Una chica de Nebraska

crisantemo

Poeta fiel al portal
En el hall del restaurante el día de la cita.

Nunca pensé que llegaría este día y miradme: Voy hecha un pincel. Espero haber acertado con el restaurante que he elegido para la cita con Howard; no nos veíamos desde la universidad. Los dos nos trasladamos de Nebraska a Nueva York para trabajar: él de abogado y yo de ilustradora. He reservado mesa para las ocho y son menos cinco.

El vigilante no me quita ojo; a lo mejor es por la estola de visón, a pleno julio, es un poco sospechoso. No sabía qué ponerme.

Estuve deliberando sobre los pros y los contras de tal o cual prenda. Quería dar una imagen adecuada y, de paso, desvelar alguna pista sobre mis intenciones, confiando en que esta cita pudiera ser algo más que un puro trámite. Howard lo tenía más fácil; al ser abogado, vendría vestido de abogado. Un abogado, igual que un fiscal o que un juez, solo tiene dos opciones: o va de traje o va de toga y peluca; espero que Howard haya descartado la toga.

El toque de estilo decidí darlo con algún complemento. Primero me probé un pañuelo de patitos; tengo que ilustrar una serie de cuentos para niñas y niños y estoy muy metida en el papel. Lo desestimé; el mensaje que le lanzaba a Howard me pareció demasiado evidente. Me probé el pañuelo rojo, pero también lo rechacé; era como desvelar mi estrategia.

Al final, mi voto se lo llevó el visón de la abuela Abigail, aunque tuvo sus pros y sus contras. Lo estuve valorando desde distintos ángulos. Primero pensé que podía subrayar una imagen de mujer inaccesible; si hubierais conocido a mi abuela Abigail, sabríais de lo que estoy hablando, pero como la estola llevaba las garras y la cabeza, con toda la dentición a la vista, también podía interpretarse como un fetiche sexual. Eso me daba libertad para cambiar de estrategia si la cita no pintaba bien.

La abuela Abigail era pastor bautista de una iglesia rural de Nebraska, y usaba la estola para ilustrar los sermones. Venía gente de otros pueblos solo para verla. Llevaba siempre la estola en el cuello. Cuando el sermón iba de promiscuidad, algo muy normal en Abigail, daba un toque a la organista, a veces tres y cuatro. La organista era una persona muy mayor. Los primeros acordes de suspense servían para que la abuela Abigail subiera al estrado. Una vez en el estrado, acariciando sibilinamente el pelo del visón, deslizaba la mano siguiendo el crescendo del órgano. Al llegar al cuello del animal, paraban las dos al unísono, mi abuela y la organista. Después cogía la cabeza del pobre bicho entre los dedos como si fuera un rotulador y, con un movimiento rápido de muñeca como aquel que pinta un garabato, mostraba la potente dentadura del visón al público que llenaba los bancos.

Siempre pensé que si hubiera usado una serpiente, el efecto habría sido mucho mayor, porque las serpientes formaban parte del imaginario bíblico, y los visones no. En la Biblia, la imagen de una serpiente como argumento disuasorio en lugar de un visón quedaba justificada, ya que muchas de sus parábolas pasaban en Galilea y paisajes de alrededor. El clima de Nebraska tenía demasiado contraste para las serpientes.

Además, la abuela Abigail también la usaba como bufanda, y el hecho de que los visones tuvieran pelo suponía una ventaja respecto a las serpientes. Sea como fuere, los pecados de adulterio se redujeron y, de pasada, mientras llevaba el visón, no se le acercaba ni Dios. Ni a ella ni a nadie que estuviera cerca de ella, o sea que a la vista estaba que lo del visón como símil era ampliamente aceptado.

Mi madre odiaba esa estola. En Nebraska los hombres eran muy aficionados a la caza, sobre todo la del pichón. Por aquel entonces se usaba carabina y la caza resultaba más difícil, con un tiro solo… Otro detalle de la gente de Nebraska era que las familias acudían juntas a la iglesia. A los niños se les quedaba grabado ese día. Los sermones quizá no, pero las mandíbulas del visón, os aseguro que sí. Mi abuela Abigail y la organista consiguieron que lo asociaran a las cosas que no debían hacer. De alguna manera, la estola de visón se convirtió en un símbolo.

