Hoy en el Metro he visto un alma casi a rastras. Digo alma y digo bien, porque era lo único que se le veía. Un alma cansada de cargar con un cuerpo inestable y precario: piel, hueso y alma, eso era todo. Con una mano mugrienta se ha aferrado como el que se agarra a la vida para no caerse. De pronto surgió de su garganta un chorro de voz de cante jondo, un sentimiento desgarrado, una pasión que conseguía que solo existiesen él y su voz, transportándome a una época de cortijos y caballos rocieros, un tiempo de noches gitanas cantando en el balcón acompañadas de una guitarra y quizá un cajón de contrachapado. Parecía imposible que en aquel cuerpo desportillado de pinchazos estuviera encerrado ese talento, que parecía desbordarse de su recipiente. Se marchó dando tumbos, malhumorado porque con las escasas monedas recogidas no le llegaba para una dosis. Tambaleándose se alejaba ya entre la gente indiferente.
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