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Una tarde contigo

Antares

Poeta adicto al portal

Le rodean caras sin gestos.
Ella siente la necesidad de cumplir
el deseo de verse mimada y cuidada.

Evoca una y otra vez el mismo sueño,
pero en su presente,
lo adorna con historias inventadas.

Lo que sabe y aprendió de la vida,
lo visualiza de otra manera.
Temblorosa ante la llegada de una visita,
le alegra y se siente viva.

Revisamos una y cien veces más
las fotografías de su pasado
como si de un ritual se tratase.

Observo como lento y pausado
se acerca la taza de café a los labios
y le da un sorbo.

Su nariz se alarga hasta casi la barbilla,
encorvada la espalda, desfigurada
por el paso del tiempo,
aun así, sus ojos maravillosamente
reflejan una frágil ternura.

Me cuenta sus relatos
con la voz débil pero emocionada:
-Recuerdas hija aquellos cálidos veranos
que disfrutábamos toda la familia en la parcela…
Y las navidades montando el Belén con papá
y vuestros cánticos.

Yo le presto atención
y con suavidad acaricio sus manos.
Ella se queda tranquila, relajada.

Mientras, la tarde otoñal
se deja vencer por los púrpuras
que anticipan la noche.
 
Le rodean caras sin gestos.
Ella siente la necesidad de cumplir
el deseo de verse mimada y cuidada.

Evoca una y otra vez el mismo sueño,
pero en su presente,
lo adorna con historias inventadas.

Lo que sabe y aprendió de la vida,
lo visualiza de otra manera.
Temblorosa ante la llegada de una visita,
le alegra y se siente viva.

Revisamos una y cien veces más
las fotografías de su pasado
como si de un ritual se tratase.

Observo como lento y pausado
se acerca la taza de café a los labios
y le da un sorbo.

Su nariz se alarga hasta casi la barbilla,
encorvada la espalda, desfigurada
por el paso del tiempo,
aun así, sus ojos maravillosamente
reflejan una frágil ternura.

Me cuenta sus relatos
con la voz débil pero emocionada:
-Recuerdas hija aquellos cálidos veranos
que disfrutábamos toda la familia en la parcela…
Y las navidades montando el Belén con papá
y vuestros cánticos.

Yo le presto atención
y con suavidad acaricio sus manos.
Ella se queda tranquila, relajada.

Mientras, la tarde otoñal
se deja vencer por los púrpuras
que anticipan la noche.
¿Y lo recuerdas?
Claro que sí.
Un beso, Antares.
 
Una persona anciana con buena memoria nos puede contar muchas historias al revivir sus recuerdos.

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Le rodean caras sin gestos.
Ella siente la necesidad de cumplir
el deseo de verse mimada y cuidada.

Evoca una y otra vez el mismo sueño,
pero en su presente,
lo adorna con historias inventadas.

Lo que sabe y aprendió de la vida,
lo visualiza de otra manera.
Temblorosa ante la llegada de una visita,
le alegra y se siente viva.

Revisamos una y cien veces más
las fotografías de su pasado
como si de un ritual se tratase.

Observo como lento y pausado
se acerca la taza de café a los labios
y le da un sorbo.

Su nariz se alarga hasta casi la barbilla,
encorvada la espalda, desfigurada
por el paso del tiempo,
aun así, sus ojos maravillosamente
reflejan una frágil ternura.

Me cuenta sus relatos
con la voz débil pero emocionada:
-Recuerdas hija aquellos cálidos veranos
que disfrutábamos toda la familia en la parcela…
Y las navidades montando el Belén con papá
y vuestros cánticos.

Yo le presto atención
y con suavidad acaricio sus manos.
Ella se queda tranquila, relajada.

Mientras, la tarde otoñal
se deja vencer por los púrpuras
que anticipan la noche.
Tierna y fraternal la imagen.
Ciertamente nuestros mayores tesoros están plagados de recuerdos y enseñanzas.
SAludos
 
Le rodean caras sin gestos.
Ella siente la necesidad de cumplir
el deseo de verse mimada y cuidada.

Evoca una y otra vez el mismo sueño,
pero en su presente,
lo adorna con historias inventadas.

Lo que sabe y aprendió de la vida,
lo visualiza de otra manera.
Temblorosa ante la llegada de una visita,
le alegra y se siente viva.

Revisamos una y cien veces más
las fotografías de su pasado
como si de un ritual se tratase.

Observo como lento y pausado
se acerca la taza de café a los labios
y le da un sorbo.

Su nariz se alarga hasta casi la barbilla,
encorvada la espalda, desfigurada
por el paso del tiempo,
aun así, sus ojos maravillosamente
reflejan una frágil ternura.

Me cuenta sus relatos
con la voz débil pero emocionada:
-Recuerdas hija aquellos cálidos veranos
que disfrutábamos toda la familia en la parcela…
Y las navidades montando el Belén con papá
y vuestros cánticos.

Yo le presto atención
y con suavidad acaricio sus manos.
Ella se queda tranquila, relajada.

Mientras, la tarde otoñal
se deja vencer por los púrpuras
que anticipan la noche.

Ya lo dice la frase conocida: recordar es volver a pasar por el corazón.
Lo hermoso es cuando el viaje es hacia las memorias más dulces y tibias.
Fue un gusto volver a leerte.
Un abrazo :)
 
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