En la espesura del bosque de los huérfanos apenas penetran los rayos lechosos de la luna creciente. Allí, saqueadores de claros sentimientos se complacen en desvirgar el último clavo de pura inocencia. Y ríen sin parar cada vez que ven cómo lloran los rostros demacrados; que se dibujan en el follaje de los frondosos árboles. Hasta cuándo la decadencia, disfrazada la muy vil de estrafalario payaso, seguirá violando los derechos santos de quienes aún tienen un acicate de posesiva verdad. Exprimida en el molino renqueante de fealdad inusitada. Es preciso que una tropa de furiosos duendes ponga a salvo el honor y pundonor de los más necesitados. Por lo menos, hasta que la puerta entreabierta de la noche se cierre de un soberano portazo. Para así, que el sol de la radiante esperanza queme la manilla. Y el ser más impuro se queme con sus asesinas manos de recalcitrante ladrón de poderosos corazones aún palpitantes. Sólo aquel que tenga el guante negro de la muerte podrá atravesar el umbral que da a la gloriosa estación verdear de la inmutable belleza.