Teo Moran
Poeta fiel al portal
Un cuento para dos
El niño sin prisa se columpiaba,
enredaba su sombra en la cuerda,
en las imaginarias manos del alma
donde vive la melodía de la niñez.
El niño a solas se balanceaba
entonando una triste canción:
-¿Quién fuera brisa en la verde rama
y en los frutos del sopor un recuerdo,
la risa que se vierte como un río
inundando el quebranto del corazón?
-¿Quién fuera esa libre emoción
que se agita a solas en las ramas
unida por la cuerda de la infancia
que en su balanceo nos pide perdón?
-¿Quién fuera caricia enamorada
en los nudos de la delgada cuerda,
un trino en este cielo que pide refugio
y la vida se desvela dolida en el trigo?
El niño tiene las manos aferradas
a las comisuras del silente alba,
sus pies se forman dejando su huella
en las costuras de unas nubes blancas
donde el amor queda a la espera
y el dolor con sus dedos lo empuja,
tira de la sombra que cuelga de la cuerda,
mece al niño con las manos de la ausencia
mientras en el suelo las amapolas
juegan con sus lágrimas cristalinas
y en el alma se escucha esta canción:
-Soy la divergencia del sentimiento.
Soy delirio y mañana seré desespero,
seré parte de tu risa y de tu tormento,
seré amor para tus labios gruesos
y seré puñal clavado en el corazón,
seré locura en los bretes de tus juegos
y seré la soledad de tu imaginación,
seré la espiga de trigo en el verano
y una aguda espina hendida en tu pecho.
El niño se columpiaba lejos del suelo
con la cadencia y el latido del viento.
Allí, en la delgada sombra de la cuerda
la vida crece y se encoje en el cielo
dando amor junto a los ruegos del río
pero los trinos son unos pétalos de rencor,
son notas de una infancia que no quiere crecer,
son el abismo y el final de la cuerda,
son las manos que sostienen aquellos nudos,
es el amor y el dolor desafiando el vaivén
del viajero que se mece con su niñez
mientras en el alma llora la voz del viento…
-¡Queda el niño en la rama de la infancia
con la risa del que desconoce la desventura
y el mundo queda presto a naufragar
en los labios de aquellos que se columpian
en el viaje hacia las espigas del trigo!
¡Soy ese niño ignorante que un día dibujó
olivos en las líneas de la sierra parda
y suspiró porque el amor y el dolor
le mecieron en un planeta sin rumbo!
El niño se balancea en el jardín
y las rosas son su dulce equipaje,
las ramas son cristales en el frío invierno,
son el dolor y el amor de los que se elevan
intentando alcanzar su sombra en el cielo,
de los que buscan el equilibro del corazón
en la melodía de un mundo infantil,
soy aquel niño que en el declive de la cuerda
se aferra a la vida con su melancolía
surcando el cielo con sus dispares nudos.