¿Han visto algo igual descender del universo?
¿Tiene que ver con algo que yo he dicho?
Acaso ¿puede nombrarse a quien escapa con apuro?
Si interpretó o devoró lo leído ¿yo que culpa tengo?
Y si yo tuviera culpa ¿no era mejor afrontar que huir?
¿Con qué hidalguía viene a fantasear?
¿Quién no permanece, cuando desenvuelve su lengua que me alcanza?
¿Quién? ¿Quién? ¡Diantres! ¿Quién?
¿Por qué se deshace cuando hace?
¿Por qué no calma su pecho con expectorante?
¿Por qué recorre los versículos para luego descorrer ante la aureola?
¡Se detiene en una esquina a cuestionarme y no se acerca!
Asume y resume, ¿y supone que yo le desplume?
Arroja el esputo a los versículos, como sagitario,
pero como Jano, dos caras agita.
Asume y resume, ¿y supone que yo le desplume?
Arroja el esputo a los versículos, como sagitario,
pero como Jano, dos caras agita.
Trae la estatera, pero no calcula el contrapeso de su polémica.
Quiere cerner por la atmósfera y se ahoga antes de despegar del suelo.
¡Gurrumino que huye antes de avivarse el fuego!
El hilo le pasa por la frente y lo hiere, y lo encoge, y lo espanta.
Se arrastra para atiborrar los oídos ajenos con hipótesis estranguladas
con papel, y esconde los suyos para demostrar su sordera.
Quiere pasar por oro los oropeles que guarda en su faltriquera.
Quien quiera decir, que diga,
quien quiera argumentar, que lo haga, porque hay licencia, pero si controvierte,
que me espere con mi espuela, a que yo le vierta mi sermón que alza mis hombros
y no mi sombra.
Y si quiere huir —¡qué vergüenza!—, que huya, porque no sabe la ruta para perderse,
aunque desde aquella esquina, lo vi perdido.
¿Cojea para esfumarse? ¡No lo sé!
No tolero palabras que impidan armar las mías,
porque se descompone la protesta, y queda un vacío que es preciso saciar.
Aparece este espanto de la nada y se espanta sin que aparezca nada.
Para no estropear una amistad oportuno es no conocernos.
Quiere cerner por la atmósfera y se ahoga antes de despegar del suelo.
¡Gurrumino que huye antes de avivarse el fuego!
El hilo le pasa por la frente y lo hiere, y lo encoge, y lo espanta.
Se arrastra para atiborrar los oídos ajenos con hipótesis estranguladas
con papel, y esconde los suyos para demostrar su sordera.
Quiere pasar por oro los oropeles que guarda en su faltriquera.
Quien quiera decir, que diga,
quien quiera argumentar, que lo haga, porque hay licencia, pero si controvierte,
que me espere con mi espuela, a que yo le vierta mi sermón que alza mis hombros
y no mi sombra.
Y si quiere huir —¡qué vergüenza!—, que huya, porque no sabe la ruta para perderse,
aunque desde aquella esquina, lo vi perdido.
¿Cojea para esfumarse? ¡No lo sé!
No tolero palabras que impidan armar las mías,
porque se descompone la protesta, y queda un vacío que es preciso saciar.
Aparece este espanto de la nada y se espanta sin que aparezca nada.
Para no estropear una amistad oportuno es no conocernos.
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