Marcel Barberano
Poeta recién llegado
Yo caí una vez. Estrecho y profundo agujero negro. Mi pena era tan grande que me abandoné. No ofrecí resistencia alguna.
Quise llegar hasta el final por si encontrare en el fondo del abismo la cura a mi desesperación.
Tan profundamente me enterré en mi desgracia que llegué a olvidar de que color eran las cosas.
Entonces, en un momento, empecé a frenar la caída. Tuve necesidad de volver a ser. Recordé, con añoro y como pude, aquella tarde tibia en la que salí al encuentro de mi naturaleza favorita, aquella que, lejana de todo, me saludaba de vez en cuando. Y recordaba lo embelesado que me quedaba observando el color rosado de aquellas rocas en el monte dibujadas por los últimos rayos del sol.
Y entonces frené, de nuevo, aún con más ganas, aquella caída hacia la incertidumbre más infinita.
Miré hacia arriba y quise vislumbrar algún otro recuerdo que me ayudara en la difícil tarea de salir de allí.
Entonces mi mente salió a tu encuentro. Buscó entre los rincones de mi alma alguna llama que quedara aún encendida, que iluminara algún momento de los que disfruté conmigo mismo. Y allí, en el lugar más recóndito y escondido halló lo que buscaba.
Bajo la sombra de mis pensamientos baldíos sentí, de nuevo, unas ganas irremediables de seguir vivo.
Y luché contra mi otro yo, ese triste y melancólico, absurdo, en ocasiones y siempre inesperado. Presenté batalla a la pena y a la desesperación.
En cada recuerdo me volvía más fuerte, y fueron tantos...que torné la oscuridad en el más precioso de los brillos.
Y, sin más, de repente, me vi a tu lado, mirando como los últimos rayos de sol dibujaban maravillosos tonos rosados en aquellas rocas, en aquel lugar tan especial… lejos del ruido… viviendo ahora con más fuerza.
Quise llegar hasta el final por si encontrare en el fondo del abismo la cura a mi desesperación.
Tan profundamente me enterré en mi desgracia que llegué a olvidar de que color eran las cosas.
Entonces, en un momento, empecé a frenar la caída. Tuve necesidad de volver a ser. Recordé, con añoro y como pude, aquella tarde tibia en la que salí al encuentro de mi naturaleza favorita, aquella que, lejana de todo, me saludaba de vez en cuando. Y recordaba lo embelesado que me quedaba observando el color rosado de aquellas rocas en el monte dibujadas por los últimos rayos del sol.
Y entonces frené, de nuevo, aún con más ganas, aquella caída hacia la incertidumbre más infinita.
Miré hacia arriba y quise vislumbrar algún otro recuerdo que me ayudara en la difícil tarea de salir de allí.
Entonces mi mente salió a tu encuentro. Buscó entre los rincones de mi alma alguna llama que quedara aún encendida, que iluminara algún momento de los que disfruté conmigo mismo. Y allí, en el lugar más recóndito y escondido halló lo que buscaba.
Bajo la sombra de mis pensamientos baldíos sentí, de nuevo, unas ganas irremediables de seguir vivo.
Y luché contra mi otro yo, ese triste y melancólico, absurdo, en ocasiones y siempre inesperado. Presenté batalla a la pena y a la desesperación.
En cada recuerdo me volvía más fuerte, y fueron tantos...que torné la oscuridad en el más precioso de los brillos.
Y, sin más, de repente, me vi a tu lado, mirando como los últimos rayos de sol dibujaban maravillosos tonos rosados en aquellas rocas, en aquel lugar tan especial… lejos del ruido… viviendo ahora con más fuerza.