Un pueblo abandonado
-Hay alguien?
Nadie responde, ni los hijos de los Dioses
ni las multitudes solidarias.
En los badajos de las campanas están las últimas palabras,
las viejas sogas y el sonido aguado
de Santa Bárbara basilisca.
Por este turbio vacío entre entierro y destierro,
las calles tiemblan, se escapa la lluvia
y el olor a humedad rompe los relojes de arena
contra el sol.
Están dando las horas que controlan el tempo
de la muerte: de una y cien casas por donde se pasean
las voces apagadas del progreso.
El aire amenaza vudú, sonríe maliciosamente,
el paisaje ha envejecido a mis ojos
y mi corazón se pierde, lejos, muy lejos
de los recuerdos verdes
y del nido de los pájaros, que en una última mirada,
desfigura el rostro de las gentes
que se han llevado sus almas al otro lado de la montaña
¿Acaso han muerto?
tras las tapias del cementerio, en la Nada.
-Hay alguien?
Nadie responde, ni los hijos de los Dioses
ni las multitudes solidarias.
En los badajos de las campanas están las últimas palabras,
las viejas sogas y el sonido aguado
de Santa Bárbara basilisca.
Por este turbio vacío entre entierro y destierro,
las calles tiemblan, se escapa la lluvia
y el olor a humedad rompe los relojes de arena
contra el sol.
Están dando las horas que controlan el tempo
de la muerte: de una y cien casas por donde se pasean
las voces apagadas del progreso.
El aire amenaza vudú, sonríe maliciosamente,
el paisaje ha envejecido a mis ojos
y mi corazón se pierde, lejos, muy lejos
de los recuerdos verdes
y del nido de los pájaros, que en una última mirada,
desfigura el rostro de las gentes
que se han llevado sus almas al otro lado de la montaña
¿Acaso han muerto?
tras las tapias del cementerio, en la Nada.