ADEXFI
Poeta adicto al portal
Pero su belleza, la majestad de su belleza,
cuando se prende en su coquetería poética
de una princesa: «Sabes creo que pronto necesitaré que
me beses. ¿Como dices?... (risas) No puedo entender
porque mis labios están humedos. Por el amor de Dios,
ayúdame ¿qué dices de tu boca? ¡Ah! Que están húmedos...
¿porque? No importa, no importa. «No» «importa» somos
pareja o no tengo una pareja o sólo eres
un desconocido. Sé que quieres probar mis labios,
-le dice, mientras mira una foto de los Alpes suizos
del álbum de ella, «hace 2 días que no me besas»
y al decirlo muestra sus dos dedos, contenta,
orgullosa, como un reclamo a los aires: ¡son dos días !
Luego su deseo creció hasta alcanzar la belleza
de un ensueño, haciéndola reír y cantar. Mientras se cortaba
su flequillo de modo que no quedasen más largos al punto
que le tapara la visión, porque le crecían hasta taparle los ojos.
Pedazos de cielo, o firmamento de dulces como
bombones de chocolate, eran esos momentos
que se desunían, por muy esmeradamente que pudieran
haber estado compuestos en su anterior unidad:
el más ligero choque, o por el rose con sus labios deseosos,
bastaba para destruir la cohesión de aquel fragmento
de cielo, que si no eran besados, se convertían
en espacios vacíos incomprensibles y anónimos,
o en hojas en blanco de su diario que ella no podía
dar vuelta la hoja, hasta que Gabriel la besara porque
—los ojos de Gabriel—le habían atado
cuando se prende en su coquetería poética
de una princesa: «Sabes creo que pronto necesitaré que
me beses. ¿Como dices?... (risas) No puedo entender
porque mis labios están humedos. Por el amor de Dios,
ayúdame ¿qué dices de tu boca? ¡Ah! Que están húmedos...
¿porque? No importa, no importa. «No» «importa» somos
pareja o no tengo una pareja o sólo eres
un desconocido. Sé que quieres probar mis labios,
-le dice, mientras mira una foto de los Alpes suizos
del álbum de ella, «hace 2 días que no me besas»
y al decirlo muestra sus dos dedos, contenta,
orgullosa, como un reclamo a los aires: ¡son dos días !
Luego su deseo creció hasta alcanzar la belleza
de un ensueño, haciéndola reír y cantar. Mientras se cortaba
su flequillo de modo que no quedasen más largos al punto
que le tapara la visión, porque le crecían hasta taparle los ojos.
Pedazos de cielo, o firmamento de dulces como
bombones de chocolate, eran esos momentos
que se desunían, por muy esmeradamente que pudieran
haber estado compuestos en su anterior unidad:
el más ligero choque, o por el rose con sus labios deseosos,
bastaba para destruir la cohesión de aquel fragmento
de cielo, que si no eran besados, se convertían
en espacios vacíos incomprensibles y anónimos,
o en hojas en blanco de su diario que ella no podía
dar vuelta la hoja, hasta que Gabriel la besara porque
—los ojos de Gabriel—le habían atado
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