Supongo que a Howard le sonará la estola de la abuela Abigail, por eso no estoy muy convencida de que mi razonamiento haya sido el correcto. No pretendo fiscalizar a Howard como solía hacer mi abuela con los pretendientes de mi madre.

Quizá mejor descarto la estola de visón, la guardo en el bolso y la dejo en el guardarropa; Howard acaba de entrar. La idea es disfrutar de una cita relajante y sin interrupciones, como si fuera una vista a puerta cerrada.

—Hola, Howard.

—Hola, Abigail.

—Llámame Abby, hay confianza. ¿Vamos a sentarnos?

En la mesa nos espera un camarero:

—Buenas noches, voy a ser su camarero, me llamo Vicenzo… ¿La señora prefiere sentarse de cara a la ventana o de cara al salón?

—No sabría decirle.

—De cara a la ventana podrá ver el puente de Brooklyn y, si elige estar de espaldas, no.

—Pues de cara. —Le dije.

—Oye, Abby, ¿no es Elisabeth la chica de la mesa del fondo que nos saluda con la mano? —Me pregunta Howard.

—Se parece más a Margareth —le digo.

Al verla, me ha venido como un flashback de cuando estábamos en la universidad. Howard militaba en un grupo antibelicista. Era un grupo minoritario. Minoritario hasta que Margareth y su hermana gemela Elisabeth entraron en la asociación. Borraron los estatutos y la causa pasó a ser la defensa de los animales. Tuvieron muy buen juicio porque atrajo a muchos adeptos, sobre todo chicos. Era admirable su poder de convicción. Margareth era como un alegato a la belleza del Midwest. Ojos azules, rubia, un rostro de portada de revista y una oratoria que rozaba lo delictivo. Elisabeth, lo mismo.

Menudo contratiempo y encima se ha sentado al lado, o encima, de Howard. Con Vincenzo en primer plano, tengo una vista parcial.

—Hola, Howi, qué alegría verte, ¿dónde te has metido todo este tiempo? —dice Margareth.

—Hola, Maggy, pues de casa al trabajo y viceversa —contesta Howard.

—Ja ja, siempre tan ocurrente.

Vincenzo, enciende la vela de encima de la mesa y va resituando un pequeño jarrón que contiene dos rosas. Cuando consigue la simetría correcta me mira y me pregunta:

—Perdón, señora, ¿la señorita rubia comerá con ustedes?

—Espero que no —le digo.

—En la ensalada, ¿prefieren la lechuga romana o la cuatro estaciones?

—¿La romana? —le contesto—. ¿Dónde está la diferencia?

[…]

Oigo hablar a Vincenzo como una voz en off; estoy pendiente de Margareth, por lo que veo, no ha perdido ni pizca de su desparpajo.

—Ay, Howi, no sabes cuánto te he echado de menos, ¿lo pasábamos bien, verdad?

Dijo la araña a la mosca… eso demuestra que hay precedentes. Vincenzo no para de hablar. Como me vaya distrayendo, la cita se va al traste.

—…la lechuga romana tiene una textura más suave y la cuatro estaciones es un poco más dura.

— «¿De cultivo ecológico o convencional?

—No sabría decirle. ¿La ecológica? ¿Hay mucha diferencia?

—Bla, bla, bla…

Estoy con un oído aquí y el otro allí porque Margareth está acorralando a Howard.

—Tendríamos que vernos más a menudo, Howi —dice Margareth—. Dame la mano que te apunto mi número.

Y Vincenzo, dale que te pego:

—…dentro de la gama de las lechugas de textura suave, la ecológica estaría en el borde superior izquierdo.

«Los tomates, ¿los prefieren San Marzano o coeur de boeuf?

—San Marzano.

—¿Está usted segura? Un tomate inadecuado puede fastidiar la ensalada.

Ahí vamos a estar de acuerdo. Sé que no debería preguntar, pero voy a darle un gusto:

—¿En qué se diferencian? —le pregunto.

