Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Una experiencia nueva
repleta de emociones,
en verde, naranja y amarillo
gotea por los brazos
como una lluvia fina,
anestesia la boca
casi como un beso,
en un lugar prohibido.
En un jardín secreto,
gargantas de metal
donde la piel se pierde
y se nos roba el frío,
tienden redes,
no de pesca.
Todo vuelve al sitio
de ese niño inquieto
que sueña con pequeños soles
sobre el vientre hinchado.
Se nace a la luz
de las manos del maestro,
que cose los defectos
que hay en el abrigo
y escribe en las paredes
un corazón tuyo.
Se extienden las palabras
como viejas flores,
los pétalos bailan
entre 60 y 90
a impulsos de ese mar
que sí rebosa en peces
que abren bien la boca,
respirando.
Duermo, hay silencio,
la noche se desnuda
de cualquier estrella errante.
Te puedo imaginar
en todas las montañas
del electrocardiograma,
que son como tu cuerpo
que pone melodía
en mis oídos.
El tiempo pasa,
las agujas del reloj mueven sus dedos,
e invitan al lavabo donde fluye
el último regalo de la noche,
dejando esa constancia de estar vivo.
Al otro lado del dolor están tus brazos;
el barco en que navego
no para de moverse;
esta experiencia nueva
firmemente lo atestigua:
el amor también se siente
en la camilla del quirófano.