Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Una cabaña de madera pintada,
un pequeño estanque con un surtidor dentro,
algunos patos sueltos jugando al escondite bajo las ruedas,
un pequeño porche, dos mecedoras,
un ventilador que no para de dar vueltas,
un código secreto para entrar a la alcoba,
la cama en alto con escalones,
unos cuantos cojines para abrazar ausencias
o multiplicar presencias de un cuerpo cuando duerme.
Pusimos ese disco, “Pero a tu lado”,
los recuerdos juegan con esa piel del otro,
una piel llena de surcos
que recorren los dedos
como alegre tiovivo hasta llegar a la boca.
Entonces llegan los dulces, los regalos,
la cajita de música, el abanico con tu nombre desplegado,
un vuelo de amarillos y de rojos que navega
sin dejar un horizonte sin barcos.
Todo se mira claro al otro lado del espejo;
dentro de la bañera el océano persiste con sus gritos;
cuando las olas caen, nosotros, tú y yo, somos la playa
donde las piedras mastican su hambre de desierto y selva;
algunos árboles miran agitados
a ese viento que no cesa;
la habitación se mueve;
las ventanas como púlpitos
desde donde se pronuncia un nombre
avanzan; nada retrocede;
somos ahora ese vientre
que empieza a romperse en aguas.