Desde el alba hasta el atardecer ni una sola palabra, ni siquiera una mirada, mucho menos un beso… Él estaba ensimismado, cautivo como un preso, presa de una turbación que se alzaba ferozmente en su pecho y que, asechaba su pensamiento, sin tregua alguna.
Ella lo veía unas veces al soslayo, y otras de manera fija, como tratando de penetrar en su alma misma, y sin embargo, no pudieron los rayos que manaban de sus indagadoras pupilas, descubrir el motivo de tan grande ausencia, en tan pequeña cercanía. Y pasaron las horas… y huyeron las horas cual pájaros migrantes y nada, absolutamente nada salió de aquellos labios pálidos y resecos, devotos del silencio; ningún sonido, ningún suspiro, ningún gemido, nada… Ya la noche se asomaba con su luna de plata, con sus estrellas palpitantes y con su elegía de grillos y él aún permanecía silente, inmóvil y distante, ella lo veía con insistencia, con un atisbo de tristeza y con una cierta melancolía... cuando, sin pensarlo, de forma casi involuntaria, movida quizás por un salvaje instinto, se acercó a él y sensual, y sutil, y felina, le tomó del brazo y le llevó consigo como buscando el lugar adecuado para desbordar su ternura incontenible y, habiéndolo encontrado, no hubo necesidad del reproche ni de la queja para hacerle saber su total necesidad de él y en absoluto silencio, en sincronía de miradas, mientras caía una continua y acariciante lluvia, los labios se hallaron atraídos inevitablemente… ¡E inevitablemente brotó un soñado y voluptuoso beso!
Ella lo veía unas veces al soslayo, y otras de manera fija, como tratando de penetrar en su alma misma, y sin embargo, no pudieron los rayos que manaban de sus indagadoras pupilas, descubrir el motivo de tan grande ausencia, en tan pequeña cercanía. Y pasaron las horas… y huyeron las horas cual pájaros migrantes y nada, absolutamente nada salió de aquellos labios pálidos y resecos, devotos del silencio; ningún sonido, ningún suspiro, ningún gemido, nada… Ya la noche se asomaba con su luna de plata, con sus estrellas palpitantes y con su elegía de grillos y él aún permanecía silente, inmóvil y distante, ella lo veía con insistencia, con un atisbo de tristeza y con una cierta melancolía... cuando, sin pensarlo, de forma casi involuntaria, movida quizás por un salvaje instinto, se acercó a él y sensual, y sutil, y felina, le tomó del brazo y le llevó consigo como buscando el lugar adecuado para desbordar su ternura incontenible y, habiéndolo encontrado, no hubo necesidad del reproche ni de la queja para hacerle saber su total necesidad de él y en absoluto silencio, en sincronía de miradas, mientras caía una continua y acariciante lluvia, los labios se hallaron atraídos inevitablemente… ¡E inevitablemente brotó un soñado y voluptuoso beso!