Évano
Libre, sin dioses.
Hola, compañeros.
Ayer respondí a comentarios de una poesía infantil mía antigua. El principito. Creo que se ha ido no sé dónde. No es por la pérdida, pues también la tengo en prosa infantil ya que me equivoqué en su día, y en otros sitios. Y además la poesía son frases del libro tan famoso El Principito, es decir, que ni mérito mío. Simplemente para avisar por si hubiera algún fallo en el sistema.
El poema es este:
Agujeros en la arena
son los pozos del Sahara.
Este pozo era de aldea;
allí no hay aldea alguna.
Como en un sueño, todo estaba:
la cuerda, el balde y la roldana.
El principito rió, tocó la cuerda
y movió la roldana.
La roldana gimió
como veleta vieja que despierta
por viento que ha dormido mucho,
tanto como el pozo que ahora canta.
Icé el balde al brocal.
Lo asenté bien.
En mi oído cantaba
la roldana también.
El sol temblaba en el agua,
en el agua temblorosa
del pozo que cantaba.
Yo tengo sed de esta agua
—dijo el principito—. Dame.
Yo tengo sed de esta agua.
Dame de beber.
Levanté el balde hasta sus labios.
Cerró los ojos al beber.
Todo era bello, hasta esa agua
que era alimento que había
nacido de una marcha,
de nuestra marcha bajo estrellas.
Había nacido de arena todo,
y del canto de la roldana
y del esfuerzo de mis brazos.
Todo era bello,
como cuando yo era pequeño
y tenía mi corazón de niño
luces de árbol de Navidad
y música de medianoche
y dulzura y sonrisas
formando el resplandor
de regalo de Navidad.
Dijo el principito: "En tu tierra
el hombre cultiva cien mil
rosas en un mismo jardín
y aún así no encuentra lo que busca."
No, no lo encuentra, respondí.
"Lo que busca se encuentra
en una sola rosa,
en un poco de agua.
Si los ojos son ciegos
que busque el corazón."
Bebimos más agua.
Respiraba bien,
como el día el alba,
el día que tiene
al nacer la arena
de color de miel.
Sentado cerca de mí,
como si oyera mi mente,
muy suavemente me dijo
al oído el principito:
"Debes cumplir tu promesa.
Pinta un bozal al cordero,
que no se coma mi flor."
Poesía basada en el Capítulo XXV de El Principito, de Antoine de Saint-exupéry
Saludos cordiales.
Ayer respondí a comentarios de una poesía infantil mía antigua. El principito. Creo que se ha ido no sé dónde. No es por la pérdida, pues también la tengo en prosa infantil ya que me equivoqué en su día, y en otros sitios. Y además la poesía son frases del libro tan famoso El Principito, es decir, que ni mérito mío. Simplemente para avisar por si hubiera algún fallo en el sistema.
El poema es este:
Agujeros en la arena
son los pozos del Sahara.
Este pozo era de aldea;
allí no hay aldea alguna.
Como en un sueño, todo estaba:
la cuerda, el balde y la roldana.
El principito rió, tocó la cuerda
y movió la roldana.
La roldana gimió
como veleta vieja que despierta
por viento que ha dormido mucho,
tanto como el pozo que ahora canta.
Icé el balde al brocal.
Lo asenté bien.
En mi oído cantaba
la roldana también.
El sol temblaba en el agua,
en el agua temblorosa
del pozo que cantaba.
Yo tengo sed de esta agua
—dijo el principito—. Dame.
Yo tengo sed de esta agua.
Dame de beber.
Levanté el balde hasta sus labios.
Cerró los ojos al beber.
Todo era bello, hasta esa agua
que era alimento que había
nacido de una marcha,
de nuestra marcha bajo estrellas.
Había nacido de arena todo,
y del canto de la roldana
y del esfuerzo de mis brazos.
Todo era bello,
como cuando yo era pequeño
y tenía mi corazón de niño
luces de árbol de Navidad
y música de medianoche
y dulzura y sonrisas
formando el resplandor
de regalo de Navidad.
Dijo el principito: "En tu tierra
el hombre cultiva cien mil
rosas en un mismo jardín
y aún así no encuentra lo que busca."
No, no lo encuentra, respondí.
"Lo que busca se encuentra
en una sola rosa,
en un poco de agua.
Si los ojos son ciegos
que busque el corazón."
Bebimos más agua.
Respiraba bien,
como el día el alba,
el día que tiene
al nacer la arena
de color de miel.
Sentado cerca de mí,
como si oyera mi mente,
muy suavemente me dijo
al oído el principito:
"Debes cumplir tu promesa.
Pinta un bozal al cordero,
que no se coma mi flor."
Poesía basada en el Capítulo XXV de El Principito, de Antoine de Saint-exupéry
Saludos cordiales.