—En la acidez, el San Marzano es más ácido.

«¿El pan lo querrán de masa madre o tipo baguette? Perdone un segundo, me llama el maître, enseguida estoy con usted.

Esta es la mía; me levanto y le digo a Howard:

— Howi —no sé si captará el mensaje—, vengo en un momento.

—¿Te encuentras bien, Abigail? Te veo un poco pálida. ¿Quieres que te acompañe a tomar un poco el aire?

—No hace falta, no vayamos a hacerle un feo a Maggy: voy a por el Pantone que llevo en el bolso.

¿Llevas un Pantone en el bolso?

—Es el bolso del trabajo, son unas cartulinas de colores que van en un talonario.

—Sí, ya sé que son cartulinas de colores, pero ¿para qué quieres tú las cartulinas de colores?

—No son para mí, son para el camarero.

—¿Para el camarero?

—Por si me pregunta por el tostado del pan, y de paso me pondré la estola de visón de la abuela Abigail, me estoy enfriando un poco. No sabes lo que la he echado en falta en estos últimos cinco minutos.

—¿A la abuela Abigail?

—Sí, a ella también.
 
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En el hall del restaurante el día de la cita.

Nunca pensé que llegaría este día y miradme: Voy hecha un pincel. Espero haber acertado con el restaurante que he elegido para la cita con Howard; no nos veíamos desde la universidad. Los dos nos trasladamos de Nebraska a Nueva York para trabajar: él de abogado y yo de ilustradora. He reservado mesa para las ocho y son menos cinco.

El vigilante no me quita ojo; a lo mejor es por la estola de visón, a pleno julio, es un poco sospechoso. No sabía qué ponerme.

Estuve deliberando sobre los pros y los contras de tal o cual prenda. Quería dar una imagen adecuada y, de paso, desvelar alguna pista sobre mis intenciones, confiando en que esta cita pudiera ser algo más que un puro trámite. Howard lo tenía más fácil; al ser abogado, vendría vestido de abogado. Un abogado, igual que un fiscal o que un juez, solo tiene dos opciones: o va de traje o va de toga y peluca; espero que Howard haya descartado la toga.

El toque de estilo decidí darlo con algún complemento. Primero me probé un pañuelo de patitos; tengo que ilustrar una serie de cuentos para niñas y niños y estoy muy metida en el papel. Lo desestimé; el mensaje que le lanzaba a Howard me pareció demasiado evidente. Me probé el pañuelo rojo, pero también lo rechacé; era como desvelar mi estrategia.

Al final, mi voto se lo llevó el visón de la abuela Abigail, aunque tuvo sus pros y sus contras. Lo estuve valorando desde distintos ángulos. Primero pensé que podía subrayar una imagen de mujer inaccesible; si hubierais conocido a mi abuela Abigail, sabríais de lo que estoy hablando, pero como la estola llevaba las garras y la cabeza, con toda la dentición a la vista, también podía interpretarse como un fetiche sexual. Eso me daba libertad para cambiar de estrategia si la cita no pintaba bien.

La abuela Abigail era pastor bautista de una iglesia rural de Nebraska, y usaba la estola para ilustrar los sermones. Venía gente de otros pueblos solo para verla. Llevaba siempre la estola en el cuello. Cuando el sermón iba de promiscuidad, algo muy normal en Abigail, daba un toque a la organista, a veces tres y cuatro. La organista era una persona muy mayor. Los primeros acordes de suspense servían para que la abuela Abigail subiera al estrado. Una vez en el estrado, acariciando sibilinamente el pelo del visón, deslizaba la mano siguiendo el crescendo del órgano. Al llegar al cuello del animal, paraban las dos al unísono, mi abuela y la organista. Después cogía la cabeza del pobre bicho entre los dedos como si fuera un rotulador y, con un movimiento rápido de muñeca como aquel que pinta un garabato, mostraba la potente dentadura del visón al público que llenaba los bancos.

