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Un sueño surrealista y fatal

Évano

Libre, sin dioses.
—Alejandro despertó extraño. Era el comienzo de la primavera y el alba impactaba en las grandes cristaleras de las puertas del balcón. Fuera trinaban los pájaros y el viento ululaba alegre mientras mecía y repartía a los vástagos de la vegetación.

Anduvo cansino hasta el cuarto de baño. El olor fresco de las flores pululaba por la casa. Sin mirar al espejo se lavó la cara, como de costumbre. Al levantarla tuvo ante sí una visión inaudita. Se sobresaltó, quedándose inmóvil al instante. Sus ojos eran amarillos, como dos diminutos soles flotando entre las cuencas. Los iris, las córneas, las pupilas y, aún más desconcertante, hasta las siempre blanquecinas escleróticas eran amarillas, como el oro líquido. Parpadeó varias veces y los cerró un buen rato y se centró en serenarse; quizás continuaba medio dormido, o aún soñaba. Los abrió. Nada había cambiado.

Observó el rostro reflejado en el espejo mientras las gotas de agua se deslizaban lentamente. La piel habíase tornado de un azulado acuoso. Al rozarla con las yemas de los dedos le dio la sensación de introducirse dentro de un universo desconocido. ¡Qué extraño! —se dijo— ¡Qué diablos ocurre!

Dejó caer los brazos y volvió a encontrase en su mundo real, frente a ese hombre que se suponía debía ser él. Los abiertos ojos dorados se miraban con sorpresa y cautela.

—¿Quién eres tú? —preguntaba el reflejado—. ¿Y tú? —respondía el reflejo con la voz del reflejado.

Con esfuerzo logró apartarse de la impostora mirada y escrutó los contornos del resto de su perfil.

Comenzaron a temblarle los músculos del cuerpo al comprobar que el ser del espejo carecía totalmente de cabello. Ni rastro de barba ni de bigote, ni de cejas ni de bello alguno.

Necesitó apoyar con fuerza los dos brazos en el lavamanos. Alzó de nuevo la cabeza. Tampoco tenía orejas, habían desaparecido y su lugar lo ocupaban dos orificios que en espiral adentraban en el cráneo, más o menos del tamaño de sus antiguos oídos. Se los tapó al instante, horrorizado. Intentó captar los ruidos con esos miembros recientes de su cuerpo, pero eran como susurros que emitieran bajo agua, como susurros que emergieran dentro de pompas de aire que al salir a la superficie sonaran casi ininteligibles. Al ocultar esos extraños conductos con sus manos retornó a tan maravillosa y desconcertante experiencia, escapando, de momento, de aquella silueta escalofriante.

Todo él se transportó a un espacio de confort. No veía su cuerpo, ni aquel terrorífico rostro del espejo, por lo que decidió que el que estaba ahí era el Alejandro de siempre, con su respiración normal y la certeza de que tal sitio era gélido, aunque sólo sintiera un leve frescor recorriendo un cuerpo que intentaba aguantar que no se dispersaran las partes que lo componían. No era mucha la fuerza necesaria para no dividirse en trocitos, pero era raro el verse obligado a retener extremidades, tronco y cabeza.

Retiró las manos del rostro, volviendo a encontrase en su cuarto de baño, frente a ese tipo que imitaba sus gestos, frente a ese rostro que no era el suyo, ¿o sí?

Notó que la mente no conectaba la totalidad de las neuronas entre sí, como si el cerebro lo hubiese ocupado un cosmos inhóspito, con sus lejanías titilantes distanciadas.

Volvió a mirarse, ahora temblando como si de frío muriera, para acabar de escrutar la silueta que se le enfrentaba.

La frente era mucho más pronunciada y saliente que la suya, y la boca más pequeña, aunque con la misma forma. Le aterró el abrirla y no fue capaz de descubrir los dientes, y lo que hubiera en el interior de aquella boca.

Se quedó tiritando frente al cristal delatador, debajo de la luz de la pequeña lámpara del techo. Ahora, los grandes ojos dorados parecían tenerlo dominado.

—He de abrir la boca, ese soy yo. No sé qué ha ocurrido, pero ese maldito soy yo.

La abrió, temeroso, tranquilizándose al comprobar que los dientes eran casi iguales, aunque más pequeños y todos como muelas diminutas que recorrían la cavidad bucal de dos en dos. La lengua era delgada y larga, acabando en una pequeña bifurcación.

—Parezco un alienígena con lengua de serpiente —pensó.

Fue a su habitación, para vestirse, pero decidió sentarse en la cama y meditar. No lograba que acabaran de interaccionar las ideas. El castillo diario de su realidad no se formaba; pareciera que las piezas no quisieran concordar.

