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Una tarántula como mascota

Osidiria

Poeta asiduo al portal
Ya la primera uva de las campanadas de fin de año que me llevé a la boca
me pareció el pistoletazo de salida de una carrera de obstáculos
sin pena ni gloria que no tenía sentido,
era como intentar enmarcan un cuadro antes de pintarlo.
La segunda fue como el estallido de mil espejos rompiéndose en el aire
y sus esquirlas atravesaran las gargantas de los comensales
mientras en el callejón se oían los aullidos de todos los ausentes.
La tercera llegó cuando la tarántula que tengo como mascota
entonaba una marcha fúnebre en el violín que toco a una sola mano
en las noches que paso en vela encaramado en el acantilados de mi tejado.

La cuarta, la quinta y la sexta me pillaron demasiado borracho
para seguir los pasos del maestro de ceremonias y perdí la cuenta.
La séptima sonó como un trueno, como el barrito enfurecido de un elefante
que no cabe por el hueco de la chimenea y viene a unirse a la fiesta.

A estas alturas la octava uva era un pasa, una hoja de laurel deshidratada
fácilmente confundible con la hoja de la acacia, mejor no probarla.
La novena cayó en mi boca como una losa de algodón, suave pero ahogadiza
como la hogaza de un pastor en la trashumancia del recuerdo a la memoria.

Decima:
las prisas no son buenas para vestir a la flor,
las hojas del bosque se suicidan cuando ven aparecer la soga del frío sobre sus cabezas,
como los peces que se niegan a respirar fuera del agua,
como los zánganos de las colmenas cuando les roban su miel,
los hombres, algunos humanos, matan por las reinas de otros cuentos,
su camino al infierno les puede y van a él de cabeza,
dejan llanto, dejan padres y madres apagados en una belleza robada.

A la undécima uva las campanadas del reloj parecían un crucigrama sin resolver,
nadie quería brindar por una zanahoria colgada de un palo
a sabiendas que nunca la podrá tener entre sus manos,
así que con esas, a la duodécima, sin estribillo en esta canción
y hasta que vea llegar palomas de la paz tatuadas con el relámpago de la primavera,
mejor enterrar mi amor en los ojos de una mujer.
***
**
*

 
Última edición:
Ya la primera uva de las campanadas de fin de año que me llevé a la boca
me pareció el pistoletazo de salida de una carrera de obstáculos
sin pena ni gloria que no tenía sentido,
era como intentar enmarcan un cuadro antes de pintarlo.
La segunda fue como el estallido de mil espejos rompiéndose en el aire
y sus esquirlas atravesaran las gargantas de los comensales
mientras en el callejón se oían los aullidos de todos los ausentes.
La tercera llegó cuando la tarántula que tengo como mascota
entonaba una marcha fúnebre en el violín que toco a una sola mano
en las noches que paso en vela encaramado en el acantilados de mi tejado.

La cuarta, la quinta y la sexta me pillaron demasiado borracho
para seguir los pasos del maestro de ceremonias y perdí la cuenta.
La séptima sonó como un trueno, como el barrito enfurecido de un elefante
que no cabe por el hueco de la chimenea y viene a unirse a la fiesta.

A estas alturas la octava uva era un pasa, una hoja de laurel deshidratada
fácilmente confundible con la hoja de la acacia, mejor no probarla.
La novena cayó en mi boca como una losa de algodón, suave pero ahogadiza
como la hogaza de un pastor en la trashumancia del recuerdo a la memoria.

Decima:
las prisas no son buenas para vestir a la flor,
las hojas del bosque se suicidan cuando ven aparecer la soga del frío sobre sus cabezas,
como los peces que se niegan a respirar fuera del agua,
como los zánganos de las colmenas cuando les roban su miel,
los hombres, algunos humanos, matan por las reinas de otros cuentos,
su camino al infierno les puede y van a él de cabeza,
dejan llanto, dejan padres y madres apagados en una belleza robada.

A la undécima uva las campanadas del reloj parecían un crucigrama sin resolver,
nadie quería brindar por una zanahoria colgada de un palo
a sabiendas que nunca la podrá tener entre sus manos,
así que con esas, a la duodécima, sin estribillo en esta canción
y hasta que vea llegar palomas de la paz tatuadas con el relámpago de la primavera,
mejor enterrar mi amor en los ojos de una mujer.
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Un ritmo maximo detemporalidad para ofrecerse a las sombras de esa duda final.
haberse desgarrado y comprender que los llantos son tempranas sensaciones
de disolucion. excelente. saludos de luzyabsenta. bellissima obra.
 

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