Siempre pensé que si hubiera usado una serpiente, el efecto habría sido mucho mayor, porque las serpientes formaban parte del imaginario bíblico, y los visones no. En la Biblia, la imagen de una serpiente como argumento disuasorio en lugar de un visón quedaba justificada, ya que muchas de sus parábolas pasaban en Galilea y paisajes de alrededor. El clima de Nebraska tenía demasiado contraste para las serpientes.

Además, la abuela Abigail también la usaba como bufanda, y el hecho de que los visones tuvieran pelo suponía una ventaja respecto a las serpientes. Sea como fuere, los pecados de adulterio se redujeron y, de pasada, mientras llevaba el visón, no se le acercaba ni Dios. Ni a ella ni a nadie que estuviera cerca de ella, o sea que a la vista estaba que lo del visón como símil era ampliamente aceptado.

Mi madre odiaba esa estola. En Nebraska los hombres eran muy aficionados a la caza, sobre todo la del pichón. Por aquel entonces se usaba carabina y la caza resultaba más difícil, con un tiro solo… Otro detalle de la gente de Nebraska era que las familias acudían juntas a la iglesia. A los niños se les quedaba grabado ese día. Los sermones quizá no, pero las mandíbulas del visón, os aseguro que sí. Mi abuela Abigail y la organista consiguieron que lo asociaran a las cosas que no debían hacer. De alguna manera, la estola de visón se convirtió en un símbolo.

Supongo que a Howard le sonará la estola de la abuela Abigail, por eso no estoy muy convencida de que mi razonamiento haya sido el correcto. No pretendo fiscalizar a Howard como solía hacer mi abuela con los pretendientes de mi madre.

Quizá mejor descarto la estola de visón, la guardo en el bolso y la dejo en el guardarropa; Howard acaba de entrar. La idea es disfrutar de una cita relajante y sin interrupciones, como si fuera una vista a puerta cerrada.

—Hola, Howard.

—Hola, Abigail.

—Llámame Abby, hay confianza. ¿Vamos a sentarnos?

En la mesa nos espera un camarero:

—Buenas noches, voy a ser su camarero, me llamo Vicenzo… ¿La señora prefiere sentarse de cara a la ventana o de cara al salón?

—No sabría decirle.

—De cara a la ventana podrá ver el puente de Brooklyn y, si elige estar de espaldas, no.

—Pues de cara. —Le dije.

—Oye, Abby, ¿no es Elisabeth la chica de la mesa del fondo que nos saluda con la mano? —Me pregunta Howard.

—Se parece más a Margareth —le digo.

Al verla, me ha venido como un flashback de cuando estábamos en la universidad. Howard militaba en un grupo antibelicista. Era un grupo minoritario. Minoritario hasta que Margareth y su hermana gemela Elisabeth entraron en la asociación. Borraron los estatutos y la causa pasó a ser la defensa de los animales. Tuvieron muy buen juicio porque atrajo a muchos adeptos, sobre todo chicos. Era admirable su poder de convicción. Margareth era como un alegato a la belleza del Midwest. Ojos azules, rubia, un rostro de portada de revista y una oratoria que rozaba lo delictivo. Elisabeth, lo mismo.

Menudo contratiempo y encima se ha sentado al lado, o encima, de Howard. Con Vincenzo en primer plano, tengo una vista parcial.

—Hola, Howi, qué alegría verte, ¿dónde te has metido todo este tiempo? —dice Margareth.

—Hola, Maggy, pues de casa al trabajo y viceversa —contesta Howard.

—Ja ja, siempre tan ocurrente.

Vincenzo, enciende la vela de encima de la mesa y va resituando un pequeño jarrón que contiene dos rosas. Cuando consigue la simetría correcta me mira y me pregunta:

—Perdón, señora, ¿la señorita rubia comerá con ustedes?

—Espero que no —le digo.

—En la ensalada, ¿prefieren la lechuga romana o la cuatro estaciones?

—¿La romana? —le contesto—. ¿Dónde está la diferencia?

[…]

Oigo hablar a Vincenzo como una voz en off; estoy pendiente de Margareth, por lo que veo, no ha perdido ni pizca de su desparpajo.

—Ay, Howi, no sabes cuánto te he echado de menos, ¿lo pasábamos bien, verdad?

