Évano
Libre, sin dioses.
.
Las farolas inclinadas en las piedras de las casas,
con sus luces amarillas destellando entre la lluvia
y en el agua que corre por alquitranes de la calle,
las recorren mis piernas solitarias en la noche.
Jamás olvidarán el andén de tu partida
ni al tren que se aleja entre lágrimas que salen
de un rostro reflejado en la ventana que se va.
El viaje se acerca a la meta del último destino,
donde el océano rompe la roca que resiste
con la estela de la luna como látigo y testigo.
¡Volar!, como alma que viaja al infinito del abismo
para quebrar en mil pedazos al dolor de las entrañas,
y a esa luz que quema un pasado que no apaga
ni toda la lluvia del mundo en esta noche que se muere.
Nada contiene al fuego que arde en pena y llama.
Deshacen las alas los metros de la distancia.
Las plumas enganchadas al corazón que se va
excarcelan al ánima que cae y revienta
sobre la lluvia, sobre la roca, sobre una piedra
que resiste embestidas de aguas y besos que no llegan.
Las farolas inclinadas en las piedras de las casas,
con sus luces amarillas destellando entre la lluvia
y en el agua que corre por alquitranes de la calle,
las recorren mis piernas solitarias en la noche.
Jamás olvidarán el andén de tu partida
ni al tren que se aleja entre lágrimas que salen
de un rostro reflejado en la ventana que se va.
El viaje se acerca a la meta del último destino,
donde el océano rompe la roca que resiste
con la estela de la luna como látigo y testigo.
¡Volar!, como alma que viaja al infinito del abismo
para quebrar en mil pedazos al dolor de las entrañas,
y a esa luz que quema un pasado que no apaga
ni toda la lluvia del mundo en esta noche que se muere.
Nada contiene al fuego que arde en pena y llama.
Deshacen las alas los metros de la distancia.
Las plumas enganchadas al corazón que se va
excarcelan al ánima que cae y revienta
sobre la lluvia, sobre la roca, sobre una piedra
que resiste embestidas de aguas y besos que no llegan.
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