angel del olvido
Poeta asiduo al portal
Esther ya ganaba un poco de dinero propio cuando decidió meterse cocaína por las narices. Lo ganaba aburriéndose con personas que deseaban alegrarse entre las piernas de ella, confesarse primero, liberarse después como toscos amantes mas parecidos a un maquineo de cuerpo alcoholizado que a un sutil acto sexual de cuento de hadas. Nada de estar sobrios, nada de hacerse los perfectos con ella. Tenia que reinar el alcohol en todos los encuentros como regla única entre los hombres y aquella mujer coca y libre. Ella no se paraba en las esquinas, ni usaba faldas cortas, ni maquillaje abultado, no tenia ni sindicato ni organización, era independiente, sola, como siempre le había gustado estar y dedicarse a visitar hoteles. A mi me parece triste y patético que ningún maldito hombre con pasaporte de ingeniero, arquitecto, abogado o cualquier otro hombre profesionista le hubiera propuesto traspasar el encuentro mas allá de esas dos horas en que Esther se entretenía.
Me parecían las vivencias de Esther grandes peregrinaciones de gente sin orejas, sin manos, sin habla, gente endiablada y triste que avanzaba asomándose en los basureros, masturbándose en la oscuridad de un baño público, gente despiadada, triste y tosca que magullaban el cuerpo recién bañado y elástico de Esther. Esta estupenda joven de diecisiete años de piel blanca y atuendo de emo, que paseaba por las calles de Oaxaca con el único propósito; tomar fotos de gatos callejeros toda la noche sin ser violada o asaltada en una calle sin iluminación y mantenerse pendiente si algún hombre, si algún enviciado rostro capitalino podría irse a la cama con ella y dibujar gatos. No quería ni pensar que de su culo podría obtener fortuna y largarse pronto a cambiar de vida. Si, porque Esther no cobraba, solo pedía al hombre escogido que dibujara en su cuaderno, un gato que ella tenía siempre en la mente, digamos que convertía a cualquier hombre en un dibujante judicial y si este no asertaba a trazar lo que ella pedía, simple y sencillamente se acababa todo. Esther se cerraba, no abría la boca para más, ya estando en la cama se dejaba hacer mientras miraba el techo, no quería ni moverse, ni huir. Solo se dejaba abrir, ida, como una especie de castigo para la humanidad entera. Quedarse ahí paralizada, sumergiéndose rápidamente hacia alguna sala de cine vacía, contar con ella y nadie mas, repetir y repetir la imagen de una niña con un gato negro en una casa frente al mar. Desgastar y volver a cambiar, volver a verse ahí, donde debió comenzar todo el aparato desgastante de la memoria.
El hombre no le quedaba mas remedio que coger solo, penetrar solo, gozar solo, venirse solo y después medio limpiarse las manos y el miembro con papel de baño, mirar con enojo a Esther y tirarle algunos billetes encima. Largarse de ahí y seguir su vagabundeo nocturno. Tratar de olvidar la cara y la potencia de voz de Esther, dirigiéndolo hacia la imagen de un gato que jamás llegaría a dibujar a la perfección. Volver a una cantina o regresar a casa, abrazar a los hijos, besar a la esposa y dormir, ocultar en algún cajón, el encuentro con una chica emo que solo deseaba un gato dibujado en la espalda y tener una sola noche de paz. En nuestro desfile diario, todos somos asesinos que matamos rápido, para correr a curarnos la soledad en una casa tibia y espejos repletos hasta la saciedad de ternura rota.
Por ese entonces y por esas mismas calles, yo también vagaba.
Me parecían las vivencias de Esther grandes peregrinaciones de gente sin orejas, sin manos, sin habla, gente endiablada y triste que avanzaba asomándose en los basureros, masturbándose en la oscuridad de un baño público, gente despiadada, triste y tosca que magullaban el cuerpo recién bañado y elástico de Esther. Esta estupenda joven de diecisiete años de piel blanca y atuendo de emo, que paseaba por las calles de Oaxaca con el único propósito; tomar fotos de gatos callejeros toda la noche sin ser violada o asaltada en una calle sin iluminación y mantenerse pendiente si algún hombre, si algún enviciado rostro capitalino podría irse a la cama con ella y dibujar gatos. No quería ni pensar que de su culo podría obtener fortuna y largarse pronto a cambiar de vida. Si, porque Esther no cobraba, solo pedía al hombre escogido que dibujara en su cuaderno, un gato que ella tenía siempre en la mente, digamos que convertía a cualquier hombre en un dibujante judicial y si este no asertaba a trazar lo que ella pedía, simple y sencillamente se acababa todo. Esther se cerraba, no abría la boca para más, ya estando en la cama se dejaba hacer mientras miraba el techo, no quería ni moverse, ni huir. Solo se dejaba abrir, ida, como una especie de castigo para la humanidad entera. Quedarse ahí paralizada, sumergiéndose rápidamente hacia alguna sala de cine vacía, contar con ella y nadie mas, repetir y repetir la imagen de una niña con un gato negro en una casa frente al mar. Desgastar y volver a cambiar, volver a verse ahí, donde debió comenzar todo el aparato desgastante de la memoria.
El hombre no le quedaba mas remedio que coger solo, penetrar solo, gozar solo, venirse solo y después medio limpiarse las manos y el miembro con papel de baño, mirar con enojo a Esther y tirarle algunos billetes encima. Largarse de ahí y seguir su vagabundeo nocturno. Tratar de olvidar la cara y la potencia de voz de Esther, dirigiéndolo hacia la imagen de un gato que jamás llegaría a dibujar a la perfección. Volver a una cantina o regresar a casa, abrazar a los hijos, besar a la esposa y dormir, ocultar en algún cajón, el encuentro con una chica emo que solo deseaba un gato dibujado en la espalda y tener una sola noche de paz. En nuestro desfile diario, todos somos asesinos que matamos rápido, para correr a curarnos la soledad en una casa tibia y espejos repletos hasta la saciedad de ternura rota.
Por ese entonces y por esas mismas calles, yo también vagaba.