Antonio del Olmo
Poeta que considera el portal su segunda casa
UN LITRO DE ALEGRÍA
“El principito preguntó:
- ¿Por qué bebes siempre?
El borracho respondió:
- ¿Por qué bebes siempre?
El borracho respondió:
- Para olvidar que soy un desgraciado borracho.”
Diálogo de la novela para niños “El principito” de Antoine Saint-Exupéry.
El mendigo, un hombre alto y delgado, dejo dos monedas de 50 céntimos en el mostrador de la tienda y dijo:
- Deme un litro de alegría.
El vendedor, un hombre bajo y gordo, frunció el ceño y preguntó:
- ¿Quiere un litro de alegría?
El mendigo se llevó la mano a la cabeza y respondió titubeando:
- No… Perdone… No sé lo que digo… Quiero un litro de vino barato, el que vale un euro.
El vendedor sirvió la caja de vino y espetó:
- ¿Para esto pide limosna en la puerta de la iglesia? ¡Fuera, váyase!
El mendigo no se había equivocado, sí sabía lo que quería: la falsa alegría pasajera que le daba el vino, aunque después de la borrachera chocaría con su triste realidad. Salió despacio de la tienda, sin inmutarse, ya estaba acostumbrado a todas las humillaciones. La mente se vuelve insensible muchas veces para resistir las desgracias sucesivas.
Enseguida llego al puente donde vivía, se sentó en el suelo y tomó el vino deprisa para aguantar el mal sabor. Poco después empezó a encontrarse mejor: ya no se sentía solo, cansado y viejo. Entonces recordó su vida pasada, cuando tenía familia, novia, amigos, salud, juventud, trabajo, ilusiones y esperanzas.
En aquella época no pensaba que podía convertirse en un mendigo; creía, sin darse cuenta, que los mendigos eran personas de otra especie ajena a la suya. No comprendía que nadie decide ser mendigo. Pero su vida descendió, desgracia tras desgracia, hasta tocar el fondo, como cae rodando por la ladera del monte una roca desprendida de la cima.
Tiró la caja de vino al río y recordó que, cuando era joven, se tiró al río desde ese puente para impresionar a la chica que quería ligar. Fue en una mañana inolvidable de verano, en ese mismo puente, donde vivía ahora. ¡Cuántas vueltas y vueltas de la vida!
Ahora, gracias al vino, le parecían más reales los recuerdos que la triste realidad actual. Evocaba el pasado como si fuese una película nítida en color, y en cambio, veía el presente como una borrosa película antigua en blanco y negro. Cuando se puso el sol, se cubrió con una manta y durmió toda la noche en paz, sin sueños ni pesadillas, hasta que el día le despertó para mostrarle de repente su pesadilla real, sin el consuelo del vino.
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