Dijo la araña a la mosca… eso demuestra que hay precedentes. Vincenzo no para de hablar. Como me vaya distrayendo, la cita se va al traste.

—…la lechuga romana tiene una textura más suave y la cuatro estaciones es un poco más dura.

— «¿De cultivo ecológico o convencional?

—No sabría decirle. ¿La ecológica? ¿Hay mucha diferencia?

—Bla, bla, bla…

Estoy con un oído aquí y el otro allí porque Margareth está acorralando a Howard.

—Tendríamos que vernos más a menudo, Howi —dice Margareth—. Dame la mano que te apunto mi número.

Y Vincenzo, dale que te pego:

—…dentro de la gama de las lechugas de textura suave, la ecológica estaría en el borde superior izquierdo.

«Los tomates, ¿los prefieren San Marzano o coeur de boeuf?

—San Marzano.

—¿Está usted segura? Un tomate inadecuado puede fastidiar la ensalada.

Ahí vamos a estar de acuerdo. Sé que no debería preguntar, pero voy a darle un gusto:

—¿En qué se diferencian? —le pregunto.

—En la acidez, el San Marzano es más ácido.

«¿El pan lo querrán de masa madre o tipo baguette? Perdone un segundo, me llama el maître, enseguida estoy con usted.

Esta es la mía; me levanto y le digo a Howard:

— Howi —no sé si captará el mensaje—, vengo en un momento.

—¿Te encuentras bien, Abigail? Te veo un poco pálida. ¿Quieres que te acompañe a tomar un poco el aire?

—No hace falta, no vayamos a hacerle un feo a Maggy: voy a por el Pantone que llevo en el bolso.

¿Llevas un Pantone en el bolso?

—Es el bolso del trabajo, son unas cartulinas de colores que van en un talonario.

—Sí, ya sé que son cartulinas de colores, pero ¿para qué quieres tú las cartulinas de colores?

—No son para mí, son para el camarero.

—¿Para el camarero?

—Por si me pregunta por el tostado del pan, y de paso me pondré la estola de visón de la abuela Abigail, me estoy enfriando un poco. No sabes lo que la he echado en falta en estos últimos cinco minutos.

—¿A la abuela Abigail?

—Sí, a ella también.
Me ha gustado esta historia.

Saludos
 
En el hall del restaurante el día de la cita.

Nunca pensé que llegaría este día y miradme: Voy hecha un pincel. Espero haber acertado con el restaurante que he elegido para la cita con Howard; no nos veíamos desde la universidad. Los dos nos trasladamos de Nebraska a Nueva York para trabajar: él de abogado y yo de ilustradora. He reservado mesa para las ocho y son menos cinco.

El vigilante no me quita ojo; a lo mejor es por la estola de visón, a pleno julio, es un poco sospechoso. No sabía qué ponerme.

Estuve deliberando sobre los pros y los contras de tal o cual prenda. Quería dar una imagen adecuada y, de paso, desvelar alguna pista sobre mis intenciones, confiando en que esta cita pudiera ser algo más que un puro trámite. Howard lo tenía más fácil; al ser abogado, vendría vestido de abogado. Un abogado, igual que un fiscal o que un juez, solo tiene dos opciones: o va de traje o va de toga y peluca; espero que Howard haya descartado la toga.

El toque de estilo decidí darlo con algún complemento. Primero me probé un pañuelo de patitos; tengo que ilustrar una serie de cuentos para niñas y niños y estoy muy metida en el papel. Lo desestimé; el mensaje que le lanzaba a Howard me pareció demasiado evidente. Me probé el pañuelo rojo, pero también lo rechacé; era como desvelar mi estrategia.

Al final, mi voto se lo llevó el visón de la abuela Abigail, aunque tuvo sus pros y sus contras. Lo estuve valorando desde distintos ángulos. Primero pensé que podía subrayar una imagen de mujer inaccesible; si hubierais conocido a mi abuela Abigail, sabríais de lo que estoy hablando, pero como la estola llevaba las garras y la cabeza, con toda la dentición a la vista, también podía interpretarse como un fetiche sexual. Eso me daba libertad para cambiar de estrategia si la cita no pintaba bien.

