Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hace mucho, pero que mucho tiempo, cuando apenas los hombres comenzaban a caminar sobre la tierra y no había campos cultivados, ni existían senderos, no se encontraban aldeas, ni pueblos… En ese tiempo lejano en las tierras de Oberón, en el Reino Ignoto, vivía un hada, hermosa como la luz de la mañana, ingeniosa, atrevida y simpática. Nuestra amiga se llamaba Níe y era conocida de todos los elfos, duendes, gnomos y hadas que poblaban el lugar.
En aquellos tiempos, las estaciones del año traían inviernos duros, heladores y secos. La tierra se volvía pétrea, con una dureza tal que hacía daño en los pies el caminar por ella. Los habitantes del Reino se refugiaban en el Palacio de Luz, a la espera de días más largos, en los que el sol calentase y ablandase la tierra que los fríos intensos dejaban consumida y seca. Las jornadas de invierno tenían pocas horas de luz y la oscuridad cubría la mayor parte del cielo. Las tardes terminaban en un suspiro y las noches se hacían interminables. Afortunadamente, las auroras boreales ponían una nota de color y movimiento, dando un punto de hermosa luz cambiante en el cielo.
Una de aquellas largas noches, Níe se acercó al Molino Blanco. Era un lugar un poco apartado del Palacio y que había servido hacía ya muchos años, para moler las piedras blancas y brillantes con las que Titania y Oberón cuajaron de estrellas el cielo. La verdad es que Níe estaba un poco aburrida y eso que el invierno acababa de empezar, pero era tan largo, tan frío, tan feo… Níe empezó a juguetear con todo lo que había en el Molino. Supongo que sabéis que las hadas son seres maravillosos, mágicos, pero un poco impredecibles, casi como los niños cuando no tienen nada que hacer. Así que se entretuvo trasteando con todo lo que pilló a mano.
Encontró la piedra de moler y con un trozo de canto puntiagudo comenzó a dibujar sobre la piedra, desgastándola y formando unos dibujos geométricos preciosos. Primero cruzó dos rayas y luego las volvió a cruzar con otras dos y puso pequeñas líneas a lo largo de cada una de aquellas rayas. Pasó así mucho rato, hasta que le pareció que el dibujo que había hecho era muy bonito. Quiso ver mejor su obra y empujó la piedra sobre el torno que la hacía girar y con un esfuerzo la sacó al exterior, para contemplar a la luz de la luna cómo quedaría su dibujo.
La luz plateada de la luna mostraba sobre la piedra la huella de aquella imagen, casi como una reluciente estrella, que Níe había dejado. Hacía mucho frío. Nuestra pequeña amiga echó su aliento sobre su obra y aquel aliento al punto se heló tomando la forma del dibujo. La aurora boreal, tal vez curiosa por ver qué podía ocurrir, se asomó a los cielos. Níe tocó la palanca que ponía en marcha el Molino y éste, comenzó a funcionar. Fijaos, al dar la primera vuelta, aquella figura congelada se desprendió del Molino en forma de copo y a la siguiente vuelta surgieron más copos y a la otra, todavía muchos más. Por primera vez aquel fenómeno comenzaba a cubrir la tierra, la vestía de blanco, un blanco reluciente, que reflejaba la luz de la luna y ponía un manto que, al tapar la tierra, ésta se encontraba protegida, ya no se endurecía, ni se secaba, ni se agrietaba con las heladas. Y los campos se veían hermosos.
Cuando vieron esto desde el Palacio de Luz, corrieron hasta el Molino. Níe, se preocupó, pues no sabía si habría hecho alguna barrabasada, mas quedó encantada cuando todos la felicitaron y se alegraban de que el invierno se vistiera de aquella manera. Titania, se llegó hasta nuestra amiga y le dijo: “Es muy hermoso lo que has hecho. Además de proteger la tierra, la has llenado de belleza. De modo que a partir de hoy y en honor tuyo, a este fenómeno lo llamaremos NIEVE”.
