Alas de marioneta
Poeta asiduo al portal
Una madrugada creí que creía verte volar tus alas.
Me arrodillé junto al suelo, miré al techo, te busque bajo la cama,
desperté la arena que me llenaba los pies, me senté en tu playa,
me vestí de fiesta, me di un baño y al sumergirme, no estabas.
Me endulcé un café con el recuerdo de tus labios cuando me besaban.
Desayuné un sin querer, queriendote más de lo que recordaba.
Encendí la radio, escuché el silencio y allí, de fondo, sonaba tu guitarra,
con tus cuatro acordes sin miedo, temblando las cuerdas de mi alma,
con tu silueta de madera brillando al viento, sentada junto a la ventana.
Con la mirada perdida y yo, como borracho de éxtasis, abrazado a tu espalda,
cabalgando al infinito, a ese lugar donde el horizonte se acaba
y empiezan los sueños, soñando lejos, volando cerca de dónde viven las palabras.
Cambié el café por el calor de un té con un quiero, el mar por tu almohada,
las noches de sol por lunas bisiestas y las siestas de verano por tu piel mojada.
Y desde entonces, cada mañana, cuando nos despiertan las olas
olemos a madrugada,
cuando nos llaman las gaviotas volamos hasta encontrarlas
y cuando te abrazo, todavía se me sorprenden las manos al acariciar tus alas.
Me arrodillé junto al suelo, miré al techo, te busque bajo la cama,
desperté la arena que me llenaba los pies, me senté en tu playa,
me vestí de fiesta, me di un baño y al sumergirme, no estabas.
Me endulcé un café con el recuerdo de tus labios cuando me besaban.
Desayuné un sin querer, queriendote más de lo que recordaba.
Encendí la radio, escuché el silencio y allí, de fondo, sonaba tu guitarra,
con tus cuatro acordes sin miedo, temblando las cuerdas de mi alma,
con tu silueta de madera brillando al viento, sentada junto a la ventana.
Con la mirada perdida y yo, como borracho de éxtasis, abrazado a tu espalda,
cabalgando al infinito, a ese lugar donde el horizonte se acaba
y empiezan los sueños, soñando lejos, volando cerca de dónde viven las palabras.
Cambié el café por el calor de un té con un quiero, el mar por tu almohada,
las noches de sol por lunas bisiestas y las siestas de verano por tu piel mojada.
Y desde entonces, cada mañana, cuando nos despiertan las olas
olemos a madrugada,
cuando nos llaman las gaviotas volamos hasta encontrarlas
y cuando te abrazo, todavía se me sorprenden las manos al acariciar tus alas.