La abuela Abigail era pastor bautista de una iglesia rural de Nebraska, y usaba la estola para ilustrar los sermones. Venía gente de otros pueblos solo para verla. Llevaba siempre la estola en el cuello. Cuando el sermón iba de promiscuidad, algo muy normal en Abigail, daba un toque a la organista, a veces tres y cuatro. La organista era una persona muy mayor. Los primeros acordes de suspense servían para que la abuela Abigail subiera al estrado. Una vez en el estrado, acariciando sibilinamente el pelo del visón, deslizaba la mano siguiendo el crescendo del órgano. Al llegar al cuello del animal, paraban las dos al unísono, mi abuela y la organista. Después cogía la cabeza del pobre bicho entre los dedos como si fuera un rotulador y, con un movimiento rápido de muñeca como aquel que pinta un garabato, mostraba la potente dentadura del visón al público que llenaba los bancos.

Siempre pensé que si hubiera usado una serpiente, el efecto habría sido mucho mayor, porque las serpientes formaban parte del imaginario bíblico, y los visones no. En la Biblia, la imagen de una serpiente como argumento disuasorio en lugar de un visón quedaba justificada, ya que muchas de sus parábolas pasaban en Galilea y paisajes de alrededor. El clima de Nebraska tenía demasiado contraste para las serpientes.

Además, la abuela Abigail también la usaba como bufanda, y el hecho de que los visones tuvieran pelo suponía una ventaja respecto a las serpientes. Sea como fuere, los pecados de adulterio se redujeron y, de pasada, mientras llevaba el visón, no se le acercaba ni Dios. Ni a ella ni a nadie que estuviera cerca de ella, o sea que a la vista estaba que lo del visón como símil era ampliamente aceptado.

Mi madre odiaba esa estola. En Nebraska los hombres eran muy aficionados a la caza, sobre todo la del pichón. Por aquel entonces se usaba carabina y la caza resultaba más difícil, con un tiro solo… Otro detalle de la gente de Nebraska era que las familias acudían juntas a la iglesia. A los niños se les quedaba grabado ese día. Los sermones quizá no, pero las mandíbulas del visón, os aseguro que sí. Mi abuela Abigail y la organista consiguieron que lo asociaran a las cosas que no debían hacer. De alguna manera, la estola de visón se convirtió en un símbolo.

Supongo que a Howard le sonará la estola de la abuela Abigail, por eso no estoy muy convencida de que mi razonamiento haya sido el correcto. No pretendo fiscalizar a Howard como solía hacer mi abuela con los pretendientes de mi madre.

Quizá mejor descarto la estola de visón, la guardo en el bolso y la dejo en el guardarropa; Howard acaba de entrar. La idea es disfrutar de una cita relajante y sin interrupciones, como si fuera una vista a puerta cerrada.

—Hola, Howard.

—Hola, Abigail.

—Llámame Abby, hay confianza. ¿Vamos a sentarnos?

En la mesa nos espera un camarero:

—Buenas noches, voy a ser su camarero, me llamo Vicenzo… ¿La señora prefiere sentarse de cara a la ventana o de cara al salón?

—No sabría decirle.

—De cara a la ventana podrá ver el puente de Brooklyn y, si elige estar de espaldas, no.

—Pues de cara. —Le dije.

—Oye, Abby, ¿no es Elisabeth la chica de la mesa del fondo que nos saluda con la mano? —Me pregunta Howard.

—Se parece más a Margareth —le digo.

Al verla, me ha venido como un flashback de cuando estábamos en la universidad. Howard militaba en un grupo antibelicista. Era un grupo minoritario. Minoritario hasta que Margareth y su hermana gemela Elisabeth entraron en la asociación. Borraron los estatutos y la causa pasó a ser la defensa de los animales. Tuvieron muy buen juicio porque atrajo a muchos adeptos, sobre todo chicos. Era admirable su poder de convicción. Margareth era como un alegato a la belleza del Midwest. Ojos azules, rubia, un rostro de portada de revista y una oratoria que rozaba lo delictivo. Elisabeth, lo mismo.

