivo,
olvidado, confundido.
Los labios
olvidarían su sustancia
y las palabras,
aún menores desde que son escasas,
dejarían de asfixiarse.
«Libertad», me pregunto
si aquellas son ahora tan superficiales
que ya ni recuerdan
lo que es la libertad,
si han mutilado sus almas,
sus entrañas,
por el capricho insano
de respirar.
Ha sido la desidia culpable
de ese silencio vestido.
Las prendas, espesas,
sugirieron caminatas
por encima de la tranquilidad de los postes,
rutinas desmedidas
donde el tiempo
cayó enfermo y confundido.
Había que fumar
esos últimos cigarros,
dos para ser suficientes,
tres para ser limitados.
Y nos parecimos tanto
a nuestras palabras,
temimos asfixiarnos
e inventamos lenguajes.
Nos dividimos.
La hendidura entonces
nos absorbió tan frágiles
y reconocimos los espejos rotos
reflejando nuestros rostros.
Dos para ser bastantes,
tres para ser dependientes.
Había que tomar
esas últimas copas,
ahogar una generación
de inútiles intentos.
La naturaleza,
había que forzarla
de algún modo.
Y el exceso, luego,
nos dio la espalda
cuando huyó de nuestras manos.
¡Cuántas cosas huyeron!
A veces me repito tu nombre
y no puedo evitar
tu sabor en la garganta.
«¿Dónde están los días?», preguntabas,
y yo te interrumpía
para que entendieras.
Ese mundo
se fue con nosotros un día.
Nacimos desnudos
sobre las bancas de un parque.
Dormimos.
Y hasta los sueños
nos fueron vedados.
¡Cuántas cosas huyeron
mientras las lanzábamos!
Confundimos los sentidos con piedras
y en la oscuridad
pintamos los sentimientos
con colores brillantes.
Había que fumar
esos últimos cigarros,
llenar el cenicero,
vaciar aquella mesa.
Había que tomar
esas últimas copas,
dos para recordarnos,
tres para desconocernos.
Y te perdí
cuando me perdí a mí mismo,
cuando desperté desnudo
sin sentir frío.
Recuerdo entonces
mis palabras:
«Hay que fumar
esos cigarros».
Y te miré a los ojos
mientras la llama del encendedor
me sonreía.
esos últimos cigarros,
dos para ser exactos,
cifra incalculable
de promesas suspendidas,
número necesario y primitivo,
olvidado, confundido.
Los labios
olvidarían su sustancia
y las palabras,
aún menores desde que son escasas,
dejarían de asfixiarse.
«Libertad», me pregunto
si aquellas son ahora tan superficiales
que ya ni recuerdan
lo que es la libertad,
si han mutilado sus almas,
sus entrañas,
por el capricho insano
de respirar.
Ha sido la desidia culpable
de ese silencio vestido.
Las prendas, espesas,
sugirieron caminatas
por encima de la tranquilidad de los postes,
rutinas desmedidas
donde el tiempo
cayó enfermo y confundido.
Había que fumar
esos últimos cigarros,
dos para ser suficientes,
tres para ser limitados.
Y nos parecimos tanto
a nuestras palabras,
temimos asfixiarnos
e inventamos lenguajes.
Nos dividimos.
La hendidura entonces
nos absorbió tan frágiles
y reconocimos los espejos rotos
reflejando nuestros rostros.
Dos para ser bastantes,
tres para ser dependientes.
Había que tomar
esas últimas copas,
ahogar una generación
de inútiles intentos.
La naturaleza,
había que forzarla
de algún modo.
Y el exceso, luego,
nos dio la espalda
cuando huyó de nuestras manos.
¡Cuántas cosas huyeron!
A veces me repito tu nombre
y no puedo evitar
tu sabor en la garganta.
«¿Dónde están los días?», preguntabas,
y yo te interrumpía
para que entendieras.
Ese mundo
se fue con nosotros un día.
Nacimos desnudos
sobre las bancas de un parque.
Dormimos.
Y hasta los sueños
nos fueron vedados.
¡Cuántas cosas huyeron
mientras las lanzábamos!
Confundimos los sentidos con piedras
y en la oscuridad
pintamos los sentimientos
con colores brillantes.
Había que fumar
esos últimos cigarros,
llenar el cenicero,
vaciar aquella mesa.
Había que tomar
esas últimas copas,
dos para recordarnos,
tres para desconocernos.
Y te perdí
cuando me perdí a mí mismo,
cuando desperté desnudo
sin sentir frío.
Recuerdo entonces
mis palabras:
«Hay que fumar
esos cigarros».
Y te miré a los ojos
mientras la llama del encendedor
me sonreía.
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