Osidiria
Poeta asiduo al portal
Era toda luz de estrellas, piel tostada al atardecer,
una bomba de sensualidad encerrada en un cuerpo de mujer.
La conocí un día avanzado de primavera cuando la tarde declinaba y los últimos rayos del sol
se colaban entre el campanario de la Catedral y las cicatrices de su piel agrietada,
el verano acampado al otro lado de las murallas
amenazaba con asaltar la ciudad con su ejército de calor, como todos los años,
el fuego del cielo se descolgaba sobre Toledo.
La vi por primera vez sentada en la acera al final de la calle Ancha,
resguardada en un portal de una entidad financiera que había cerrado sus puertas,
con la plaza de Las Cuatro calles como caja de resonancia,
movía sus dedos con exquisita elegancia sobre las cuerdas de un Sitar hindú,
sus acordes escalaban el aire más allá de las nubes
hasta las mismísimas puertas del cielo, me acerque
y eché unas monedas en el sombrero de paja que tenía sobre el suelo,
me miro con unos ojos verdes esmeraldas profundos como el mar
que parecían decirme; ” estoy aquí, aprovecha el momento”,
pero más allá de mi ensoñación, con un gesto y sin hablar me dio las gracias y me fui.
Al poco rato volví y echando a mis espaldas los kilos de vergüenza que sentía
le invité a una cerveza y para mi sorpresa aceptó, fuimos dando un paseo
subiendo por la cuesta de la Sal hasta la calle San Ginés y desde allí
a la Plaza Amador de los Ríos y atravesando el pasadizo San Pedro Mártir
y así callejeando fuimos a sentarnos en una terraza de la Judería en la Plaza Barrio Nuevo,
junto a la sinagoga Santa María la Blanca, sitio me dijo,
que le gustaba dejarse caer por allí cuando la tarde caía.
Hablamos y hablamos, como si nos conociésemos de toda la vida,
de algún modo extraño, ante su presencia y sin esfuerzo aparente,
mis miedos y secretos más recónditos afloraban a mis labios
aliviando su presión en mi interior y dolores y pesares que creía encallados en mi pecho
se evaporaron con los últimos rayos de sol que se apagaban lentamente
con los rezos en el claustro del cercano Monasterio de San Juan.
Nos levantamos y de la mano fuimos dando un paseo hasta el paseo del Tránsito
donde sentados en un banco y contamos estrellas,
posamos para el Greco en un cuadro pintado expresamente para nosotros,
desde allí iniciamos un viaje hasta el fondo de la noche y yo en silencio
agradeciendo a los dioses del amor y reconociendo no ser digno
de poder acariciar esa piel que envolvía a tan hermoso cuerpo de mujer.
Con las primeras luces del alba, con las brumas del Tajo, simplemente desapareció,
y no la volví a ver hasta bien entrado el otoño, cuando las hojas ya entonaban
los primeros acordes de : Balada a una despedida llena de tristeza,
con el corazón en un puño le pregunté pero no respondió,
entonces, besando mis labios con su mirada, acerco su corazón a mi oído y susurro:
“que importa el pasado, estamos aquí, vamos a vivir”.
en silencio bajamos hasta el Miradero y con nuestro presente fijo en el horizonte
miramos hacia abajo, al barrio de las Covachuelas y le dije:
¿ y si te vienes a vivir conmigo?, y contesto; “por qué no”,
por cierto me llamo Raúl y tú?,
“llámame como quieras, a cualquier nombre que venga de tus labios contestaré”.
Alquilamos un casa antigua en la calle Trinitarios
y aquel invierno nos propusimos asaltar el cielo con nuestro amor
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