Hay un rugido gris,
una postura estática de un eco
empeñado en volver a los orígenes
de la voz, al regazo de cenizas
del que partió a buscar su decadencia.
Un temblor en el aire que procede
del fondo de las fechas malgastadas
en rencores y en lágrimas,
en instantes rojizos del crepúsculo,
en ventanas sin vistas al regreso.
Pero todo sonido verdadero
puede ordenar de pronto sus moléculas
y convertirse en una partitura
parecida a los ríos caudalosos
en busca de la idea de los árboles,
de la frondosidad del que esperaba
en la unión de la ausencia y el lamento,
en la confusa desembocadura
de una palabra ilesa
en el bosque de los escalofríos.
una postura estática de un eco
empeñado en volver a los orígenes
de la voz, al regazo de cenizas
del que partió a buscar su decadencia.
Un temblor en el aire que procede
del fondo de las fechas malgastadas
en rencores y en lágrimas,
en instantes rojizos del crepúsculo,
en ventanas sin vistas al regreso.
Pero todo sonido verdadero
puede ordenar de pronto sus moléculas
y convertirse en una partitura
parecida a los ríos caudalosos
en busca de la idea de los árboles,
de la frondosidad del que esperaba
en la unión de la ausencia y el lamento,
en la confusa desembocadura
de una palabra ilesa
en el bosque de los escalofríos.