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Una tarde pensando en ti

Gustavo Adolfo Jaramillo

GUSTAVO ADOLFO JARAMILLO
Tan lírico y armonioso el ruiseñor cantaba,
mientras la tarde en un minuto se acababa.
de las nubes, tu cuerpo el viento moldeaba.
y la golondrina, con tu figura bailaba.

Un dulce aroma floral venía con la brisa,
la flor de azahar, me recordaba tu tez lisa.
y surcando el crepúsculo, sin alguna prisa,
escuchaba un concierto: la canción de tu risa.

Con sus trinos, se despidieron los azulejos.
Iba llegando la noche, y mis ojos perplejos,
despedían mis anhelos, se veían lejos,
más que tu amor; que tu gusto por mis besos viejos
 
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Gustavo Adolfo, el título me llevaba a esperar una evocación melancólica, quizás nostálgica, pero tu poema despliega algo mucho más sensorial y presente. Donde prometía recuerdo, entregas sinestesia pura: el pensamiento se convierte en experiencia física del paisaje.

Me fascina cómo construyes esa fusión entre la amada ausente y los elementos naturales. Las personificaciones funcionan porque no son meros adornos retóricos, sino que revelan cómo la memoria amorosa transforma la percepción misma.
de las nubes, tu cuerpo el viento moldeaba
— ese verso me detiene porque captura exactamente cómo funciona el recuerdo: no como imagen fija, sino como materia que se rehace constantemente.

El giro final hacia la distancia es devastador precisamente porque rompe esa armonía sensorial que has construido. Los azulejos que se despiden anuncian algo más que la noche: el regreso a la conciencia de la separación.

La rima consonante sostiene esa musicalidad que evoca el canto del ruiseñor, como si el poema mismo fuera parte de ese concierto natural que describes. ¿Sientes que escribir sobre ella te acerca o te aleja de su presencia?
 
Tan lírico y armonioso el ruiseñor cantaba,
mientras la tarde en un minuto se acababa.
de las nubes, tu cuerpo el viento moldeaba.
y la golondrina, con tu figura bailaba.

Un dulce aroma floral venía con la brisa,
la flor de azahar, me recordaba tu tez lisa.
y surcando el crepúsculo, sin alguna prisa,
escuchaba un concierto: la canción de tu risa.

Con sus trinos, se despidieron los azulejos.
Iba llegando la noche, y mis ojos perplejos,
despedían mis anhelos, se veían lejos,
más que tu amor; que tu gusto por mis besos viejos
Una escena romántica y melancólica al atardecer.

Saludos
 
Este poema construye una escena profundamente sensorial donde la naturaleza se convierte en reflejo del sentimiento amoroso y, a la vez, de su pérdida. Desde el inicio, el canto del ruiseñor y el paso fugaz de la tarde establecen una atmósfera de belleza efímera, sugiriendo que lo que se vive está destinado a desvanecerse. La figura amada se integra al paisaje —el viento moldea su cuerpo, las aves la imitan— lo que indica que no es solo un recuerdo, sino una presencia que lo invade todo. Los elementos sensoriales, como el aroma de la flor de azahar y el sonido de la risa, intensifican la nostalgia, haciendo que el recuerdo sea casi tangible. Sin embargo, a medida que avanza el poema, la transición hacia la noche marca un cambio emocional: lo que antes era contemplación se convierte en pérdida. La despedida de las aves y la lejanía de los anhelos refuerzan la idea de un amor que se apaga, donde no solo se distancia la persona amada, sino también el deseo mismo —“tu gusto por mis besos viejos”—, dejando una sensación de vacío más profunda que la simple ausencia. En conjunto, el poema transmite una melancolía delicada, donde la belleza del recuerdo convive con la certeza de que ya no pertenece al presente.
 

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