Miró el reloj de la mesita de noche. Los números digitales parpadeaban en verdes. Esta madrugada se ha ido la luz, se dijo mientras miraba el gran cuadro de la cabecera de la cama: la arena del desierto había cambiado el color a un granate vivaz y el hombre que andaba por las aristas de la duna sinuosa ahora era una silueta grisácea y pálida, pareciendo estar vivo el sol que inundaba la pintura.

Se extrajo el pijama. Desnudo y de pie entre el lecho y las cortinas descorridas, no supo qué hacer. Trató de recordar la noche anterior, las obligaciones de hoy; pero el castillo de la realidad continuaba derruido; ni tan siquiera recordaba si era o no un día laborable o festivo.

—No debo salir de casa; será mejor que nadie me vea, de momento. Ya me vestiré más tarde.

Paseó sus nuevos ojos por la casa, escrutando los rincones. Encendió el televisor. Se sentó en el sofá. Dio vueltas alrededor de la mesa del comedor y se detuvo ante las pocas fotografías que guardaba el mueble-bar, encendiendo un cigarrillo de un humo ocre que revoloteaba ante él, aturdiéndole el rojizo sanguíneo del fuego del mechero y la luz que llenaba la vivienda; y los tonos de los muebles y del suelo y del techo. Los colores de su vida habían cambiado. Debe de ser por estos ojos dorados que me han salido, se dijo mientras se acariciaba el hombro derecho por el helor repentino que le vino, quizás por el temor del momento, o porque estaba desnudo, y se vio nuevamente transportado a ese extraño universo, desapareciendo de golpe del mundo y de su casa.

Continuó abrazándose los hombros, acariciándose y caminando a la misma vez. No podía estar en su casa, en su realidad, porque ningún objeto se interponía en su camino a pesar que ya había dado los pasos suficientes como para haberse tropezado con alguna silla o mesa, o con alguna pared. Se había notado más ligero y más alto, pero le faltó valor para comprobarlo. Con el rostro había tenido suficiente.

De pronto se notó caer por un vació que lo empujaba para abajo con la fuerza de mil hombres, por lo menos. Sus extremidades, tronco y cabeza se querían ir cada una por su lado, otra vez. Se agitaba en su caer desesperadamente cuando un golpe tremendo machacó hasta el último de sus huesos, destrozando en pedazos diminutos su esqueleto y cráneo y liberando sus fluidos, sus sesos, su sangre.

Alejandro desapareció de este mundo.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó una mujer mientras se acercaba a la acera abrochándose la bata.

—¡Ay, María, el pobre Alejandro que se ha partido la crisma! El pobre era sonámbulo y se conoce que hoy le dio por salir al balcón y... ¡Vaya una a saber qué estaría pensando esa cabeza de sueños...! ¡Mire que se lo dije un montón de veces..., mucho cuidadín con eso del insomnio que puede ser peligroso...!

—¡Y tan peligroso, como que se ha matao!
 
Última edición:
Hasta antes de despertar me ha recordado un tanto a kafka jejeje pero bueno al final esta la moraleja del día: cuidado con ser sonámbulo. No dejas de sorprenderme creo que en estos días tu creatividad esta super activa!! Ya sabes encantadísima de leerte aunque est vez como que no se vale porque tengo una idea sobre locuras y espejos...

abrazos al final del laberintooooo
 
Un par de noches recuerdo que fui sonámbulo, y la verdad, no lo recuerdo como lo he escrito jajajjajajajjajjajaja

Creo que es la manera de conseguir el abrazo: encontrarnos al final del laberinto jajajjajajaja

Muchas gracias señora Ethel, y vayan mis muchos abrazos a encontrarse aunque sea a través de este otro espejo que es la pantalla del ordenador.
 
Vaya, me vino a la cabeza el suicidio de mi vecino y, por un momento, me consoló pensar que quizás fuera sonámbulo...

Muy buen relato.
JULIA
 
Una lectura muy grata y atrapante, me gusto mucho…
Un sueño muy surreal pero a la vez muy real, ya que puede ser una historia verídica sin mucha dubitación.
Te dejo estrellas por si no las hay… muy buena historia nos ofreces
Saludos y abrazos gran poeta y escritor
 
Muchas gracias señor Danie, por su pasear entre mis letras. Y sí, creo que tiene razón, no es tan disparatado que ocurra algo semejante. Yo mismo acusé un par de veces el sonambulismo y es algo surreal, como andar por el lado de la sombra de la vida. Uno no sabe bien por donde anda. Se le saluda afectuosamente.
 

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