Menudo contratiempo y encima se ha sentado al lado, o encima, de Howard. Con Vincenzo en primer plano, tengo una vista parcial.

—Hola, Howi, qué alegría verte, ¿dónde te has metido todo este tiempo? —dice Margareth.

—Hola, Maggy, pues de casa al trabajo y viceversa —contesta Howard.

—Ja ja, siempre tan ocurrente.

Vincenzo, enciende la vela de encima de la mesa y va resituando un pequeño jarrón que contiene dos rosas. Cuando consigue la simetría correcta me mira y me pregunta:

—Perdón, señora, ¿la señorita rubia comerá con ustedes?

—Espero que no —le digo.

—En la ensalada, ¿prefieren la lechuga romana o la cuatro estaciones?

—¿La romana? —le contesto—. ¿Dónde está la diferencia?

[…]

Oigo hablar a Vincenzo como una voz en off; estoy pendiente de Margareth, por lo que veo, no ha perdido ni pizca de su desparpajo.

—Ay, Howi, no sabes cuánto te he echado de menos, ¿lo pasábamos bien, verdad?

Dijo la araña a la mosca… eso demuestra que hay precedentes. Vincenzo no para de hablar. Como me vaya distrayendo, la cita se va al traste.

—…la lechuga romana tiene una textura más suave y la cuatro estaciones es un poco más dura.

— «¿De cultivo ecológico o convencional?

—No sabría decirle. ¿La ecológica? ¿Hay mucha diferencia?

—Bla, bla, bla…

Estoy con un oído aquí y el otro allí porque Margareth está acorralando a Howard.

—Tendríamos que vernos más a menudo, Howi —dice Margareth—. Dame la mano que te apunto mi número.

Y Vincenzo, dale que te pego:

—…dentro de la gama de las lechugas de textura suave, la ecológica estaría en el borde superior izquierdo.

«Los tomates, ¿los prefieren San Marzano o coeur de boeuf?

—San Marzano.

—¿Está usted segura? Un tomate inadecuado puede fastidiar la ensalada.

Ahí vamos a estar de acuerdo. Sé que no debería preguntar, pero voy a darle un gusto:

—¿En qué se diferencian? —le pregunto.

—En la acidez, el San Marzano es más ácido.

«¿El pan lo querrán de masa madre o tipo baguette? Perdone un segundo, me llama el maître, enseguida estoy con usted.

Esta es la mía; me levanto y le digo a Howard:

— Howi —no sé si captará el mensaje—, vengo en un momento.

—¿Te encuentras bien, Abigail? Te veo un poco pálida. ¿Quieres que te acompañe a tomar un poco el aire?

—No hace falta, no vayamos a hacerle un feo a Maggy: voy a por el Pantone que llevo en el bolso.

¿Llevas un Pantone en el bolso?

—Es el bolso del trabajo, son unas cartulinas de colores que van en un talonario.

—Sí, ya sé que son cartulinas de colores, pero ¿para qué quieres tú las cartulinas de colores?

—No son para mí, son para el camarero.

—¿Para el camarero?

—Por si me pregunta por el tostado del pan, y de paso me pondré la estola de visón de la abuela Abigail, me estoy enfriando un poco. No sabes lo que la he echado en falta en estos últimos cinco minutos.

—¿A la abuela Abigail?

—Sí, a ella también.
Fuerte imaginación Crisantemo, de dónde sale? Podrías hacer una película, bueno primero un libro, engancha y mucho, pobrecita Abigail tanto que pensó para que aquella le quitara protagonismo y anda que el camarero, fuerte plasta, me encantó, leeré el próximo capítulo jajajaja, qué guay!! , que admiro yo esa capacidad de creación de una novela, feliz noche, un saludo
 
Ja ja, hola Mayca has pillado perfectamente mi intención, en esta ocasión un relato feliz. Son mil y pocas palabras que te permiten caracterizar a personajes y que hagan cosas. Te imaginas lo que piensan y los dejas evolucionar, no tengo mucho mérito en eso, en la mayoría del relatos voy al dictado; los personajes suelen ir por delante de mi, la verdad es que disfruto con ello.
Un saludo cordial.
 

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