Infinitas luces, sombras tenues y vagas
danzan como ondas maniáticas a mí alrededor,
oscurecen y esclarecen en mi mente las plagas
y mi pensamiento lento suena a hedor
Un dulce llanto de repente colma mi percepción,
finos ojos, raya de luz, desprenden su penacho
sobre mi frente, y despacio comprendo su ilusión
La Luna brilla intensa y hace aún más oscura
la pequeña noche tambaleante cual fútil borracho.
En mis rodillas yace su tranquilidad, y su altura
sosiega mi perturbado miedo al dolor
Inclino mi cabeza hacia el suelo y las lágrimas
se escurren por mis pómulos suaves y pálidos
y la lluvia se abre paso como la calima
entre el laberinto de mi pelo empañado más cálido
Eco resonante de pisadas sobre un suelo mojado
y pequeños resplandores acentúan su llegada.
Mi nuez, dispuesta. Sus dientes, preparados.
Su mano inmune roza mi barbilla en seña refinada,
incitan a entregarse apaciblemente.
Un escalofrío detona en mi médula temiente.
Pero no quería ser tan débil que su sombra me rozase
Ni que cubrir de sombra los objetos y las frases
pudiera romper las cadenas de la oscuridad.
Una vez más sus ojos brillaron y esta vez
distinguí un ápice de furia, frustración, maldad.
Se abalanzó sobre mi cuerpo y me inundó
sentí cómo succionaba con avidez
y rápidamente sin titubeos de deseo, me soltó.
Vacilé y el corazón de mi miedo estalló.
Ahora la farola iluminaba dos cuerpos,
uno vivo, otro inmortal; uno inerte, otro muerto.
Palpé mi cuello y sentí una punzada,
el horror me inundó como ya lo hacía la lluvia.
Mis incrédulos ojos se calmaron con su mirada,
y mientras la cascada caía al suelo,
mi torpe boca balbuceaba tercos gemidos.
Enfermizo, débil y seco busqué su consuelo;
quise tener su mal, su don y sus sentidos,
mas sus aplacantes y penetrantes ojos
desprendieron su último destello de luz
y se eclipsó entre la lluvia con un fulgor rojo,
dejándome un rastro a vaho desierto,
y allí me quedé, en el asfalto, vacío,
solo, desconsolado, muerto.
danzan como ondas maniáticas a mí alrededor,
oscurecen y esclarecen en mi mente las plagas
y mi pensamiento lento suena a hedor
Un dulce llanto de repente colma mi percepción,
finos ojos, raya de luz, desprenden su penacho
sobre mi frente, y despacio comprendo su ilusión
La Luna brilla intensa y hace aún más oscura
la pequeña noche tambaleante cual fútil borracho.
En mis rodillas yace su tranquilidad, y su altura
sosiega mi perturbado miedo al dolor
Inclino mi cabeza hacia el suelo y las lágrimas
se escurren por mis pómulos suaves y pálidos
y la lluvia se abre paso como la calima
entre el laberinto de mi pelo empañado más cálido
Eco resonante de pisadas sobre un suelo mojado
y pequeños resplandores acentúan su llegada.
Mi nuez, dispuesta. Sus dientes, preparados.
Su mano inmune roza mi barbilla en seña refinada,
incitan a entregarse apaciblemente.
Un escalofrío detona en mi médula temiente.
Pero no quería ser tan débil que su sombra me rozase
Ni que cubrir de sombra los objetos y las frases
pudiera romper las cadenas de la oscuridad.
Una vez más sus ojos brillaron y esta vez
distinguí un ápice de furia, frustración, maldad.
Se abalanzó sobre mi cuerpo y me inundó
sentí cómo succionaba con avidez
y rápidamente sin titubeos de deseo, me soltó.
Vacilé y el corazón de mi miedo estalló.
Ahora la farola iluminaba dos cuerpos,
uno vivo, otro inmortal; uno inerte, otro muerto.
Palpé mi cuello y sentí una punzada,
el horror me inundó como ya lo hacía la lluvia.
Mis incrédulos ojos se calmaron con su mirada,
y mientras la cascada caía al suelo,
mi torpe boca balbuceaba tercos gemidos.
Enfermizo, débil y seco busqué su consuelo;
quise tener su mal, su don y sus sentidos,
mas sus aplacantes y penetrantes ojos
desprendieron su último destello de luz
y se eclipsó entre la lluvia con un fulgor rojo,
dejándome un rastro a vaho desierto,
y allí me quedé, en el asfalto, vacío,
solo, desconsolado, muerto.
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