Desde entonces y hasta nuestros días, la nieve visita la tierra en el invierno, la protege de los grandes fríos y la mantiene húmeda para que no se resquebraje ni se endurezca y así en la primavera las flores y los árboles tengan humedad para crecer y dar fruto. La bella obra de Níe pinta de blanco las montañas y nos hace soñar.
En aquellos tiempos, las estaciones del año traían inviernos duros, heladores y secos. La tierra se volvía pétrea, con una dureza tal que hacía daño en los pies el caminar por ella. Los habitantes del Reino se refugiaban en el Palacio de Luz, a la espera de días más largos, en los que el sol calentase y ablandase la tierra que los fríos intensos dejaban consumida y seca. Las jornadas de invierno tenían pocas horas de luz y la oscuridad cubría la mayor parte del cielo. Las tardes terminaban en un suspiro y las noches se hacían interminables. Afortunadamente, las auroras boreales ponían una nota de color y movimiento, dando un punto de hermosa luz cambiante en el cielo.
Una de aquellas largas noches, Níe se acercó al Molino Blanco. Era un lugar un poco apartado del Palacio y que había servido hacía ya muchos años, para moler las piedras blancas y brillantes con las que Titania y Oberón cuajaron de estrellas el cielo. La verdad es que Níe estaba un poco aburrida y eso que el invierno acababa de empezar, pero era tan largo, tan frío, tan feo… Níe empezó a juguetear con todo lo que había en el Molino. Supongo que sabéis que las hadas son seres maravillosos, mágicos, pero un poco impredecibles, casi como los niños cuando no tienen nada que hacer. Así que se entretuvo trasteando con todo lo que pilló a mano.
Encontró la piedra de moler y con un trozo de canto puntiagudo comenzó a dibujar sobre la piedra, desgastándola y formando unos dibujos geométricos preciosos. Primero cruzó dos rayas y luego las volvió a cruzar con otras dos y puso pequeñas líneas a lo largo de cada una de aquellas rayas. Pasó así mucho rato, hasta que le pareció que el dibujo que había hecho era muy bonito. Quiso ver mejor su obra y empujó la piedra sobre el torno que la hacía girar y con un esfuerzo la sacó al exterior, para contemplar a la luz de la luna cómo quedaría su dibujo.
La luz plateada de la luna mostraba sobre la piedra la huella de aquella imagen, casi como una reluciente estrella, que Níe había dejado. Hacía mucho frío. Nuestra pequeña amiga echó su aliento sobre su obra y aquel aliento al punto se heló tomando la forma del dibujo. La aurora boreal, tal vez curiosa por ver qué podía ocurrir, se asomó a los cielos. Níe tocó la palanca que ponía en marcha el Molino y éste, comenzó a funcionar. Fijaos, al dar la primera vuelta, aquella figura congelada se desprendió del Molino en forma de copo y a la siguiente vuelta surgieron más copos y a la otra, todavía muchos más. Por primera vez aquel fenómeno comenzaba a cubrir la tierra, la vestía de blanco, un blanco reluciente, que reflejaba la luz de la luna y ponía un manto que, al tapar la tierra, ésta se encontraba protegida, ya no se endurecía, ni se secaba, ni se agrietaba con las heladas. Y los campos se veían hermosos.
Cuando vieron esto desde el Palacio de Luz, corrieron hasta el Molino. Níe, se preocupó, pues no sabía si habría hecho alguna barrabasada, mas quedó encantada cuando todos la felicitaron y se alegraban de que el invierno se vistiera de aquella manera. Titania, se llegó hasta nuestra amiga y le dijo: “Es muy hermoso lo que has hecho. Además de proteger la tierra, la has llenado de belleza. De modo que a partir de hoy y en honor tuyo, a este fenómeno lo llamaremos NIEVE”.
Desde entonces y hasta nuestros días, la nieve visita la tierra en el invierno, la protege de los grandes fríos y la mantiene húmeda para que no se resquebraje ni se endurezca y así en la primavera las flores y los árboles tengan humedad para crecer y dar fruto. La bella obra de Níe pinta de blanco las montañas y nos hace soñar.